Una incesante pelea perfora mis oídos, una figura alta roba cada rayo de sol destinado a caer a mi rostro.
Puedo sentirlo en el aire, está molesto. O más que eso, Artavius nunca estaba molesto, y eso era lo que más me aterraba en este momento.
—Verena —un murmullo como un golpe de hielo dio en mi estómago, astillando la bola de nervios que se estaba formando—. Una noche, solo una, te pedí. Te rogué que no salieras.
Miro mis manos buscando que hacer cuando sus ojos caen sobre mi como una bala, se que debí hacerle caso. Pero hasta hace unas horas no entendía que tan grave era la existencia de un Omega en esas noches.
—Te busque por todo el maldito bosque —un suspiro se eleva en el aire, cortando el frío de las mañanas que se hacienta cada cambio de estación—. Mamá y papá están con las ninfas, por favor, no salgas hasta que toquen a tu puerta.
Dicho aquello, intenta retirarse, con cada paso seguro solo para dar la vuelta con la puerta entre abierta demostrando su punto tan solo unos segundos.
Mi hermano, un hombre con el cual compartí años valiosos de infancia y adolescencia, ahora, no lo reconocería si me iba unos cuantos días.
El viento sopla más fuerte cada vez, y con cada golpe sobre la madera vieja del balcón, un aullido silencioso se extiende por toda la habitación, y como en cada lugar de este pueblo. La antigüedad me hace recordar todo lo que se ha sacrificado para llegar hasta este momento en sí mismo.
Mis dedos pican y la curiosidad se hacienta con cada paso que doy hacia la ventana, el patio de entrenamiento está repleto, cada espada empuñada. Cada arco tomado y cada flecha disparada, hombres y mujeres sin protección, algunos jóvenes dominando su transformación a iktern.
Me sumo a los espectadores, solo que desde las alturas. Los dos lobos más jóvenes se golpean sin compasión, cambiando cada tanto de quien estaba bajo el otro, cambian entre transformaciones probando se más que a si mismos quien es él alfa.
Está raza está perdida si nos matamos entre nosotros —Vylkar se rie en mi cabeza.
Asiento, aunque entretenida por la pelea decidida a acabar con la rivalidad de mis hermanos. Pero aún si quisiera con toda mi alma estar allá abajo para detenerlos, físicamente estoy inevitablemente atrapada en mi propia habitación, encerrada como un cachorro. Los dejan pelear, haciendo que todos los que antes practicaban con calma se apartaran para tomar posición de defensa por si sucedía algo más grande.
Artavius, llamado por los aullidos de dolor sale del castillo. Su transformación es inevitable, su aparición los separa tan rápido que es difícil decir que su autoridad no ha tenido peso.
Todos cambian a humanos, todos sin ninguna cicatriz nueva que presumir excepto los gemelos. Artavius va a gritarles, defendiendo la integridad del equipo y legitimidad del entrenamiento que han dañado por peleas sin sentido. Levanta la mano, pero antes de dejarla caer se detiene.
Algo se mueve en el bosque, es rápido. Las aves que descansaban en las ramas vuelan aterrorizadas por el animal que se va acercando con cada segundo.
Es él, Sapphira —aulla con satisfacción, como si la aparición de aquel hombre fuera elemental.
¿Que hace aquí? Vylkar, nadie lo va a entender —le respondo con impaciencia, la proximidad de su presencia me aterra más que la búsqueda de una salida de la habitación.
Dejame intentarlo —exige tajante.
Peleando con ella por quien mantiene el control, desisto y la dejo hacer. Su pelaje blanco y dorado deja entrever la magia que recorre cada centímetro de ella. Vylkar deja que sus dos patas delanteras permanezcan en el marco de madera, aferrándose con sus garras, gruñe antes de arrepentirse de su decisión.
La puerta de la habitación se abre, pero concentrada, Vylkar deja pasar la curiosidad y salta, llevándose consigo la atención de la guardia.
El hocico es lo primero que impacta con el suelo, la barroca es dura por lo que un dolor punzante atraviesa todo nuestro cráneo.
Un gruñido se instala desde la lejanía, o tal vez desde las alturas. No me detengo a pensarlo, tampoco a mirar a mis espaldas una vez que corro antes de ser detenida por Artavius o las ninfas.
Sus feromonas están dispersas por todo el bosque, la arboleda es gigante, pero su rastro lo delata, consigo mantener el ritmo una vez que deja de correr en círculos, está cazando. Y lo sé porque me he entrometido demasiadas veces en situaciones similares como para no reconocer el rastro de sangre y el aura asesina que optan por usar para que nadie les robe a su presa.
Escucho más pasos a mis espaldas, unos diez, tal vez menos.
El recorrido por el bosque se alarga con cada tramo, el pasto y mi pelaje se tiñen de rojo, la movilidad se dificulta con un par de estructuras, cenizas y algunos huesos y cadáveres de animales aún frescos.
Vylkar reduce la velocidad, y se detiene frente al antiguo templo y ahí está él, no la bestia, el hombre.
Tenía entre sus manos la cabeza de una mujer, los ojos negros y el cabello ceniza la delataban, tanto su vida como su muerte.
Vampiro —susurro en su mente, con la necesidad de correr hacia él y hacerlo hablar.
Un vampiro en tierras santas era extraño y aún más que su cabeza estuviera en manos de un forastero. Aquel hombre estaba de espaldas a mi, intentando controlar su sed de sangre al parecer.
—Verthg.
(Vete).
Sus palabras se traducirán por si solas en mi cabeza como un idioma nato de mi naturaleza. Sus feromonas estaban dispersas, su guarida estaba cerca, o quizás ya estaba en ella.
A mí alrededor la copa de los árboles ya no era verde, un tono amarillo escuálido dominaba cada tramo. Tierras infértiles para el cultivo, pero aún mantenía cierta esperanza en la magia que nos protege.
Vylkar se conduce por si sola a las puertas de madera que aún se conservan colocando su pata entre la maleza justo donde la llave está cubierta. La aldea y sus alrededores estan rodeadas de magia de ninfas y hadas.
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Editado: 08.10.2026