« Ya no lo soporto más — decidió, con el llanto trabado en la garganta, como un horrible nudo que le dificultaba respirar. —. No lo soporto. Tengo que salir de aquí »
Y así, se puso en pie, poco a poco, y caminó de puntillas hacia donde sabía se encontraba la pared, conservando especial cuidado de no tropezarse con algo que pudiese delatarla. Ya había intentado escapar una vez y, como la idiota distraída que solía ser, la habían atrapado.
« Lo siento mucho, mamá. Lo siento, por mentirte », declaró en angustiada confesión que rompiese con todas las promesas de valor que se había hecho.
Se desplazó con miedo, a paso de tortuga, por la habitación, mientras tanteaba con los dedillos al igual que un ciego que acabase de perder la luz de su vista. Desde siempre, si hacía memoria, había compadecido al hijo del herrero de su calle, quien era ciego de nacimiento, y también a un anciano tuerto de un ojo y con cataratas en el otro, que había visto mendigar, pues a ellos les tocaba vivir en la oscuridad eternamente; les tocaba vivir el peor de sus miedos jamás imaginados.
Cuando Grace se topó con la orilla de la escalera, por error se tropezó y cayó de bruces sobre ella. Pero gracias a Dios no hizo tanto ruido como para despertarlas. Todavía le llegaban las respiraciones roncas de Elizabeth, Elaine y Giselle a su espalda.
— Iré a por las luciérnagas, y volveré aquí. — susurró tan bajo que apenas escuchó lo que decía. Y antes de arriesgarse a trastabillar de nuevo subiendo los peldaños, decidió ir a gatas. —. Ya que no quisieron hacerme caso, me tocará a mí traer luz.
De seguro se sorprenderían, cuando despertasen bajo una hermosa constelación de más de cien luciérnagas multicolor. Y segurísimo iban a enojarse con Grace por haber hecho justo lo que le prohibieron. Sin embargo, lidiaría luego con su castigo ante una bendita luz.
Ellas tres también algo de culpa compartían, en especial su madre, quienes no paraban todo el rato de decirle al oído que guardase silencio, cuando creían escuchar algún ruido proveniente de los pisos superiores. Sin poder ver y encima sin decir palabra durante días. Vaya locura de tormento.
Lo más complicado fue echar a andar el mecanismo una vez hubo llegado arriba. Le tomó cerca de cinco minutos todo el proceso, probando suerte aquí y allá con las manos. Y por fin, abrió la compuerta robusta con cautelosa suavidad, y se coló tan pronto tuvo el suficiente espacio. Y tal vez, si no hubiera demorado tanto, habría olvidado mantenerla abierta con un trozo de libro, pero por fortuna no fue así.
Desde dentro del refugio no hacía falta llave alguna; en cambio, para abrirla desde fuera sí, y a saber dónde esta se encontraría entre tanta oscuridad derramada. Grace había llevado consigo un segundo trozo de libro, para repetir la misma tarea en la segunda puerta, escaleras arriba.
Y de ese modo, consiguió salir del fortín bajo su casa. Pero nada más con ver lo que le deparaba delante se le encogió el corazón.
« Diantres. Diantres. Diantres — repitió casi con desesperación — ¿Por qué a mí? » Había conservado la gigantesca y torpe esperanza de que en el exterior fuese de día, pero aquel no parecía ser el caso. Había cruzado los dedos, incluso hasta rezado. Y aún con todo, su vista fue condenada a enfrentarse a una estancia envuelta en tonos de gris oscuro, apenas reconocible. Se trataba de una mejora, después de padecer ceguera, pero aquellas sombras eran mucho más de lo que había supuesto en primera instancia.
Se entregó a las tinieblas, esforzándose una barbaridad para no parecer nerviosa, como si temiese que hubiera algo que la estuviese observando desde cualquier lugar. No tenía más opción que avanzar. La única luz en su vida se encontraba en su aposento, en una frasca, en la mesilla de noche junto a su cama.
— Bien, Grace. Solo Dios sabe cuántos días pasaste allí abajo sin ver nada. Puedes con esto. Puedes con esto. — Y al cabo de estas palabras de aliento musitadas, se le escapó sin querer un sollozo.
Más adelante, recorrió, sobrecogida y estrechándose los brazos contra el pecho, aquella habitación del demonio, luego un pasillo extenso todavía más tenebroso, y posteriormente media sala principal, allí donde se había reencontrado con su padre hacía un tiempo. Tras aquellas largas cortinas se podía ocultar un hombre en pleno día, con lo que cualquier cosa podría hacerlo durante la noche. Continuó dándose ánimos, pero no volvió a hablar en susurros.
« No vas a llorar. No te atrevas a hacerlo, estúpida. Me tiraré del pelo y las orejas, si lo intento. » De repente, un escalofrío la hizo sobresaltarse todavía más. Y se quedó allí, dando vueltas sobre sí misma, observando todo el paraje umbrío y desolado, con miedo a toparse con una criatura cada vez que se giraba. Había monstruos que podrían aparecérsele justo delante, o a mitad de un pestañeo, o asomados desde una esquina. Hasta donde sabía, cualquier cosa podía estar observándola en aquel momento. Así que, sin mayor pausa, fue hacia las escaleras que daban hacia su habitación. Cuando apoyó una mano sobre la barandilla y miró escaleras arriba, creyó ver a una Sombra allí parada, alta y esbelta, pero desapareció apenas logró notarla.
¿Estaba loca o podía tener pesadillas estando todavía despierta? Su imaginación volaba como ave en desbandada, surcando lo imposible y lo inimaginable.
De cualquier modo, aquello pareció esfumarse tan pronto hubo llegado, si es que estuvo allí alguna vez. No podía volver atrás entonces que se encontraba a medio camino. Pero tampoco podía pasar por alto aquella aparición…