Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas 3

CAPÍTULO 3: ROSITA FABOR

I.

El barco de las doce trajo a Mikka.

Rez la vio desde el muelle con esa claridad de quien reconoce algo que no ha visto en meses pero que está tan completamente grabado en la memoria que la visión es confirmación antes de ser sorpresa: el pelo arcoíris, el gorro de monstruo morado con los ojos verdes, las zapatillas rosas brillantes.

Mikka bajó del barco y miró Home Hud y luego miró a Rez y Leilani con los trajes de entrenador y abrió la boca para decir algo que era claramente el inicio de una secuencia larga pero entonces miró a Chicken Boy que estaba al lado de Rez y la boca se quedó abierta pero sin sonido, que era la primera vez que Rez veía a Mikka sin sonido.

Chicken Boy miró a Mikka.

Mikka miró a Chicken Boy.

Chicken Boy miró el buzo de pollo que llevaba y luego la capucha en forma de pollo y luego volvió a mirar a Mikka como si estuviera revisando si la imagen era consistente en todas sus observaciones.

Luego dijo:

—Tú eres Mikka.

—Tú llevas un pollo —dijo Mikka, que era la observación más directa que Rez le había escuchado hacer en toda la temporada anterior.

—Soy Chicken Boy —dijo Chicken Boy.

—¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué eres Chicken Boy?

Chicken Boy consideró la pregunta con la seriedad que merecía.

—Hay un libro —dijo finalmente, sacando de la mochila las 1001 Formas de Ser un Pollo Profesional con el mismo gesto de siempre.

Mikka lo miró.

Y entonces hizo algo que Rez no esperaba: lo cogió de las manos de Chicken Boy y lo abrió en una página al azar y empezó a leer con esa velocidad de Mikka que procesaba el texto como procesaba todo, rápido y con comentarios en tiempo real.

—¡Esto dice que los pollos profesionales nunca pisan el freno! —dijo Mikka—. ¿Es verdad? ¿No pisas el freno?

—Solo en las curvas donde el freno no es necesario —dijo Chicken Boy.

—¿Y cuáles son esas?

—Las que el libro explica en el capítulo cuatro.

Mikka pasó páginas.

Rez miró a Leilani.

Leilani lo miraba a él.

Ambos miraron a Mikka y Chicken Boy que ya estaban sentados en el borde del muelle leyendo juntos el libro de los pollos profesionales como si el muelle fuera la biblioteca correcta para ese libro y este momento fuera el correcto para ese muelle.

—Va a ser interesante esta temporada —dijo Rez en voz baja.

—Ya lo es —dijo Leilani.

II.

El barco de las tres llegó con la puntualidad que los barcos de BaeSoft® tenían desde la segunda temporada: exacta, sin los márgenes de la primera empresa que consideraba que los horarios eran sugerencias.

Rez estaba en el muelle.

Leilani estaba a su lado.

Y varios de los pilotos veteranos que habían terminado el almuerzo se habían quedado en la terraza con vista al muelle, no por ninguna razón específica sino porque era el tipo de tarde donde quedarse a ver llegar los barcos era simplemente lo que hacía sentido.

Los primeros en bajar del barco de las tres eran dos personas que Rez no reconoció de inmediato: técnicos de la Liga por su apariencia, con equipaje de trabajo.

La tercera persona que bajó tenía el pelo castaño claro y ondulado que brillaba con la luz de la tarde de Home Hud de una manera que era diferente al pelo negro liso que Rez recordaba.

La cinta en la cabeza: rosa.

El atuendo: completamente rosa con esos detalles que tenía la paleta de Rosita Fabor que era más elaborada que la mayoría.

Y la máscara.

Una máscara con forma de llama de color rosa y blanco que cubría la parte superior de la cara con esa calidad de las máscaras que son parte del personaje y no solo del atuendo, inseparables del conjunto de la misma manera que la máscara de El Zipo o la calabaza de Mr. Happy.

Bajó del barco con una energía que era alegre y confiada y que tenía en sus bordes algo que era deliberado de una manera que el ojo no captaba de inmediato pero que Rez, que llevaba años leyendo a las personas con la misma atención que leía las pistas, sintió sin poder nombrarlo.

Miró a Rez.

A través de la máscara sus ojos eran visibles y tenían algo que era reconocimiento aunque la máscara lo cubriera.

Rez la miró.

Había algo.

No la claridad de saber qué era sino esa sensación previa al saber que es el aviso de que algo está a punto de clasificarse y que todavía no ha llegado el momento.

—Hola —dijo Rez, en su rol de entrenador—. Bienvenida. Soy Rez.

La chica de la máscara de llama rosa lo miró durante un segundo que tenía una calidad que no era la de un segundo de evaluación sino la de un segundo de decisión.

—¿Cómo te llamas? —dijo Rez.

—Rosita Fabor —dijo ella.

Y se quitó la máscara.

III.

El momento en que Mable se quitó la máscara en el muelle de Home Hud fue el tipo de momento que ocurre en público pero que tiene la intimidad de los momentos privados porque lo que contiene es demasiado específico para ser de todos.

Rez la miró.

El pelo castaño ondulado en lugar del negro liso. La cinta rosa en la cabeza. La cara que era la misma cara de siempre y que al mismo tiempo era diferente de la manera en que son diferentes las personas que han pasado suficiente tiempo creciendo en una dirección específica.

Mable.

Rosita Fabor.

Las dos al mismo tiempo.

Rez no dijo nada durante un momento que fue exactamente del largo correcto: suficiente para que la realidad se asentara, insuficiente para que el silencio se volviera incómodo.

Luego dio un paso y la abrazó.

No el abrazo de bienvenida que le había dado a los demás pilotos nuevos: el abrazo de alguien que conoce a esa persona desde antes de que hubiera islas ni Ligas ni nada de esto, desde el árbol de guanábana y los carteles de cartón y las tardes de nada que eran la infancia completa de los dos.

Mable lo recibió con los brazos abiertos y algo en su postura que era alivio mezclado con otras cosas más difíciles de nombrar.



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En el texto hay: carreras, aventura, beach buggy racing

Editado: 30.10.2026

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