Con el puñetazo que le di a Dery, me siento un poco mejor, aunque no lo suficiente para calmar mis ansias de venganza. Así que, naturalmente, mando un mensaje a mi mayordomo pidiéndole una televisión nueva, porque la otra, después de nuestra "sutil" pelea, ahora solo sirve para asustar a los espíritus con estática.
Mi última clase del día es "Introducción a la Medicina". Cuando llego al edificio de Medicina, veo a Haru en el pasillo, y en cuanto me ve, me lanza una mirada de esas que pueden marchitar flores. ¿Qué he hecho ahora?
—¡Mira quién apareció! —exclama, cruzándose de brazos como si yo le debía la renta—. ¿Por qué no me llamas?
Intento poner mi mejor cara de “yo no fui”.
—Eh… bueno, saliste corriendo. Nunca te prometí que te llamaría… Además, perdí tu número.
Me fulmina con la mirada.
—Dame tu celular —me ordena, extendiendo la mano como si fuera una jefa de la mafia.
Me río, porque no puede estar hablando en serio, ¿verdad?
—¿En serio? ¿Esperas que te lo entregue así nomás?
Y ahí está: ojos llenos de lágrimas, como si yo fuera el villano de una telenovela.
—¡Espera, espera! ¡No llores! Aquí tienes, toma el celular.
Le paso el teléfono rápido, porque la última cosa que necesito es un drama en el pasillo. Ella introduce su número y me lo devuelve, sacando pecho como si acabara de conquistar un reino.
—Llámame después de las 9. —¡Ah, claro! La reina de corazones también tiene horario.
—Como usted ordene, su majestad. ¿Algo más? —le digo, exagerando el saludo. Justo en ese momento, dos de sus amigas pasan y nos miran con intriga.
—Haru, ¿ese es tu novio? —pregunta una de ellas, y yo, viendo la oportunidad de oro, decido tirar un chiste.
—Así es —respondo, sonriendo—. De hecho, acaba de darme su número para una cita secreta… con poca luz, claro, para que nadie sospeche. Pero silencio, ¿eh? Es un secreto.
Haru se pone roja como un tomate a punto de rentar. Cierra los ojos con fuerza, y honestamente, no sé si está intentando desaparecer o contener una explosión. Al verla así, siento una pizca de culpa… pero no puedo evitar soltar una risita.
Una de sus amigas le susurra a la otra:
—Déjala tranquila… parece que la broma la afectó.
Finalmente, me acerco y le digo:
—Ya puedes abrir los ojos, Haru. Tus amigas ya se fueron.
—Lo siento, Alberto. No quería molestarte tanto...
Se da la vuelta y sale corriendo… para chocar de lleno contra una puerta. Me pongo la mano en la cara, a medio camino entre la risa y la preocupación. Esta chica va a terminar en la enfermería antes que yo. Al final, corro a mi clase, rezando para no estar más tarde de lo que ya estoy.
Llego justo a tiempo para escuchar a la profesora hablando sobre cómo la “magia curativa” es pura e inocente, destinada solo a sanar y hacer el bien. Interesante… pero nada que no haya oído antes. Al salir, vuelvo a mi cuarto y encuentro a mi mayordomo supervisando a dos técnicos que están instalando la nueva tele. Claramente la trajeron de la Capital, porque mi mayordomo no podía hacer el trabajito solo, ¿no?
—Disculpe la demora, joven Alberto. Hubo papeleo para ingresar a la escuela, y apenas conseguí permiso ahora —dice, siempre tan formal.
—No te preocupes, lo hiciste bien. —Me tiro en la cama, esperando que terminen, listo para una ducha ya descansar.
Entonces suena mi teléfono. Es… mi hermana.
—¡Hola, Alberto! Esta noche paso a hacerte la cena. ¿Qué quieres que te prepare? —Su tono suena decidido, como si fuera la dueña de la cocina… y de mi vida.
Eh… debería mantenerme alejado de mi hermana hasta que se le pase esa fijación rara conmigo, pienso para mis adentros, pero no tengo valor para decirlo.
—Nada, yo mismo prepararé mi cena. De hecho, ya mandé a llenar la cocina de comida —miento, aunque la idea de cocinar me asusta tanto como su voz autoritaria. Pero algo tengo que hacer para rechazarla… con el dolor de mi alma.
—No te pregunté si querías o no. Solo dime, ¿qué quieres de cenar esta noche? ¡Solo responde eso! —Su tono tiene una mezcla entre amenaza y encanto que, extrañamente, suena... ¡atractivo! Ya caí en la trampa.
—Eh… bueno, está bien. ¿Qué tal pollo frito con espaguetis? Y un jugo de naranja, ¿te parece? —me resigno, atrapado por su voz de general en jefe.
—¿Pollo frito? ¿espaguetis? Alberto, por Dios… ¿No quieres algo más fino? Algo que los dos podamos disfrutar, como si fuera una cena romántica…
—Piiiiip. —Le cuelgo antes de que prosiga. Sé muy bien dónde quiere llegar.
Un rato después, escucho un ruido afuera y la puerta de mi casa se abre de golpe. Ahí está ella, con una llave idéntica a la mía en la mano, entrando con toda la confianza del mundo. Ah, así que con esa llave fue que apareció en mi habitación la otra vez… pero, ¿cómo la consiguió?
—¡ALBERTO! ¡NUNCA, PERO NUNCA, ¿ME OYES BIEN?! ¡NUNCA ME VUELVAS A COLGAR! —Su voz retumba como trueno y todos mis huesos tiemblan. ¿Desde cuándo mi hermana tiene un aura tan… asesina?
—Sí… sí… no lo volveré… a hacer… Lo prometo —respondo, tartamudeando y sudando frío. Mis nervios están tan fuera de control que los trabajadores y el mayordomo que están alrededor se quedan paralizados del susto. Nadie se atreve a moverse, y yo menos; en este momento no me importa cómo consiguió esa llave. Sólo quiero vivir.
—Voy a salir por esa puerta, y voy a volver a llamarte. Y espero que esta vez te comportes como un niño bueno. —Sale del cuarto con toda la majestuosidad de un dragón que acaba de incendiar un castillo. La calma vuelve a mi corazón, aunque me siento como si acabara de sobrevivir a un tornado.
—Amigo… si esa es tu novia, mejor haz lo que dice, o te vas directo al hospital —me dice uno de los técnicos al borde de la risa y del pánico.
El teléfono suena, y mis nervios vuelven al ataque. Intento contestar rápido, pero en el apuro se me cae el celular al suelo. ¡Oh, Dios mío! Si no le contesto en un segundo, me va a asesinar con sus propias manos. Cuando finalmente logro agarrar el teléfono, ¡le doy al botón de colgar por accidente!