El mediodía sobre el valle de Rila no traía consigo el calor de la primavera, sino una claridad cenicienta que se filtraba a través de la densa capa de nubes bajas, haciendo que la nieve acumulada en los campos brillara con un reflejo cegador y metálico. El aire estaba tan helado que cada exhalación se convertía en una densa nube de vapor antes de perderse entre las copas de los abetos seculares, que se mecían pesados bajo el viento del norte.
Acompañado por Emil y custodiado a una distancia prudencial por Stefan —quien vigilaba los flancos superiores con prismáticos militares desde una cresta rocosa y elevada—, caminé a lo largo del sendero serpenteante que descendía lentamente hacia la ribera del río. El viejo molino abandonado se alzaba al fondo como un esqueleto de piedra oscura y madera carcomida por los inviernos, con su gran rueda de hierro congelada a mitad de giro sobre el cauce embravezido y oscuro del agua, que golpeaba con furia contra los bloques de hielo acumulados en las orillas.
—Si Dimitar ha interceptado el aviso o si Asen trae compañía que no sea de fiar, nos van a rodear antes de que podamos cruzar el puente de piedra —advirtió Emil en voz baja, sin apartar los ojos de los matorrales nevados de la orilla opuesta, ajustando con sigilo la correa de su arma corta oculta bajo el abrigo grueso de lana.
—Mi padre vendrá solo. Lo conozco bien —respondí con la mandíbula tensa, sintiendo el peso de la incertidumbre golpeándome las costillas con la fuerza de un martillo de hierro—. Pero el verdadero problema no es Asen. El dilema es saber si el muchacho ya ha notado que le hemos pisado los talones en los servidores del consejo y si ha decidido acelerar sus planes a nuestras espaldas.
Al cruzar el umbral derruido del molino, el olor a humedad, harina vieja, óxido y piedra mojada nos envolvió de inmediato. En el centro de la estancia principal, donde antaño las enormes muelas de granito trituraban el grano de los valles bajo el esfuerzo del agua, una figura solitaria aguardaba de pie con las manos apoyadas sobre el pomo de su bastón nudoso de madera de roble.
Asen vestía un abrigo largo de paño oscuro, con la bufanda gris enrollada al cuello para protegerse de la helada y la mirada fija en el suelo cubierto de polvo. Al escuchar nuestras pisadas sobre las tablas crujientes de roble carcomido, levantó lentamente la cabeza. Sus ojos oscuros, surcados por las profundas arrugas de la edad y el rigor implacable de la montaña, se clavaron directamente en los míos con una mezcla de cansancio y advertencia.
—Llegas puntual, Damián —comenzó Asen con su voz ronca y pausada, que retumbó contra las paredes de piedra desgastadas del antiguo edificio como un trueno lejano—. Y traes la sombra de la desconfianza pegada a los talones, igual que cuando eras un muchacho terco y querías resolver todos los problemas del valle a golpes de orgullo, sin medir las consecuencias.
—No estoy aquí para jugar a las disputas de padre e hijo, Asen —escupí con frialdad, dando un paso al frente mientras Emil se mantenía en la entrada vigilando el exterior y el acceso al puente—. Te cité aquí utilizando el viejo código porque sabíamos que las paredes del monasterio tienen orejas y terminales que no duermen. Boris ha rastreado la firma digital de los accesos al Cártel de los Cárpatos del Norte. Sabemos quién abrió la puerta trasera a los mercenarios.
El anciano no parpadeó. Su rostro, habitualmente tallado en granito, pareció tensarse todavía más, y por un brevísimo segundo, una chispa de dolor inconfesible cruzó por el fondo de sus pupilas oscuras antes de volver a endurecerse tras su coraza de autoridad patriarcal.
—El consejo lleva décadas manteniendo el equilibrio de estas cumbres a un precio muy alto, Damián —respondió mi padre con voz sorda, esquivando el golpe directo con una elegancia trágica—. No creas que soy ajeno a las corrientes subterráneas que mueven este valle. Hay lealtades que pesan como cadenas de hierro y errores que uno arrastra en silencio porque el coste de arrancarlos de cuajo destruiría lo poco que queda de nuestra casa.
—¿Estás hablando de Dimitar? —intervine con la voz cortante como el hielo del río, acercándome un paso más hasta quedar a escasa distancia de él—. ¿De verdad ibas a callar para proteger a un cabrón que está vendiendo los pasos a la mafia rusa que mató a su propio padre biológico? ¿Hasta dónde llega tu ceguera, Asen?
Asen dio un golpe seco con el bastón contra las tablas del suelo, haciendo que el eco resonara con fuerza en todo el molino. Su respiración se volvió pesada y un destello de furia contenida iluminó sus ojos.
—¡Tú no sabes lo que es cargar con la culpa de un pasado que intenté enmendar! —bramó mi padre, perdiendo por un instante la compostura inquebrantable—. Cuando tomé a su madre bajo mi techo tras la tragedia, el muchacho ya venía con las manos manchadas y el alma fría. Intenté enderezarlo, intenté darle un hogar y un nombre en este maldito valle donde la sangre siempre exige más sangre. Si ahora ha abierto la puerta a los Cárpatos buscando una venganza estúpida por la muerte de su verdadero padre... lo detendré. Pero no permitiré que me desprecies en mi propia casa.
El anciano suspiró profundamente, cerrando los ojos un instante mientras se apoyaba con ambas manos en el bastón. Cuando volvió a abrirlos, su tono cambió, volviéndose más bajo, casi un murmullo destinado a perderse entre el rumor del agua.
—¿Te acuerdas de lo que nos contaban de pequeños sobre las primeras Ahelbiz, Damián? —preguntó Asen de la nada, con una extraña melancolía en la voz—. Nos decían que cuando las cumbres de Rila eran solo roca viva y abismos sin nombre, las guardianas de sangre y fuego sellaron los pasos inferiores para que los demonios del norte no pudieran cruzar. No lo hicieron con murallas de piedra, sino entregando su propio calor vital a la tierra. Pero la leyenda también advertía de algo más peligroso que los monstruos de fuera... el veneno de la traición dentro de la propia casa. Decía el cuento que el fuego de una Ahelbiz solo puede ser contenido por el amor de un alfa, pero si el alfa duda, o si el corazón se divide entre la familia que se cuida y el error que se protege, la puerta del santuario se abre desde dentro.