Black Ghost

Capítulo 26: La Noche de Puños.

—¿Y ahora qué quieres, Yolanda? Mira que ya sé de tu novio, y no me puedes ocultar el pasado como quien esconde la última galleta del frasco.

—Alberto, quiero hablar contigo, pero a solas, ¿puede ser? —Su cara de indignada parecía un cóctel explosivo de coraje y drama barato, estoy furioso con Yolanda. ¿Primero me deja en ridículo con David y ahora me entero de que tenía otro novio? ¿Acaso está coleccionando hombres como si fueran figuritas del álbum del Mundial?

—Y para qué querrías hablar a solas conmigo? —le respondí con el sarcasmo saliéndome por las orejas—. ¿Para terminar como David en el hospital o, peor, como el pobre Maicol? ¡Ese pobre tipo ahora vive fuera de la capital, porque el ogro de Berek amenaza con convertirlo en puré cada vez que pasa cerca! Yolanda, dame una buena razón por la que yo debería arriesgar mi vida. No vaya a ser que me salga un golpe de la nada y acabe en la unidad de cuidados intensivos.

De pronto, bum, entra Devora a la escena como quien llega tarde a una novela de las nueve.

—No sé qué te habrá contado esta mosca muerta, pero no tienes por qué escucharla —dijo Yolanda, fulminándola con la mirada. ¿Acaso Yolanda y Devora no eran amigas? Porque aquí había más tensión que en un asado sin cerveza.

Devora, por supuesto, no se quedó callada.

—Sí, Yolanda. Yo no sé qué tipo de relación tienes con Alberto, pero lo que sí sé es que Berek no lo sabe. Y otra cosa: la única “mosca muerta” aquí eres tú. Mejor desaparece antes de que mágicamente aparezca tu abuelo y terminemos con dos hospitalizados en un día. ¿O es que quieres romper tu récord? Porque, mira, yo sé que lo tuyo son los dramas, pero esto ya parece competencia olímpica.

Ambas se miraban como dos gatos a punto de pelear por el último pescado. Yo, por mi parte, estaba considerando seriamente lanzarme por la ventana.

—¡Cállate, te lo advierto! —gritó Yolanda, al borde del colapso nervioso.

—¿O si no qué, Yolanda? ¿Me vas a golpear? —Devora puso los brazos en jarra y se rió con una suficiencia que daba miedo—. No me sorprendería, porque tú y tu familia actúan más como bestias salvajes que como personas civilizadas. ¡Dime, ¿quién es el próximo? ¿El cartero?

—No es una amenaza, Devora. Es una advertencia —contestó Yolanda, alzando la barbilla como quien está a punto de dar un discurso épico.

—¡Ay, maldita la hora en que mi hermano puso sus ojos en ti! —Devora ya estaba en modo Hulk, y yo quería desaparecerme como mago barato—. ¿Qué más ve en ti aparte de una cara bonita? ¡No lo voy a dejar terminar como Maicol! Será la última vez que el sucio de tu abuelo le ponga una mano encima. Así que hazme el favor, Yolanda, y vete a jugar a la niña buena mientras yo disfruto mi noche con Alberto como una persona normal. Y, por cierto… ¿te gusta Alberto? Pues tranquila, después de que termine con él, te dejo los huesos. Es lo único que mereces.

Si alguien encuentra mi dignidad, me avisa.

Todo pasó tan rápido que ni me dio tiempo de pestañear. Apenas vi el puño de Yolanda estampándose en la cara de Devora. Y vaya estampida. ¡Paf! De un solo golpe, Yolanda rompió la baranda del puente y mandó a Devora volando como en una mala película de acción. La pobre aterrizó justo encima de una fuente, decorada ahora con piedras, agua salpicando por todas partes, y un vestido roto que parecía una cortina mal colgada.

Ahí estaba yo, mirando el desastre y pensando cosas que no debía: "Vamos, Yolanda, desnúdala por completo, ¡hazlo por el bien de la trama!" Pero luego me dije: "No, mejor me callo y dejo que se maten en paz". Sí, muy maduro de mi parte.

Yolanda no perdió tiempo. Saltó como un ninja hacia Devora, quien seguía en modo "¿qué diablos acaba de pasar?”. Antes de que pudiera levantarse, Devora lanzó una bola de fuego con las dos manos, porque claro, si estás empapada y despeinada, lo más lógico es prenderle fuego a algo, ¿no? Pero Yolanda, con la calma de quien esquiva la factura del gas, hizo una Z en el suelo corriendo, dejando a Devora con cara de: "¿Zorra, eres tú?”.

El espectáculo de velocidad fue tan absurdo que apenas pude procesarlo. Yolanda estaba a punto de darle otro puñetazo a Devora cuando, de repente, aparece Estuar. ¡Sí, el mismísimo maestro Estuar! Así, con la actitud de alguien que interrumpió una pelea de gatos, detuvo el brazo de Yolanda justo antes del golpe final. Con voz de "paternal pero exasperado" , preguntó:
—¿Qué pasó aquí?

Yolanda, furiosa como una gata que no quiere que la toque, ni le respondió. Se fue dando zancadas hacia su mansión, probablemente a encerrarse en alguna de las 842 habitaciones que tiene para desahogarse en paz. Devora, por su parte, se levantó empapada, con el vestido hecho un desastre, y dijo con la dignidad de una reina destronada:
—No pasa nada.

Sí, claro. Como si el puente roto, las piedras volando y el drama de telenovela no eran evidencia suficiente de lo contrario. Entonces Devora también se marchó, probablemente a secarse y buscar un vestido que no pareciera un mantel mordido por un perro.

Y ahí estaba yo, todavía procesando todo cuando, de repente, mi hermana apareció a mi lado. No tengo ni idea de cómo lo hizo, pero ahí estaba, tan silenciosa que por poco me da un infarto.

En fin, esto no fue un día normal. Pero ¿cuándo lo es?

— ¿Qué ha pasado aquí? —pregunta ella, mientras intentaba no morir del susto al notar a Evelyn al lado mío. Si no fuera mi hermana, juraría que es un ninja profesional, porque ni idea de cuánto llevaba ahí parada como estatua.

—No lo sé, Evelyn estaba con Devora, y de repente llegó Yolanda como si estuviera en la final de la WWE y ¡zas! Se fue a los puñetazos. Tú misma lo viste, yo soy inocente, como pan de boda. Pero, oye, ¿por qué esa cara de piedra tallada? —Intenté romper el hielo con un chiste, pero mi hermana seguía más seria que un examen sorpresa.



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En el texto hay: fatasia, cienciaficion, amordehermanos

Editado: 18.07.2025

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