Nabil terminó de enrollar el trozo de papel y lo colocó con cuidado en el orificio de la nariz de Odile.
Verla sangrar le había provocado una extraña sensación en el pecho. Una sensación que terminó asociando con lo mucho que le importaba y que terminó relegada por la satisfacción en el instante que se besaron.
Sonrió al recordar aquel beso.
Lo habría recreado de no ser porque su celosa y hermosa chica ahora se hallaba concentrada buscando la forma en que el pequeño trozo de papel no saliera de su nariz.
¡Lucía tan tierna!
Sin embargo…
—¿Cuántas horas estás durmiendo al día? —inquirió él con el ceño fruncido.
Odile ocultó la cabeza entre sus hombros como una tortuga escurridiza, aún avergonzada al recordar el beso que se habían dado minutos antes.
—Seis… —guardó silencio al ver que Nabil enarcó una ceja—. Cuatro.
—¿Por qué? —cuestionó. Su rostro se ensombreció—. ¿Es por tu trabajo a medio tiempo como asistente de laboratorio? —El silencio de Odile fue lo único que Nabil necesitó como respuesta—. ¿Acaso el científico loco a cargo de este reino te ha estado explotando con sus desquiciados experimentos?
Odile se tensó. Era la primera vez que Nabil se mostraba tan hostil al referirse a alguien. También era la primera vez en la que parecía que no ocultaba sus pensamientos y sentimientos.
Y el causante era nada más y nada menos que el príncipe regente.
Sabiendo que Nabil era un Pendragón, sintió curiosidad por averiguar cuál era su parentesco familiar, pero prefirió archivar esa pregunta en su mente para después. No quería presionarlo demasiado.
—Ni siquiera lo he visto en persona —respondió ella con una sonrisa tranquilizadora—. Me encargo de la logística y la organización de los datos de los experimentos, pero jamás nos hemos topado. Me deja las observaciones y la retroalimentación en notas amarillas adheridas a la mesa del laboratorio. He aprendido mucho solo con eso. Y su letra cursiva es muy linda. Como la de un príncipe.
—Mi letra también es hermosa —replicó ofendido, haciéndola reír.
—De hecho, son un poco similares.
—Tuvimos la misma tutora. Y me gustaría destacar que ella siempre ha dicho que, de todos los Pendragón, yo he sido el mejor a su cargo.
—¿Tu educación fue en casa? —inquirió ella.
Él negó en respuesta—. Los Pendragón contamos con tutores personales además de ir a la escuela y también nos ayudaban a reforzar las materias que veíamos. El principado se toma muy en serio la educación, así que lo que recibía un niño “común” era de la misma calidad que la de un pequeño príncipe —explicó, solemne—. Aunque la tía Wesley es como parte de la familia. El castillo se hubiera derrumbado sin ella.
Odile sonrió. Quizá para Nabil había sido un comentario al aire, pero la naturalidad con la que evidentemente se estaba abriendo a ella contándole de su vida (aunque sea en aquel detalle aparentemente sin importancia) le conmovió.
Él lo supo en el instante en que la vio. Sonrió tranquilo consigo mismo.
Siempre había temido abrirse a las personas. En parte, porque el mayor legado familiar que poseía era jamás mostrarse débil ante alguien. Las chicas con las que salían querían conocer sus secretos no con la intención de conocerlo, sino como una inversión emocional: una especie de ancla que les asegurase que, una vez se mostrara vulnerable, jamás podría dejarlas.
Una prueba de que realmente eran amadas.
No que lo amaban.
Odile, en cambio, no lo veía como un premio sentimental.
Ella realmente lo admiraba y por eso quería conocerlo realmente.
Ahora que lo sabía, el peso de aquella admiración de ella hacia él, revitalizó su alma (que desde hacía mucho se había comenzado a pudrir de rencor y deseo de venganza) no por ego o vanagloria, sino por el impulso y la motivación de querer cumplir con las expectativas que ella tenía de él.
—No sé cómo no sospeché de tu linaje real si escribes como en la Edad Media —comentó ella.
—Escribir a mano y en cursiva estimula la actividad cerebral —dijo, sujetando las manos de Odile con delicadeza. Ella se sintió adormecida hacia las tiernas caricias que los dedos de Nabil dibujaron en la palma de su mano. Aunque quiso adivinar qué era lo que escribía en ellas, le resultó imposible, pues todos sus sentidos estaban intentando no colapsar por el contacto físico—. ¿Acaso no lo sabía, señorita científica?
—Creo que ya tengo suficiente estimulación cerebral —bromeó. Él negó, divertido.
—Te estás sobre exigiendo demasiado. Tómate las horas de asistente con calma —dijo, asegurándose de que el tapón improvisado no saliera de la nariz de Odile—. Y no le prestes mucha atención a lo que te diga ese científico loco. —Su rostro se tornó sombrío al mencionarlo—. Es mucho mejor que sigas sin verlo. Evítalo, todo lo posible.
—¿Hay alguna razón por la que debe evitarlo?
—Es solo que su personalidad es un poco…,
—¿De príncipe?
Nabil negó.
—¿Has escuchado ese dicho que dice que un rey, un genio científico y un sacerdote no pueden estar los tres en una misma habitación porque solo saldría uno vivo con tal de poseer la verdad y la razón?
—Nunca había escuchado semejante dicho.
—Pues, mi estimable tío es todos ellos —dijo sin más.
—¿Sacerdote?
—Lo era. Larga historia. El punto es, almejita, que es mejor no estar en las mismas cuatro paredes que él por más de cinco minutos. Dos, mejor dicho.
Odile prefirió sonreír en respuesta antes que decir en voz alta lo que pensaba.
Que estaba exagerando.
Nabil se incorporó y extendió su mano hacia ella. Odile la sujetó y él la atrajo hacia su pecho.
—Ya no quieres bucear, ¿verdad?
—Me gustaría que el recuerdo de la confesión de nuestros sentimientos sea romántico y no trágico porque termines desmayada en media travesía debajo del agua. Vamos, te llevaré a tomar un poco de té para que te relajes —dijo, haciéndola reír—. Además, me gustaría llevarte a un lugar, pero debemos esperar a que oscurezca un poco.
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Editado: 10.10.2026