Black Ghost

Capítulo 30: A Solas con Yolanda

Después de un desayuno que probablemente consistió en algo más emocionante que avena mágica (o eso espero), me fui a mi clase matutina de magia. Todo parecía típico: el profesor, con cara de "ya he visto todo esto mil veces", nos enseñó a usar pequeñas bolitas mágicas. El objetivo era darles forma con nuestra magia, pero en mi caso, el resultado fue más una especie de patata con complejos de pelota. ¡Un artista, claramente!

De vuelta a mi dormitorio, todavía procesando el trauma de mis bolas mágicas amorfas, me doy cuenta de que tengo un mensaje de Yolanda. Dice que vendrá a las dos de la tarde. Perfecto, pienso. Eso me da una excusa legítima para saltarme las clases de Tecnología, que de todos modos solo consisten en aprender a usar gadgets mágicos que siempre acaban explotando en mis manos.

Una vez en mi dormitorio, decido que es hora de ser productivo, así que me conecto a la red mágica. Spoiler: no fui productivo. Terminé en una página web random leyendo sobre las once habilidades legendarias de este mundo. La verdad, suena impresionante, pero me surge una gran duda: ¿Qué tan legendarias pueden ser estas habilidades si ni siquiera sé qué hace Berek? (Nota mental: investigar a Berek… algún día).

Mientras espero a Yolanda, mi ansiedad crece a niveles épicos. Ya preparé la comida, me la comí y hasta me sentí culpable por no dejarle nada. Las agujas del reloj siguen avanzando y ya son las 2:15 p.m. ¡Maldita sea, Yolanda! ¿Sería mucho pedir un poco de puntualidad?

Finalmente, justo cuando empiezo a pensar que me dejaron plantado como un ficus, la puerta se abre lentamente. Al principio pienso que es un fantasma, pero luego entra Yolanda a toda prisa, como si alguien la hubiera perseguido. ¡Gracias, universo mágico, por traerme algo de paz! Por lo menos vino a la cita. Ahora, a ver si no se entera de que me comí todo…

—¡Ay, la misión imposible! Me escondí más que un ninja amateur en Halloween, esperando que el pasillo estuviera más desierto que un buffet de ensaladas en una parrillada. Por eso me tardé un poquito más —suspiró Yolanda, como quien confiesa haber robado galletas de un frasco. —No sé cómo va a acabar esta conversación, pero siento que hoy definimos si esto es un romance o un reality show del peor tipo.

—¡Qué bueno que viniste! Por un momento pensé que ibas a aplicarme el clásico "ghosting". Me siento tan feliz de estar aquí, en este cuarto, contigo… y encima eres alguien que no comparte mi ADN. ¡Todo un logro en mi vida! —respondí, intentando parecer casual, pero probablemente parecía más emocionado que un perro cuando le lanzan una pelota.

—No me perdería esto por nada del mundo… salvo que se cayera el internet o algo apocalíptico sucediera, claro. —Yolanda sonrió, aunque luego se puso seria—. Mira, tu hermana obsesiva no tiene cabida aquí, porque lo que siento por ti es algo más… raro, como una combinación entre mariposas en el estómago y un dolor de muelas.

—¡Guau! Qué romántico, dolor de muelas y todo. Bueno, hablando de cosas incómodas, tenemos que charlar de un tema importante: el abuelo Berek, nuestro villano favorito. Porque, oye, esto de vernos a escondidas por su culpa me tiene con más estrés que un vegetariano en una churrasquería.

—Sí, lo sé. Por eso estoy aquí, jugando a la agente secreta, tratando de no ser atrapada por "El Abuelo". Él es el Thanos de nuestro universo amoroso, con menos piedras brillantes y más ganas de arruinar nuestra existencia.

—¿Y yo qué culpa tengo? ¿Acaso fui yo quien pidió que te sobreproteja como si fueras el último unicornio en la Tierra? Porque, te lo digo, la única víctima potencial aquí soy yo. Él podría pulverizarme, mientras tú solo observas desde un rincón como si fuera una telenovela en vivo.

—¿Perdón? ¡¿Qué insinúas?! —Yolanda abrió los ojos como si hubiera visto a un extraterrestre cantando reguetón. —Hablas como si estuviera encantada de que mi abuelo te trate como saco de boxeo.

—No, no, claro que no. Pero, oye, alguien me dijo algo que me dejó pensando. Y quiero saber tu opinión sobre esta… teoría conspirativa.

—¿Quién fue el genio que dijo algo así? —Yolanda levantó una ceja, más intrigada que un detective en un caso de Clue.

—Devora. Me estaba dando consejos sobre ti. Dice que debería cuidarme porque no quiere que salga de esto con el corazón más roto que una piñata en fiesta infantil.

—¡¿DEVORA?! —gritó Yolanda, transformándose en un volcán en erupción—. ¡ERES UN MALDITO IDIOTA! —Y acto seguido, se dio la vuelta para marcharse, dejando en el aire un drama digno de Netflix.

—¡Espera, Yolanda! —corrí tras ella, como protagonista de comedia romántica barata, agarrándola de los brazos antes de que pudiera salir.

—¡Suéltame! —dijo, con lágrimas en los ojos. Pero yo, en mi desesperación heroica, me lancé al abismo de las frases intensas:

—¡Deja de comportarte como una niña mimada, porque no lo eres! —le dije, aunque por dentro pensaba: “¿Realmente dije eso? ¡Adiós, mundo cruel!”

—¡Déjame ir! —sollozó, secándose las lágrimas como si fueran gotas de lluvia molestas.

Y ahí estábamos, dos personajes más dramáticos que un reality show, atrapados en un cuarto lleno de emociones, confusiones, y, claramente, cero habilidades para resolver problemas como adultos.

—¡Por Dios, Yolanda, escúchame! Baja un cambio, que esto parece un drama turco. ¿Para qué viniste si ibas a montarme esta escena de telenovela venezolana? Habla conmigo, pero razona, por el amor de todos los gatos en internet. —Intenté sonar firme, pero probablemente parecía más un vendedor de seguros desesperado.

—¡Eres un monstruo con corazón de piedra! —gritó Yolanda, más indignada que alguien descubriendo que se acabó el papel higiénico. —¡Te has estado viendo con Devora a escondidas, y encima me lo dices en la cara como si me estuvieras contando que fuiste al supermercado! ¡De todas las chicas en el mundo, tenías que engañarme con ELLA! ¡Nunca te lo perdonaré! ¡¿Oíste bien?! ¡NUNCA!



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En el texto hay: fatasia, cienciaficion, amordehermanos

Editado: 18.07.2025

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