El gran día ha llegado: fiesta en la mansión de Yolanda. ¿Será que por fin podré acercarme a ella sin que mi hermana, Evelyn, se interponga como un guardia de seguridad de discoteca?
Me levanté con esa mezcla de nervios y emoción que se siente como burbujas en la panza... o como un poco de indigestión, vaya uno a saber.
Al abrir los ojos, veo a mi hermana en modo "zombie matutino" con el celular en la mano. Ahí estaba, en su pose típica, ignorándome y probablemente comunicándose telepáticamente con su grupo de hechiceras en prácticas. En la mesa me esperaba el desayuno: huevos revueltos, pan, jugo... y, si me distraigo, probablemente la advertencia de mi hermana.
—¡Vaya, vaya! ¿Quién madrugó hoy? — digo, dándome aires. —¿Has cambiado de turno, hermanita? ¿Ya no tendré el placer de tus cenas nocturnas?
Mi plan era claro: halagarla hasta conseguir que vuelva a cocinar para mí. Porque, claro, nada se compara con una buena cena casera y desayuno a la vez, el mismo día, pues soy un ser muy vulnerable...
—Sí, sí —responde, poniendo los ojos en blanco—. Me cambiaron el horario de prácticas mágicas. No te preocupes, algún día lo entenderás.
¡Prácticas mágicas! A mí lo que me importa es quién va a preparar mis cenas. Decido apelar a la compasión y la nostalgia.
—No sé si llegaré al NIVEL 6 en Herel, pero intentaré no avergonzarte. Digo, no como tú, haciendo “trampitas” para hacerme aprobar en mi primera pelea mágica.
Mi hermana frunce el ceño y me mira con esa mezcla de ternura y amenaza que uno reserva para los seres queridos… o para los ratones que uno planea sacar de casa con mucho cuidado. Decido reforzar la escena dándole un beso en la mejilla y un abrazo de los que la sofocan un poquito, no más. Así me tiene que querer.
Evelyn ni se inmuta. —Pequeño saltamontes, estuviste en coma por tres años. ¿De verdad crees que voy a confiar en tu capacidad de supervivencia?
Perfecto, ¡la tengo justo donde quiero! Un paso más y tal vez consiga que vuelva a hacerme la cena…
—Lo sé, hermana. Te quiero mucho, aunque a veces eres como una loca que disfruta torturarme. Pero, por eso mismo, ¡quédate conmigo en las noches para que pueda disfrutar tus cenas!
—Solo vine a desayunar contigo para asegurarme de que vayas a la fiesta de Yolanda. Y hoy, lo prometo, no intentaré nada "raro". —Se muere el labio como si estuviera intentando ser “sutil”, pero la sutileza no es su fuerte.
Ella me lanza una mirada de “me he dado cuenta de tus intenciones, ratoncito”. Pero como soy insistente, lo suelto todo:
—Sé que no harás nada raro —le digo, con una mueca irónica—. Pero agradezco que quieras asegurarte de que iré a la fiesta. No es como si fuera por Yolanda, claro…
¿A quién quiero engañar? ¡Voy directo para ver a Yolanda! Llevo semanas practicando con la almohada (que ya está aplastada de tanto ensayo) para ese beso épico que, si todo sale bien, ocurrirá esta noche.
—Tengo unas ganas de besarte... —dice mi hermana de la nada.
Me quedo congelado, la cuchara a medio camino entre el plato y mi boca.
—Eh, hermana… solo quiero decirte que… somos familia.
Evelyn suspira con un aire dramático.
—Algún día vas a rendirte, y serás tú quien me pida que te dé un beso, aunque sea uno chiquito.
—Esa esperanza es como sopa fría: desagradable e innecesaria. Somos hermanos, Evelyn, y eso es lo que somos. Y yo, como persona con límites claros, me largo de aquí para vestirme en la mansión de nuestros padres. —Me levanto y camino hacia la puerta con toda la dignidad posible.
Pero, por supuesto, Evelyn me sigue. Le doy una vuelta a la mesa, intentando ganar algo de distancia, pero ella sigue en plan de persecución, cada vez más rápido, como una escena de comedia en cámara lenta.
—Corre si quieres, pero cuando te rindas, aquí estaré, lista para ese beso. —dice.
Ella suspira y hace un amague de salto tipo película de acción para atraparme, pero al saltar, derriba mi desayuno… mi amado, preciado, y recién servido desayuno.
Logro salir del dormitorio antes de sucumbir a la tentación de besarla solo para callarla (¡ya me tiene mareado!). Llamo al mayordomo y salgo a esperarlo afuera. ¿Quién iba a decir que lo más peligroso del día sería una persecución estilo dibujos animados con mi propia hermana?
Ya no había razón para quedarme, no había desayuno.
Después de unos minutos, llega y me subo al auto. Mientras me lleva a casa, no puedo evitar sentirme nostálgico. La mansión que antes era mi reino ahora me parece un museo; un lugar donde yo solía correr y esconderme con mi hermana de pequeños.