Choco contra la pared enorme del Coliseo, hasta descender al piso, cayendo de pies, pero me doblo del dolor cayendo ahora si en el piso con mis manos en el estómago.
Maldición que dolor, no podré con esto, siento como si mi cuerpo se está rompiendo en dos, ya no me queda otra opción la cual activar mi segunda Joya, puesto que me pegó muy fuerte con su puño metálico.
Mi anillo se empieza a convertir en polvo de oro, hasta desvanecerse en el aire.
Frente de mí, desde el suelo lentamente va saliendo mi segunda Joya.
Es una espada mi segunda Joya, la cual al terminar de salir a través del suelo como si sumergiera de otra dimensión la tomo con mis manos.
Mi espada tiene la empuñadora donde se agarra una espada de color oro.
Sus habilidades son las siguientes, como cada arma con más transformaciones tenga es mucho mejor, la mía tiene tres transformaciones.
Toda arma que existe, solo puede tener tres trasformaciones, pero también una última y cuarta trasformación, pero esta recibe el nombre de Bukai es la última trasformación de un arma.
Mi espada tiene todas las trasformaciones incluso el Bukai, si me veo en la necesidad en una pelea, uso todas las transformaciones.
También y lo más importante de mis poderes mágicos es que cuando invoco unas de mis Joyas me regenero mis heridas muy rápido dejándome casi como nuevo de salud, por eso al agarrar mi espada ya no tengo ese dolor en el estómago fruto del golpe del chico de metal.
Unas de mis peores debilidades para mí, es que no puedo invocar la Joya que deseo.
Primero tiene que ser el anillo luego la espada y así sucesivamente hasta llegar a mi tercera Joya, no puedo invocar mi espada sin antes haber invocado mi anillo y peor para mí tengo que estar herido o tener una adrenalina muy notable en mi cuerpo para poder invocar mi siguiente Joya.
Tampoco puedo tener dos o más Joyas al mismo tiempo, si invoco una la otra se desvanece.
Al momento de tomar mi espada no solo me recupero casi por completo mis heridas, sino que también por mi cuerpo aumenta mi habilidad de usar la espada para cortar a mis oponentes.
El chico del metal está corriendo donde mí y sin ninguna trasformación de mi espada, mi única habilidad mágica con mi estada es moverme muy rápido para herir a mis oponentes.
Intenta darme con su puño en la cara el chico del metal luego de llegar donde estaba yo, y me agacho para con rapidez abrir su pecho con mi espada y sangra cayendo hacia atrás del dolor.
Veo que rompí su caparazón de hierro es como cuando abres un huevo y sale la clara fue así, ya que el estudiante de metal solo estaba cubierto de ese hierro, pero detrás de esa cubierta se encuentra su piel.
Para su suerte ese metal amortiguo mi golpe de la espada, y levantándose con la mano puesta en el pecho, ahora con su boca me lanza una onda de sonido.
Arrasando con todo a su paso con su onda de sonido y me teletransporto mágicamente cerca de él, evitando ser arrastrado por su ataque hacia atrás.
Corto su pierna, luego corto en la otra pierna izquierda, al siguiente instante en el brazo, en fracciones de segundos tengo cortado todas las partes de su cuerpo con heridas graves por mi espada, ni siquiera su cuerpo cubierto de hierro pudo protegerlo y mucho menos pudo hacer algo para evitarlo.
Cae al piso inconsciente, le había dañado sus puntos vitales, ya que no fue al alzar que hice esas cortadas en todo su cuerpo.
Después de estar cinco minutos tirado en el piso mi oponente se comienza a desintegrar porque no llegaron a los diez minutos reglamentario, el chico del metal murió por mis heridas causadas por la espada de mi segunda Joya.
El público está desbordado de emoción, haciendo tanto ruido que parece una fiesta sorpresa para alguien que no quiere cumplir años. Entre gritos y aplausos, está claro que están impresionados y felices… aunque a mí me suena más a una combinación de “¡qué genio!” y “¡qué loco está este tipo!”. Pero bueno, la verdad sea dicha, me vi forzado a sacar mi segunda Joya. ¡Ah, qué emocionante! Ah, no.
En este Nivel 2 de la Liga Plata, las cosas se ponen serias, como si los oponentes fueran los villanos en una película de acción barata. Mucho más complicado que la Liga Bronce, donde aún podías convencer a alguien de rendirse con una mirada intimidante. Aquí no, aquí todos parecen haber pasado por un entrenamiento intensivo de “cómo fastidiar al protagonista”.
Entonces llega mi próximo oponente. Oh, sí, qué gran entrada: fuerte, decidido y probablemente con más músculos que neuronas. ¿Será un mago tipo guerrero? A estas alturas ya no sé si diferenciar a la gente por su físico o por su mirada de “te voy a partir en dos”. Este parece tener ambas cosas.
—¡Por fin! Te tengo enfrente, escoria miserable, el que impidió que mi hermano pasara su examen en el primer intento. ¡La suerte me sonríe por primera vez en la vida! —dice, con el entusiasmo de alguien que encontró el último pastel en una fiesta.
“Genial”, pienso yo. “Otro aficionado. ¿Dónde firmo?”.
—Creo que me estás confundiendo con alguien… —le digo con una sonrisa diplomática, de esas que uso para los exámenes orales.
Pero no, eso solo lo enfurece más. Ahora parece un gato al que le pisaron la cola.
—¡CÁLLATE, vómito de simio! No trates de hacerte el inocente, porque lo que te espera no te lo salva ni la diosa de la misericordia.
Acto seguido, invoca una hacha gigantesca que aparece mágicamente en sus manos, como si fuera un comercial de herramientas, pero en versión “te voy a partir en dos”. Ah, claro, ahora lo recuerdo: este es el hermano del tipo que derroté en mi primer examen para entrar a la casa de invocadores y hechizos. Aquel con una hacha diminuta. Pues bien, parece que este decidió traer una versión XL del arma, probablemente para compensar algo. ¿Mi suerte? Al parecer, sigue en huelga.
Como un rayo esta frente de mí sin ni siquiera fue que se apareció mágicamente, y me lanza con su hacha para abrirme en dos y yo me defiendo con mi espada.