I.
Los tres días antes de la gran final fueron los más silenciosos de toda la temporada.
No porque Home Hud se hubiera vaciado: los pilotos eliminados seguían ahí, en sus habitaciones y en los patios y en la playa, con esa calidad particular de las personas que han terminado su parte en algo y que ahora esperan el final de lo que empezaron juntos. Pero el tipo de silencio que tienen los grupos cuando algo importante está a punto de ocurrir y todos lo saben y nadie sabe exactamente qué decir al respecto.
Disco Jimmy no puso el parlante.
Eso solo, más que cualquier otra señal, decía cuánto pesaba lo que se acercaba.
Rez pasó esos tres días de maneras que había aprendido que eran las correctas para prepararse: entrenamiento en la pista de práctica de Bucoco Island por las mañanas, estudio del mazo por las tardes, cuaderno abierto por las noches. No el entrenamiento febril de quien intenta aprender todo lo que no sabe en el tiempo que queda sino el entrenamiento tranquilo de quien sabe lo que sabe y quiere que ese saber esté disponible cuando lo necesite.
El mazo para Death Bat Alley: Rez lo construyó con más cuidado que cualquier mazo anterior.
Doce potenciadores de cuarenta y siete. Para una pista de volcán con lava real y calaveras ardientes y tiempos de retorno que podían llegar a cuarenta y siete segundos. Contra El Zipo, que tenía velocidad de habilidad especial y empuje lateral y un conocimiento de Contra las Cuerdas que en tres temporadas de competencia había convertido en algo más parecido a una extensión de su cuerpo que a una herramienta.
Escribió en el cuaderno: El Zipo en Death Bat Alley. Sus fortalezas: velocidad pura, Contra las Cuerdas en los puentes angostos donde el empuje lateral hacia los bordes puede significar caída a la lava. Su debilidad: la velocidad alta en los puentes más estrechos es riesgo propio también. El Zipo calcula bien pero el volcán no calcula.
Y debajo: Mis fortalezas en Death Bat Alley: conozco la pista. La corrí en la primera temporada y la corrí contra Benny y la gané. El conocimiento de una pista no desaparece aunque pasen temporadas.
Y debajo: La Goma Quemada en el volcán. Lo que el volcán hizo con ella la primera vez: la guardó más tiempo en la roca. El fuego del volcán y el fuego de la Goma Quemada se reconocieron. Eso sigue siendo verdad.
Cerró el cuaderno.
Miró el mar de Home Hud por la ventana.
Pensó en su madre en la mansión de Bucoco Island, que esos días estaría mirando la misma dirección desde la otra isla, con su moneda de oro en la mano y su Baja Bug verde en el garaje y el recuerdo de la recta de Dino Jungle que su padre había diseñado para que la habilidad funcionara perfectamente ahí.
El fuego no sabe ir hacia atrás, había escrito la carta de Grand Faust.
No. No sabía.
La noche antes de la final, El Zipo llamó a la puerta de la habitación de Rez.
Rez abrió.
El Zipo estaba en el pasillo con la máscara y el atuendo habitual, sin el cómic que era su compañero constante. Tenía las manos en los bolsillos y esa manera suya de estar parado que era económica y sin adorno.
—Mañana —dijo El Zipo.
—Mañana —dijo Rez.
Un silencio de tres segundos.
—Death Bat Alley —dijo El Zipo.
—Sí.
—La corriste antes —dijo El Zipo.
—Sí.
—Y la ganaste.
—Sí.
El Zipo lo miró con esa expresión que era difícil de leer con la máscara pero que Rez había aprendido a leer en los ojos que eran lo único visible sobre ella.
—Eso no significa que la ganes mañana —dijo El Zipo. No era amenaza ni provocación: era la declaración más honesta que un rival puede hacer antes de una final.
—Lo sé —dijo Rez.
—Y que yo no la haya corrido antes no significa que no pueda ganarla.
—Lo sé también.
El Zipo asintió una vez.
—Buena carrera mañana —dijo.
—Tú también.
El Zipo fue hacia su habitación con ese paso suyo que era siempre el mismo: ni más rápido ni más lento que lo necesario, exactamente lo que la situación pedía.
Rez cerró la puerta.
Se quedó parado en el centro de su habitación durante un momento.
Luego fue a la cama y durmió, que era lo que correspondía hacer la noche antes de una gran final y que aprendió en la primera temporada que era posible aunque uno no lo creyera.
II.
La mañana de la final de la segunda temporada amaneció con un cielo sobre Coconut Island que era diferente al cielo habitual: más alto, más limpio, con esa claridad específica de los días donde el aire tiene menos cosas entre él y el sol que en los días normales.
Rez lo vio desde la ventana antes de que sonara ninguna notificación.
Se duchó. Se vistió: el atuendo de carrera completo, el rojo con los detalles negros y los guantes rojos con los nudillos destapados y las gafas de sol rojas en la cabeza y las zapatillas negras con rayas rojas. Las mechas rojas en el pelo negro que dos temporadas de islas habían hecho más naturales y más propias que el cambio deliberado que habían sido al principio.
Desayunó solo, que era su preferencia la mañana de las carreras importantes: no porque la compañía molestara sino porque el silencio de la mañana de carrera era un recurso y Rez había aprendido a tratarlo como tal.
En la mesa del desayuno había una nota.
No era de la app ni del sistema de la Liga: era papel real, escrito a mano, con la letra que Rez ya reconocía porque la había visto en la primera página del libro de mecánica del estante de la mansión.
Rez. Estaré en las gradas. No busques dónde. Corre como sabes. El volcán te recuerda. — M.
Rez leyó la nota dos veces.
La dobló.
La metió en el bolsillo del pecho de la chaqueta roja, que era donde llevaba las cosas que no podían ir en la mochila porque la mochila iba en el área de pilotos y estas cosas tenían que ir más cerca.