Besar al príncipe

Capítulo 66

La puerta principal se abrió.

—¡Evie, cariño, ya llegaste! —exclamó la señora Peterse.

Las tres chicas se giraron y quedaron boquiabiertas al ver a su profesora. En la universidad, usualmente usaba faldas largas, pantalones y vestidos holgados. Jamás hubieran imaginado que debajo de aquella tela hubiera un cuerpo tan esculpido y atlético.

—Profesora Peterse… —musitó Eleanore, con los ojos abiertos de forma escalofriante—. ¡Tiene piernas de infarto! ¡Ahora sí creo que haya escalado la cima del Everest!

—Se los dije —comentó Gretel—, les dije que debajo de esas faldas y esos…, suéteres de algodón, estaba mi ejemplo a seguir —dijo con orgullo—. Aunque ahora no tengo ánimos de nada…

El ambiente de pronto volvió a tornarse melancólico.

Eleanore aplaudió repentinamente, exaltándolas.

—¡Hagámoslo ahora! —exclamó—. No hay nada mejor que el ejercicio para mejorar el estado de ánimo.

—Tiene razón. Está comprobado científicamente que la actividad física, libera endorfinas que te hacen sentir bienestar y disminuyen la ansiedad —le secundó la profesora Peterse—. Considero que es lo que necesitas ahora.

Odile sintió su teléfono vibrar. Sonrió al ver que eran los buenos días de Nabil, pero justo cuando estaba a punto de responderle, recibió el mensaje de un número desconocido.

Buenos días, Odile. Soy Arthur. Mi padre habló conmigo ayer. Es una lástima que no puedas adoptar a Beto, pero podemos asegurarnos de encontrarle un buen hogar. Te mando la ubicación y la hora de la jornada. Te espero.

Ojalá puedas venir a acompañarnos.

El grito agudo de Odile hizo que el resto de las chicas dieran un pequeño saltito.

—Arthur me escribió… —murmuró.

Estaba tan acostumbrada a sus desaires que no se había hecho ninguna expectativa con respecto a su invitación. Honestamente, pensó que él habría recapacitado sobre su presencia en la veterinaria y se había arrepentido de invitarla. Y por ende, tendría que olvidarse de despedirse de Beto.

Para Odile —una chica acostumbrada a la conexión de los actos con los sentimientos— la confesión de Arthur seguía siendo una broma de mal gusto.

—¿Qué dijiste? ¿Quién se murió? —inquirió Eleanore, confundida.

—Arthur me escribió —habló más alto. Una enorme sonrisa se formó en su rostro—. ¡ARTHUR ME ESCRIBIÓ!

¡Al menos podría despedirse de Beto!

—¿Qué te dice? —preguntó Gretel, curiosa.

—Dice que su padre le dio mi número para darme la ubicación y hora de la jornada de adopción. No hay una intención más allá de eso, pero aun así no puedo evitar emocionarme —aclaró sonriente. No quería que sus amigas se hicieran ideas equivocadas en la cabeza y que pudieran expresarlas con Nabil presente—. Empiezan hoy.

—Deberías ir. Podemos acompañarte.

La seguridad en su rostro se esfumó.

Los pensamientos que le habían atormentado toda la noche hasta sucumbir al sueño volvieron a aparecer.

¿Qué tal si la gente se asustaba con su presencia y por eso se negasen a adoptar a Beto?

Quizá Arthur habría tenido razón al arrepentirse de invitarla.

—¿I-ir? No lo sé… Si bien le dije que iría… No estoy segura. No quiero arruinar la inauguración asustando a la gente con mi presencia.

—¿Qué dices? ¿Por qué asustarías a la gente? ¡Eres un encanto! —exclamó Gretel.

—Por favor. La primera vez que me viste, huiste porque pensaste que iba a lanzarte un maleficio o llevarme tu alma y Eleanore se acercó porque creyó que el don familiar de ver muertos finalmente había surgido en ella —dijo, sin poder ocultar su molestia.

—Mi abuela y mi mamá ven cosas. No entiendo por qué yo no —comentó Eleanore.

Odile la señaló, dando a entender su punto. Quería a las chicas, pero no era una tonta. Sabía que la primera impresión que habían tenido de ella fue igual a la del resto de las personas que le temían.

—¿Qué dices, cariño? —Odile se giró al escuchar la voz incrédula de la señora Peterse—. No comprendo por qué piensas de esa manera de ti misma, pero no generas temor. Al contrario. —Sujetó su mentón con sutileza y le sonrió con dulzura, tomándola desprevenida. Odile se sonrojó—. Cualquier buen observador podría notar a cientos de kilómetros la bondad en esos hermosos ojos negros y esa sonrisa deslumbrante. No infundes miedo, todo lo contrario, me inspiras esa humanidad que no había sentido desde que mi esposo murió. —Miró hacia abajo. Odile agachó la mirada, dándose cuenta de que su camisa de dormir se había subido, dejando ver la cicatriz de su cirugía de trasplante de riñón. Sin embargo, era muy tarde. La señora Peterse lo había notado y ahora la miraba conmovida—. Muchas personas le temen a la oscuridad, pero es ella la que nos permite ver la preciosidad de este enorme universo. —El corazón de Odile se infló al escucharla y reconocer en sus palabras un poco de las suyas. Como si la señora Peterse fuese su propia voz recordándole quién era realmente—. Así que no te sientas mal por lo que los realmente ciegos no pueden notar, pues vendrán otras personas que puedan sentir lo maravillosa que eres. Además, ¡eres preciosa, cariño! ¡Amo ese cutis!

Las chicas rieron mientras que su profesora la miró de tal forma que dejaba ver que estaba de acuerdo con su madre. El semblante de todas mejoró favorablemente.

—Puedo llevarlas y acompañarlas a la brigada —comentó la profesora Peterse—. Le prometí a Arthur que iría y quiero adoptar a un perro.

—¡Sí! ¡A mí me parece bien! —declaró Eleanore—. Después de eso podemos caminar por el parque.

—También me parece una idea fantástica —concordó Odile—. ¿Qué te parece, Gretel?

—No tengo problema. No me quedaré en casa a llorar por un degenerado. ¡Gastaré mi energía en una buena causa! —dijo, determinada—. Vamos a cambiarnos a mi casa. ¡La esperaremos en la acera, señorita Peterse!

Tanto la profesora Peterse como las chicas quedaron maravilladas con el local del doctor Octopus. No podían creer que un lugar tan ostentoso fuese una veterinaria y no un hotel de lujo. Buscaron una explicación en Odile, pero la pelinegra solo se encogió de hombros.




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