Black Ghost

Capítulo 52: La Hermana.

—¡Alberto! ¿Qué haces aquí? —me pregunta Haru, como si acabara de encontrar un unicornio en el supermercado.

—Bueno, pensé que esto era un salón de fiestas, así que vine con mis libros a mover el esqueleto. —Sonrío mientras Haru se ríe como la niña que le acaban de regalar un helado doble.

—Ya sé que esta es la biblioteca —dice, rodando los ojos—. Pero me pregunté, pues verte por aquí como decirlo… Nunca antes te había visto cerca de un libro que no fuera para calzar una mesa. Ah, por cierto, te presento a mi mejor amiga, Carol.

En ese momento, conozco a Carol, la hermana de Yolanda. Y bueno, honestamente, me da un poquito de miedo; caerle mal podría ser el fin de mi paz mental.

—Mucho gusto, Alberto. Sabes, eres una especie de leyenda: el único hombre que puede tocar a Haru sin que se transforme en una bola de nervios y huya gritando. Aunque, sinceramente, pensé que Haru terminaría siendo una ermitaña o casándose con su almohada.

¡PUM! No me esperaba eso de Carol, y claramente, Haru tampoco.

—¡Carol! ¡Por favor, no digas esas cosas delante de Alberto! —Haru está roja como un tomate, haciendo un berrinche que me recuerda a un niño al que le acaban de quitar su juguete favorito.

Intento calmar la situación. —Oye, Haru, sé que a veces te he tocado o abrazado sin querer, pero fueron accidentes, lo juro. Respeto totalmente tu espacio personal. Aunque no siempre entiendo tus reglas, quiero seguir siendo tu amigo. Últimamente no te he visto mucho y, sinceramente, te extraño.

¿Por qué digo eso? ¿Por qué Haru, con su aire infantil y esa personalidad tan única, me tiene pensando cosas que seguramente no debería?

Haru me mira, todavía medio indignada, pero sus palabras me sorprenden. —Yo no estoy molesta contigo, Alberto. Nunca lo he estado. Solo que ahora, como eres popular y andas en el Coliseo de Grandes Ligas, pensé que ya no había lugar para mí.

Ay, Haru… Si supieras que ni todas las ligas del universo podrían hacerme olvidarte. Bueno, quizás exagero, pero ¿quién no se deja llevar un poco por la poesía barata de vez en cuando?

—¡Eso no es cierto! —digo con una sonrisa—. Sí, me he distraído con lo de las peleas y los rankings, pero sigo siendo el mismo. Es más, estoy aquí porque necesito estudiar; mi promedio está tan bajo que ni un gusano podría arrastrarse por debajo de él.

Haru se ríe otra vez, como una niña que acaba de escuchar el mejor chiste del mundo. Su risa me hace sentir como un superhéroe, aunque sé que probablemente parezca más un payaso.

—Puedes pedirle ayuda a Carol —sugiere Haru, con una sonrisa que podría derretir hielo—. Ella es la número 4 en el área A de Tecnología.

¿QUÉ? ¡La número 4! Yo estoy en el puesto 4,447 y tenía la esperanza de meterme al top 100 algún día. ¿Cómo una persona tan relajada puede ser un genio en Tecnología? Es como si la física cuántica fuera un pasatiempo para ella.

—Te lo agradecería mucho, Carol. Hay cosas que no entiendo ni aunque las lea tres veces y les haga un altar.

Mientras tanto, Haru empieza a recoger sus cosas, con lápices y cuadernos que parecen sacados de una caja de ofertas baratas.

—Me voy a estudiar a otra mesa —dice—. Es que cuando empiezan a hablar de números, siento que mi cerebro se apaga. Además, no quiero interrumpir.

Haru se aleja, dejándonos a solas. La miro, sintiendo una mezcla de ternura y caos en mi cabeza. Ah, Haru, si supieras las tonterías que a veces pienso cuando estás cerca… Pero bueno, por ahora, supongo que Carol y yo nos vamos a dar un viaje por las maravillas de la tecnología.

Y así, la biblioteca se convierte en el escenario de una comedia romántica que, francamente, ni yo entiendo del todo.

—¡Mira esto! No entiendo nada de este tema, estas ecuaciones diferenciales son como jeroglíficos egipcios escritos por un pulpo nervioso.
—Tranquilo, lo que pasa es que estás usando un método tan equivocado que hasta las ecuaciones se sienten insultadas. Déjame mostrarte cómo resolverlo sin que tu cerebro explote.

Mientras tanto, en mi mente, urdí mis oscuros planes: "Pronto idearé cómo obtener el cuerpo inocente de Haru. ¡Soy rico! Pagaré lo que sea por cualquier artefacto mágico que me ayude… y por un café, porque esto de estudiar da sueño ".

Pasamos varias horas estudiando. Para mi sorpresa, estoy entendiendo cosas que antes pensaba que solo los alienígenas podían descifrar. Esta chica es un genio. Resuelve todos los problemas como si estuvieras haciendo crucigramas para principiantes. Y yo aquí, sintiéndome como un cactus tratando de bailar ballet.

—Oye, ¿te puedo invitar a comer algo? A modo de agradecimiento… ya sabes, por enseñarme a no parecer un cavernícola con las matemáticas.
(No es que quiera pasar tiempo con la hermana de Yolanda, pero si quiero ejecutar mis planes maquiavélicos, necesito causar una buena impresión).

—¡Claro que sí, me encantaría! —dice ella, sonriendo, probablemente sin saber que acaba de aceptar el almuerzo más estratégicamente planeado de la historia.

Nos vamos juntos a un comedor fuera de la biblioteca. Pedimos algo delicioso. Bueno, delicioso para ella; Yo sigo sospechando que mi plato era más decorativo que comestible. Terminamos de comer, y mientras caminamos por el patio de la escuela, seguimos charlando.

¿De qué? Ni idea, porque la mitad del tiempo estaba demasiado ocupado planeando mi próximo movimiento como villano de telenovela.

—Es raro, raro no, ¡rarísimo!, que un chico pase tanto tiempo conmigo. Es como si el miedo que provoca mi abuelo fuera un repelente mágico para el sexo opuesto. De alguna manera, Haru y yo somos almas gemelas: ella no puede tocar a los chicos, y yo tampoco, porque mi abuelo ahuyenta a todo bicho viviente con cromosomas XY.
¡Por todos los ogros del universo! Es cierto, si su abuelo me ve, me ensarta como brocheta para la parrilla.
—No creo que sea para tanto. Digo, ¿tanto miedo le tienen? A lo mejor los chicos de aquí son solo un poco… tímidos. —Voy a terminar esta conversación YA, antes de que el ogro en cuestión de segundos aparezca y me mande al hospital… o peor, a la morgue.



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Editado: 18.07.2025

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