Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas 2

CAPÍTULO 15: EL FINAL DE LAS ISLAS

I.

La ceremonia de premiación de la segunda temporada se hizo en Fiesta Village.

Igual que la primera. Como si las cosas importantes que ocurrían en las islas tuvieran la costumbre de ocurrir en el mismo lugar que la vez anterior, que no era azar sino la lógica de los lugares que existen para que las cosas importantes ocurran en ellos.

Fiesta Village había cambiado desde la primera temporada: ya no vivía gente ahí de manera permanente, que era el cambio más visible y más difícil de nombrar completamente porque un pueblo sin sus habitantes es el mismo lugar y no lo es al mismo tiempo. Las casas estaban en buen estado, cuidadas por la nueva administración con la misma atención que el resto de las islas, pero tenían esa calidad de los espacios que esperan en lugar de los espacios que viven.

Excepto hoy.

Hoy Fiesta Village tenía esa calidad de los lugares que reciben algo y que la reciben con todo lo que tienen: música que venía de todos lados, banderines de colores que alguien había colgado en las calles entre la llegada de la noche y la mañana, el olor de la comida que la empresa había preparado para la celebración y que llenaba el puerto con esa mezcla de especias y frutas y algo asado que era el olor de las fiestas de las islas desde siempre.

Y el público: las personas que habían llegado de las islas cercanas y de más lejos, con sus camisetas de la Liga y sus banderas y esa energía de los grupos que han visto algo bueno y que quieren estar en el lugar donde ese algo bueno se celebra.

El podio estaba en el centro de la plaza, igual que la primera temporada: Rez en el primer lugar, El Zipo en el segundo, Leeta en el tercero, que había terminado tercera en la clasificación final de la segunda temporada con una consistencia que ninguna carrera individual capturaba completamente pero que la suma de todas ellas sí.

La Copa de Oro era diferente a la de la primera temporada: más grande, con el diseño de la nueva administración, con el logo del círculo azul en la base y debajo el nombre grabado en la misma tipografía azul de todo lo de BaeSoft.

Rez.

El mismo nombre. Las mismas letras. Pero diferente en la profundidad de lo que significaban ahora: dos temporadas de conocerlas, de vivir en las islas que las habían formado, de entender de dónde venían y a dónde iban.

Ruby dio el discurso. Fue breve, que era completamente Ruby: los resultados de la temporada, el agradecimiento a los patrocinadores, el reconocimiento a los pilotos. Y al final, con esa neutralidad que era siempre su tono pero que hoy tenía algo adicional que Rez identificó como algo personal aunque no lo elaborara:

—Esta temporada ha sido diferente a todo lo anterior —dijo Ruby—. No solo en los resultados sino en lo que ha construido. Una competencia que era una cosa se ha convertido en otra. Eso no lo hacen los logos ni los patrocinadores ni los sistemas de potenciadores. Lo hacen las personas que deciden correr como si importara. —Una pausa—. Estas personas lo hicieron.

Miró a los pilotos.

Los pilotos la miraron.

Y en ese intercambio de miradas entre la directora de la Liga y los dieciséis pilotos de la segunda temporada había algo que no necesitaba más palabras para existir.

Rez recibió la Copa de Oro.

La sostuvo.

Miró la plaza de Fiesta Village con su música y sus banderines y su olor a comida y a mar y a islas.

Pensó en Juan Carlos con la pancarta de cartón rojo.

Pensó en la abuela Consuelo diciendo ve y gana.

Pensó en el claro del bosque detrás del vivero de don Aurelio.

Pensó en su padre.

Pensó en su madre en algún lugar de la plaza, sin anunciarse, con las gafas oscuras sobre la cabeza y la misma sonrisa de la foto.

Y pensó en Leilani, que estaba en las gradas con el atuendo hawaiano original y las flores moradas detrás de la cabeza, mirando el podio con esa expresión que era la más difícil de leer de todas las que tenía y que Rez había aprendido a leer de todas formas.

Levantó la copa.

El gesto dramático del campeón que Juan Carlos siempre había pedido y que en Raytona Stadium había hecho por primera vez y que aquí, en la plaza de Fiesta Village que era donde había empezado todo en la primera temporada, tenía un peso diferente porque tenía todo lo que había pasado entre la primera vez y esta.

La plaza respondió.

Fiesta Village respondió de la manera en que Fiesta Village respondía siempre a las cosas que valían la pena: con música y con ruido y con esa energía que no necesita organizarse para ser completamente real.

II.

Lo que siguió a la ceremonia fue una tarde y una noche que tenían esa calidad de los finales de las temporadas que ya conocía de la primera vez pero que esta vez era diferente porque todo era diferente cuando uno llega a las mismas cosas con más dentro.

Disco Jimmy puso el parlante.

Esta vez sin moderación de volumen: la música de los ochenta de Disco Jimmy en la plaza de Fiesta Village a volumen completo fue lo que era: la celebración correcta en el lugar correcto hecha por la persona correcta para hacerla.

BeatBot bailó. Con Disco Jimmy y sin Disco Jimmy y con el ritmo de la plaza que era su propio ritmo también.

Oog-Oog hizo jugos para todos, con las frutas de Fiesta Village que seguían siendo las mismas aunque ya nadie viviera ahí para cultivarlas porque las frutas de las islas crecen con o sin que nadie las cultive.

Beach Bro cocinó con las sobras del catering de la empresa y lo que resultó fue, como siempre, mejor que lo que hubiera salido de cualquier cocina con ingredientes completos porque Beach Bro y las sobras eran una combinación que tenía su propia magia.

Mikka le tejió algo a cada piloto, que era la forma en que Mikka celebraba las cosas: haciendo. Los regalos eran objetos de formas irregulares en los colores de cada persona que no eran exactamente ninguna cosa convencional pero que tenían esa calidad de los objetos hechos con atención que los hace más valiosos que cualquier cosa con forma perfecta.



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En el texto hay: beach buggy racing, bbr2, rez

Editado: 28.09.2026

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