Bajo las Luces de París

CAPITULO 3

La lluvia continuó durante toda la noche.

Desde la ventana de mi habitación podía escuchar las gotas golpeando suavemente contra el cristal.

París parecía diferente bajo la lluvia.

Más silenciosa.

Más íntima.

Más parecida a una ciudad que guardaba secretos.

Me senté frente a la ventana con mi cuaderno sobre las piernas.

Lo abrí.

La última página tenía el dibujo que había hecho aquella tarde.

Dos personas caminando bajo un paraguas.

Me quedé observándolo.

No recordaba haber decidido dibujarnos.

Simplemente había sucedido.

Pasé los dedos por el borde de la página.

—Esto no significa nada —murmuré.

Pero incluso yo sabía que estaba intentando convencerme.

Cerré el cuaderno.

Lo dejé sobre el escritorio y me levanté para preparar algo de comer.

Mientras calentaba agua, mi teléfono vibró.

Una notificación.

Lo miré.

Un mensaje.

Adrien.

Me quedé quieta.

No sabía que tenía su número.

Bueno...

En realidad sí.

Nos lo habíamos intercambiado ese día porque teníamos que trabajar en parejas para una actividad de clase.

Pero no esperaba que me escribiera.

Abrí el mensaje.

Adrien:
¿Llegaste bien?

Sonreí sin querer.

Escribí una respuesta.

La borré.

Volví a escribir.

La borré otra vez.

Finalmente mandé:

Yo:
Sí. ¿Tú?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Adrien:
También.

Esperé.

Nada.

Entonces apareció otro mensaje.

Adrien:
Aunque creo que mi paraguas no sobrevivió.

Solté una pequeña risa.

Yo:
¿Por qué?

Adrien:
Porque intenté protegerte de la lluvia y terminé caminando por un charco.

Miré el teléfono.

Yo:
Eso fue porque tú insististe en compartirlo.

Adrien:
Entonces fue una decisión voluntaria.

Yo:
Exactamente.

Adrien:
Lo volvería a hacer.

Me quedé mirando esa última frase.

No sabía qué responder.

Sentí una extraña sensación en el pecho.

Escribí:

Yo:
Buenas noches, Adrien.

Pasaron unos segundos.

Adrien:
Buenas noches, Camille.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Y por primera vez en mucho tiempo, me fui a dormir sonriendo.

A la mañana siguiente, llegué a la escuela antes que él.

O eso pensé.

Entré al salón y dejé mi mochila sobre la silla.

Había pocas personas.

Me senté junto a la ventana.

Abrí mi cuaderno.

Quería dibujar antes de que comenzara la clase.

Intenté concentrarme.

Pero mi lápiz no obedecía.

Dibujé una ventana.

Después una calle.

Después un paraguas.

Fruncí el ceño.

—Otra vez tú...

—¿Yo?

Levanté la cabeza rápidamente.

Adrien estaba detrás de mí.

—¿Desde cuándo estás ahí?

—Desde que empezaste a hablarle a tu dibujo.

Cerré el cuaderno de golpe.

—No estaba hablando con él.

—Entonces me alegra saber que no soy el único que escucha cosas.

—No escuchaste nada.

—Escuché perfectamente.

Se sentó a mi lado.

—¿Qué dibujabas?

—Nada.

—Eso es mentira.

—¿Por qué?

—Porque cuando dices "nada", normalmente es algo.

Lo miré.

—¿Y tú siempre analizas a las personas?

—Solo a las interesantes.

No pude evitar sonreír.

—Eres demasiado presumido.

—Y tú sonríes demasiado cuando digo algo que te gusta.

Dejé de sonreír inmediatamente.

—No estaba sonriendo.

—Claro.

—No estaba.

—Como quieras.

Le lancé una mirada.

Él se rio.

La profesora entró al salón antes de que pudiera responder.

—Buenos días.

Todos guardamos silencio.

—Hoy trabajaremos en parejas.

Escuché varios murmullos.

La profesora comenzó a decir los nombres.

Yo esperaba que me asignara con cualquiera.

Hasta que escuché:

—Camille y Adrien.

Giré lentamente la cabeza.

Adrien ya me estaba mirando.

—Parece que tenemos suerte otra vez —susurró.

—No empieces.

—No dije nada.

—Tu cara lo dijo.

Él sonrió.

La actividad consistía en crear una ilustración basada en un recuerdo.

La profesora colocó una caja sobre el escritorio.

Dentro había pequeñas tarjetas.

Cada pareja debía sacar una.

Adrien tomó una.

La abrió.

—"Un lugar al que volverías."

Me quedé pensativa.

—Eso es difícil.

—¿Por qué?

—Porque no sé si tengo uno.

Adrien dejó la tarjeta sobre la mesa.

—Todos tienen uno.

—No.

—¿No?

Negué con la cabeza.

—A veces quieres volver a un lugar y cuando lo haces te das cuenta de que ya no existe.

Adrien dejó de sonreír.

—¿Te pasó?

Miré el papel.

—Sí.

No preguntó más.

Otra vez.

Simplemente tomó el lápiz.

—Entonces dibujemos algo que sí exista.

Lo miré.

—¿Qué?

—París.

—Eso es demasiado fácil.

—Entonces hazlo difícil.

Pensé durante unos segundos.

Tomé el lápiz.

Comencé a dibujar.

La ciudad.

Los edificios.

Las calles.

La lluvia.

Adrien observaba en silencio.

Después tomó otro lápiz y comenzó a escribir algo en una esquina del papel.

—¿Qué haces?

—Nada.

—No me copies.

—No te estoy copiando.

—Entonces enséñame.

Él giró el papel.

Había escrito:

"Hay lugares que no extrañamos por lo que eran, sino por quiénes éramos cuando estuvimos allí."

Me quedé mirando la frase.



#11371 en Novela romántica
#5538 en Otros
#741 en Aventura

En el texto hay: romance prohibido

Editado: 21.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.