Con ese comentario de Nabil, Odile descartó de inmediato a Hamlen de su lista de sospechosos, pero desató otra incógnita.
¿Qué había ocurrido realmente?
Por todas las barbaridades que salían de la boca de Gretel, probablemente nunca lo sabrían.
La puerta de la habitación se abrió. Una mujer extremadamente hermosa se asomó. Tenía el cabello castaño, rizado y casi llegaba a sus muslos. Sus ojos eran de un gris penetrante y se nublaron al ver a la profesora Peterse.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —inquirió la profesora Peterse con el ceño fruncido. Estaba frente a la puerta, evitando que la abriera por completo.
—Jamás imaginé que compraría botanas para una noche de chicas —contestó, llorosa—. Aunque es un poco tarde. Una década. Pero da igual. Puedo morir en paz.
—No es una noche de chicas, madre. Son mis alumnas y les estoy aconsejando.
Odile miró a su profesora, sorprendida.
Era cierto que ambas mujeres se parecían mucho, pero de no ser por aquel comentario, Odile hubiera pensado que se trataba de la hermana mayor de su profesora y no de su madre.
—¿Qué les ocurrió? —inquirió la mujer.
—Nada grave.
—¡ES UN IMBÉCIL! ¡ELVIS ME LO ADVIRTIÓ! —gritó Gretel. La madre de su profesora abrió los ojos, horrorizada—. ¡INFELIZ!
El grito de Gretel fue una de las grandes revelaciones de la noche que iba reduciendo su lista de sospechosos.
Había resultado que Elvis, aquel sujeto que parecía un matón salido de la cárcel, no solo era hermano de Gretel sino que también era cercano a la señorita Peterse.
—Santo cielo, Evie. —La mujer hizo a un lado a su hija y se abrió paso en la habitación. Se sentó en la cama y tomó las manos de Gretel—. Cariño, ¿qué te pasó?
—¡Un hombre! ¡Eso pasó! —espetó Gretel. Entrecerró sus ojos con odio—. No sé cómo pude creer en él…
—Yo opino que debemos darle una paliza al bastardo, de esas que dan ganas de volver al vientre materno —comentó Eleanore.
—Nadie le dará una paliza —manifestó la profesora Peterse—. Están aquí para acompañar a Gretel, no para hacer un escuadrón de venganza.
—Tranquila, profesora. Si le damos la paliza, no diremos que está involucrada.
—La profesora Peterse tiene razón. No estamos aquí para idear una forma de golpear a Hamlen, sino para acompañar a Gretel —aseveró Odile. Acarició la espalda de Gretel —. Pero no estoy segura cómo podemos ayudarte a curar un corazón roto. Ni siquiera sé curar el mío…
Aquellas últimas palabras solo las dijo para sí misma.
Lidiar con el desamor definitivamente no era el fuerte de Odile. Y ni siquiera se trataba de un chico.
Si no de su madre.
—Oh, el primer corazón roto siempre es abrumante. —comentó la señora Peterse, suspirando—. Es como la primera vez que te caes; no recuerdas todas tus caídas, pero sí la primera.
Gretel sorbió su nariz—. ¿Alguna vez tuvo el corazón roto, señora Peterse?
Aquella hermosa mujer sonrió con un deje de tristeza.
—Mi primer amor no me correspondió, el segundo se encargó de romperme el corazón al punto en el que jamás creí recuperarme. Y el tercero…, el tercero fue el peor de todos. Me hizo entender que mis otros corazones rotos no habían sido más que un pequeño bache en el camino… —confesó—. Me hizo una herida real y aún ardiente, porque nadie más que él puede sanar… Y ya no está…
Odile intuyó de inmediato que estaba hablando sobre su difunto esposo. Pudo sentirlo en el tono de su voz y sobre todo en la mirada triste que su profesora le dirigió a su madre.
Su pecho se oprimió, comprendiendo que la profesora Peterse tenía el mismo corazón roto que ella. Uno que no se arreglaba con chocolates, flores o la resolución de un malentendido.
No podía repararse de esa forma porque las personas que —sin querer— lo habían causado, ya no estaban a su lado.
» El punto es, que lo único que cura los corazones rotos es continuar con los buenos recuerdos y tener la certeza de que, en algún momento, encontrarás a una persona que harán que la primera caída sea un chistoso anécdota de juventud —continuó la señora Peterse—. Y esa persona pueden ser incluso ustedes mismas.
Odile sonrió, conmovida.
Su padre siempre decía algo similar.
Conservar los recuerdos.
—Eso es muy reconfortante —expresó la pelinegra, sonriente.
La señora Peterse le devolvió la sonrisa con calidez.
Al final, incluso la señora Peterse terminó durmiendo en la habitación de su hija, en uno de los sacos de dormir que las chicas habían traído. Aunque había una enorme cama matrimonial, todas decidieron dormir en el suelo a excepción de la profesora y Gretel.
¿Ya estás dormida?
Odile sonrió al ver el mensaje de Nabil.
Sí.
Bretson, Bretson. Necesitas descansar si no quieres que tu nariz parezca un dispensador de Ketchup.
Odile tapó su boca para evitar reír.
Nabil, no puedes hacerme reír en una situación así. Gretel está muy mal.
Lo siento. ¿Cómo sigue ella?
Tiene el corazón muy maltrecho. No quiero imaginarme lo que siente. Debe ser horrible.
Lo es. Creo que no hay nada peor en este mundo que saberse traicionado por la persona a la que le abriste por completo tu corazón. Yo no podría soportar algo así.
Tampoco yo.
Odile.
¿Sí?
Descansa.
Está bien. Hazlo tú también.
Sonrió al ver el emoticón de un beso y suspiró, sin poder creer que ahora tenía un novio que era maravilloso.
Y muy guapo.
Se sintió mal por sentirse bien cuando Gretel apenas y podía lidiar con su desamor.
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Editado: 10.10.2026