Años atrás. Un laboratorio.
No en las islas. En un lugar sin ventanas, con el tipo de iluminación artificial que hace que no importe si es de día o de noche porque nunca cambia. Las paredes eran de concreto y el suelo era de concreto y el único color que no era gris o blanco era el verde.
El verde neón del líquido.
El líquido estaba en un contenedor que era más sofisticado de lo que su aspecto exterior sugería: no un recipiente simple sino un sistema, con tubos y con medidores y con algo que emitía ese verde específico que no era el verde de las plantas ni el verde del mar sino el verde de las cosas que pertenecen a los laboratorios donde ocurren cosas que todavía no tienen nombre conocido.
Dentro del líquido verde neón: un esqueleto.
No el esqueleto de alguien que hubiera muerto. El esqueleto de alguien que estaba en el estado que el líquido verde neón producía en los cuerpos que contenía, que era un estado que no era vida exactamente y que no era muerte exactamente y que los que lo sabían llamaban con un nombre técnico que no decía nada sobre lo que realmente era.
El laboratorio estaba en silencio.
Luego no lo estaba.
Porque el esqueleto se movió.
No mucho. No de golpe. De la manera en que se mueve algo que ha estado quieto durante mucho tiempo y que empieza a recordar que puede moverse: despacio, con la resistencia de lo que ha estado en un estado y empieza a salir de él, con esa calidad de los movimientos que son a la vez los primeros y los que siguen a muchos otros aunque no haya habido movimientos visibles en el tiempo intermedio.
El esqueleto se incorporó despacio.
Hasta quedar sentado, de espaldas al único punto de vista disponible, con el líquido verde neón cayendo de sus huesos en gotas que iluminaban brevemente el suelo de concreto antes de volver al contenedor.
Se quedó así durante un momento.
Las manos de hueso en el borde del contenedor.
La cabeza inclinada hacia abajo.
Y luego, en ese laboratorio sin ventanas en un lugar sin nombre, el esqueleto hizo algo que era lo primero que hacía que era inconfundiblemente propio y no del sistema que lo había mantenido en ese estado:
Miró hacia adelante.
Hacia algo que solo él podía ver desde donde estaba, en ese lugar, en ese momento, después de todo el tiempo que había pasado desde la última vez que había mirado hacia adelante.
Y en ese mirar había algo que era reconocimiento.
La pantalla en la pared del laboratorio, que nadie había encendido para él pero que se había encendido sola al detectar el movimiento en el contenedor, mostraba una imagen:
Las islas.
El arco de las islas misteriosas desde el aire, con el volcán de Coconut Island en el centro y el mar azul alrededor y la luz del amanecer sobre todo.
El esqueleto miró la imagen durante un tiempo que no se medía en segundos sino en algo más difícil de medir.
Y luego bajó de nuevo al líquido verde neón con la lentitud de algo que no está listo todavía pero que ya sabe que el tiempo viene.
El laboratorio volvió al silencio.
El verde neón siguió brillando.
Y las islas en la pantalla siguieron siendo las islas: el arco completo, el volcán, el mar, la luz del amanecer que era nueva y que era la misma de siempre.
Esperando.
FIN DEL LIBRO 2
BEACH BUGGY RACING: EL ARCO DE LAS ISLAS MISTERIOSAS
Libro 2: Edición BB Racing 2
El Libro 3 continúa con: Lo que Oog-Oog sabe que tarda en nombrarse. La convergencia de Fiesta Village y lo que los hechiceros tiki dejaron. Rosita Fabor y su primera temporada en las islas. El laboratorio. El líquido verde neón. El esqueleto que ya sabe que el tiempo viene. Y la respuesta a la pregunta que el Libro 2 dejó abierta: ¿Dónde está?