Beach Buggy Racing: El Arco de las Islas Misteriosas 3

CAPÍTULO 5: MAREA

I.

[Capítulo de flashback — Varios años antes de la Temporada Aniversario]

El laboratorio no tenía ventanas.

Eso era lo primero que uno notaba cuando llevaba suficiente tiempo ahí para que los detalles se volvieran permanentes en lugar de nuevos: no había diferencia entre el día y la noche porque la luz artificial era siempre la misma luz, blanca y constante, del tipo que existe para ser funcional y no para recordarle a nadie que afuera existe un cielo.

Alejandro Crewn Veen llevaba en ese laboratorio el tiempo suficiente para que la ausencia de ventanas ya no le molestara.

Eso, pensaba a veces en los momentos de más lucidez que el líquido verde neón le dejaba, era quizás lo más preocupante de todo: que la adaptación era posible. Que el cuerpo humano, o lo que quedaba del cuerpo humano cuando el líquido verde neón había hecho lo que hacía, se ajustaba. Que el dolor de la adaptación era real y pasaba. Y que lo que quedaba después del dolor no era exactamente paz sino algo más parecido a la suspensión, que era diferente a la paz en la manera en que el agua quieta es diferente al agua que fluye.

El agua que fluye llega a algún lado.

La suspensión simplemente es.

Pero en los momentos de más lucidez, que venían con una regularidad que no dependía del reloj sino de algo interno que el líquido verde neón no había apagado completamente porque no había podido, Alejandro pensaba.

Pensaba en Nancy.

El nombre completo: María Nancy Velázquez Serra. Pero para él siempre había sido Nancy, que era el nombre que usaban entre ellos en los años de las islas y que tenía esa calidad de los nombres que son personas específicas y no categorías.

Pensaba en el día en que había entendido lo que Alfonso Gonzales estaba construyendo realmente con la Liga.

No el día en que Alfonso se lo dijo, porque Alfonso nunca se lo dijo directamente: Alfonso era el tipo de persona que construía las cosas de manera que las piezas parecieran separadas hasta que eran tan grandes que separarlas era imposible. Alejandro lo había entendido gradualmente, como se entienden las cosas que no se quieren entender, con la resistencia de quien preferiría que la evidencia dijera otra cosa.

El día en que lo había entendido del todo había sido en el laboratorio de la Isla Pequeña.

No este laboratorio, el otro: el que Ughanthe había construido con la ayuda de Alejandro en los primeros años de las islas, cuando todo parecía ser el tipo de proyecto que honra lo que existía antes de que llegara ninguna empresa. El laboratorio donde habían combinado la magia tiki con la mecánica de los vehículos para crear los sistemas que harían posible que las carreras en las islas fueran lo que debían ser: un lugar donde la velocidad y la magia coexistieran con la seguridad suficiente para que las personas corrieran sin temor.

Las burbujas de retorno. El sistema de reaparición. Los power-ups basados en la energía de las islas.

Todo eso había salido de esas mañanas de trabajo en el laboratorio de la Isla Pequeña con Ughanthe enseñándole lo que la magia tiki podía hacer y Alejandro encontrando la manera de traducirlo a mecánica.

Y Alfonso Gonzales había estado tomando notas.

No de la manera visible de quien toma notas: de la manera invisible de quien convierte el conocimiento ajeno en propiedad propia sin que nadie lo vea ocurriendo.

Alejandro lo había descubierto cuando ya era demasiado tarde para que la solución fuera simple.

En el laboratorio sin ventanas, recordando ese momento, la mano de hueso sobre la superficie del contenedor del líquido verde neón se cerraba ligeramente como hacen las manos cuando uno recuerda algo que merecía ira y que ya está demasiado lejos para la ira pero demasiado cerca para el olvido.

II.

El día en que Alfonso Gonzales lo había llevado a este laboratorio había sido un miércoles.

Alejandro recordaba el día de la semana con esa precisión irónica de los detalles irrelevantes que la memoria guarda cuando los detalles importantes son demasiado grandes para guardarse con la misma precisión.

Un miércoles. Cielo nublado sobre las islas. El barco desde Coconut Island hasta la costa donde el vehículo de Alfonso esperaba. Alfonso hablando durante todo el trayecto de cosas que en retrospectiva eran la conversación de alguien que está dilatando el tiempo antes de algo difícil: la temporada, los nuevos circuitos, los planes de expansión de la Liga que eran planes reales y planes que Alejandro no sabía todavía que no eran exactamente lo que parecían.

El laboratorio estaba en un edificio que desde afuera no parecía un laboratorio sino un edificio industrial ordinario, del tipo que existe en los puertos de las ciudades medianas del continente sin que nadie le preste atención específica porque no hay razón para prestarla.

Alfonso lo había llevado adentro.

Y adentro estaba el contenedor del líquido verde neón.

—¿Qué es esto? —había dicho Alejandro.

—La continuación de lo que empezamos en las islas —había dicho Alfonso, con esa manera suya de decir las cosas que hacía que lo que decía sonara razonable independientemente de lo que fuera.

—El líquido verde.

—Un derivado de la magia tiki concentrada combinada con el sistema de suspensión que desarrollaste tú mismo en el laboratorio de Ughanthe. —Alfonso lo miró—. El sistema de reaparición que funciona en las pistas funciona porque el cuerpo entra en suspensión temporal y luego regresa. Este es el mismo principio. Solo que la suspensión es más larga.

—¿Cuánto más larga?

—El tiempo que sea necesario —dijo Alfonso.

Alejandro lo miró.

Y en ese momento entendió.

No todo de golpe: entendió suficiente. Entendió que Alfonso no lo había llevado ahí para mostrarle algo sino para que Alejandro hiciera algo, y que lo que Alejandro haría no sería completamente voluntario aunque Alfonso lo fuera a presentar de esa manera.



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En el texto hay: carreras, aventura, beach buggy racing

Editado: 30.10.2026

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