Balam: el espiritu del jaguar vive

1. El reclutador.

Eran las seis y media de la mañana, y aun faltaba media hora para que las clases dieran comienzo aquella fría mañana de miércoles en la escuela  secundaria cuatrocientos catorce. A pesar del frío y de la hora que era ya había bastantes alumnos en el patio principal.

Marina Suárez caminaba sin prisa con las manos en los bolsillos de su uniforme deportivo, con la mochila colgando a sus espaldas y el animo arrastrando por los suelos, atravesando el portón de la entrada y el patio principal. Marina era su nombre, pero solo los más cercanos a ella le llamaban Mina. Y siempre había alguien que la saludara o se encontrara con ella mientras transitaban a los salones, pero en aquella fría mañana de miércoles no hubo nadie que la recibiera. A su paso se hizo un silencio sepulcral: todos los ojos estaban fijos en ella, los murmullos dejaban oír su casi inaudible voz, y las miles de versiones de lo que ocurrió estaban en boca de casi todo el mundo ahí dentro.

—Dicen que lo hizo por gusto...

—Yo escuché que se junta con gente agresiva...

—Pues yo me enteré de que ningún psiquiatra ha podido con ella...

«Bien parece que no saben nada, y si lo supieran, estoy segura de que no hablarían. O al menos no de mí.»

Mina estaba pensando de esa manera cuando una irritante voz la sacó de sus pensamientos de "una forma tan grosera", como lo describió ella.

—Vaya, vaya, miren nada más quien se ha atrevido a venir después del incidente del lunes —dijo con sarcasmo una joven regordeta a espaldas de Mina —. Se nota que es lo suficientemente descarada para pasearse casualmente como si nada hubiera pasado.

Quien había hablado era Naomi Mendoza, una joven de castaño cabello ondulado recogido a la perfección, con pecas en las mejillas y el puente de su respingada nariz, y a decir verdad estaba algo pasada de peso para su edad y su algo corta estatura. La adolescente era en sí una persona tan molesta como un enjambre de mosquitos en pleno verano.

Mina se dio media vuelta, con una ceja arqueada y la expresión neutra, exhalando el vapor de su aliento a través de la bufanda roja que cubrían su nariz y boca. Miró con aire de satisfacción el vendaje que ostentaba Naomi sobre su pómulo izquierdo y el ojo morado del mismo lado. Junto a Naomi estaban otras dos chicas que con sus cortas faldas exhibían una serie de raspones en las rodillas y algunas marcas de pelea en el rostro, mientras que Mina se veía intacta.

—Mendoza... —susurró Mina entre dientes —. ¿Tienes algo importante que decir o ya puedo retirarme? —Mina hizo una reverencia mofándose de la chica y se dio la vuelta para seguir avanzando.

—Espera un segundo, Suárez, que esto no se queda así. Esto que me hiciste —gruñó Naomi señalando el parche en su cara —lo pagarás caro. Y un día de suspensión no es suficiente castigo para una busca pleitos de mala vida como tú.

Mina río forzadamente de un modo que a las tres chicas a sus espaldas les provocó escalofríos. Se giró nuevamente hacia ellas con la expresión sombría y los ojos cargados de odio. Se acercó a Naomi sin el menor rastro de miedo quedando a escasos centímetros del rostro de su adversaria, haciendo que las dos adolescentes a su lado se apartaran un par de pasos.

—¿Qué es lo que voy a pagar, Mendoza? Tú me tiraste al suelo a propósito, vi cuando pusiste tu pie en mi camino. Llevaba una bebida casi hirviendo en la mano y eso no te importó —Mina apretó en un puño una de sus manos, la cual estaba envuelta dolorosamente en un blanco vendaje que cubría sus quemaduras —. Pero todo en esta vida se paga, Mendoza. Absolutamente todo se paga...

—Apártate de mí, demente —Naomi estaba temblando de pies a cabeza y aunque se esforzó por sonar autoritaria su voz pareció casi una súplica.

—No... —le interrumpió Mina —. Tú apártate de mí. Tú eres la que no sabe con quien trata —y ocultando una escalofriante sonrisa bajo la bufanda añadió —. Cuida bien con quién te metes, niñita. No excaves más profundo de lo que puedas saltar... No diré más.

Mina dio media vuelta el sentir que una mano tiraba de su brazo sin benevolencia.

—Mina, soy yo —se apresuró a decir sonriente la torturadora del brazo de Mina al ver que esta se volteaba con cara de pocos amigos.

—Ah, eres tú Mari —suspiró Mina con alivio, relajando la mano que se había apretado en puño.

Mari era la amiga más cercana que Mina tenía. Era una joven sonriente de cabello completamente lacio a la altura de los hombros, el cual solía rizar en ocasiones, tenía ojos cafés oscuros y vivaces atentos a todo lo que ocurría a su alrededor. Sobrepasaba en estatura a Mina por diez centímetros, siendo también ligeramente más corpulenta que ella.

—No vale la pena discutir con... Bueno, pues con ella —siseó María con desagrado conteniendo la risa al ver que Naomi se había marchado en cuanto Mina le quitó la vista de encima.

—¿Solo venías a contenerme? —le espetó Mina dándole un ligero golpe en el brazo a su amiga en señal de afecto, y de venganza por haber tirado de su brazo de forma salvaje.

—¡Auch! No... —se quejó María frotando el brazo adolorido. Los golpes se Mina no podían dejar de doler por más cariñosos y suaves que fueran —. En realidad venía a avisarte que están sirviendo chocolate caliente en la cafetería —María dio pequeños saltos antes de tomar a Mina por la muñeca y salir corriendo en dirección al lugar mencionado —¡Y tendremos que correr si no queremos que se acabe! —exclamó triunfal con una gran sonrisa arrastrando a Mina tras de sí.



 

La pequeña cafetería estaba solitaria. A través de la puerta que daba al patio se podía observar la cortina de agua que formaban las gotas al caer desde el techo. No había parado de llover en treinta minutos y la cantidad de chocolate caliente había sido diezmada debido al frío. Las clases parecían no tener inicio, los profesores no habían salido de la dirección escolar. Era uno de esos raros días en que todo se retrasaba. En el televisor que estaba sobre la barra se podía ver a una reportera transmitiendo lo común en esos días. Pero solo dos personas estaban atentas a aquellas noticias.




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