Ahora que lo pienso, pasar más tiempo en la casa de los magos tipo guerreros tiene sus ventajas. Para empezar, voy a cruzarme más seguido con Yolanda, lo cual es genial porque, bueno, ya saben, cosas de novios. Y claro, también es una excelente oportunidad para caerle bien a Berek, su abuelo. Tengo que ir preparando el terreno para, en algún momento, soltarle la noticia de que su nieta y yo somos más que amigos. Algo así como: "Hola, Berek, ¿te gustan las sopas? Porque tu nieta y yo somos el caldo perfecto". Ok, no, pero algo se me ocurrirá.
—¡Eres un genio, Carol! —le digo mientras me doy palmaditas mentales en la espalda—. Ni yo hubiera pensado en una idea tan brillante.
Esto es perfecto. Voy a usarlo para caerle bien a Berek, porque honestamente, la idea de darle clases de magia a alguien me motiva tanto como lavar platos después de un festín.
—Muy bien, ya tenemos un trato. Yo te llamo cuando vayamos a empezar tus clases, y prometo dar lo mejor de mí —responde Carol con una sonrisa.
Acto seguido, se despide y se va a sus clases de Tecnología, dejándome con un cerebro en piloto automático, reflexionando sobre las eternas rivalidades entre los magos tipo guerrero y los magos tipo invocador y hechizo. En serio, ¿por qué se odian tanto?
Los magos tipo guerrero tienen hasta tres transformaciones, y su última forma, el Bukai, siempre es un arma. Por otro lado, los magos tipo arma son más creativos. Su última transformación no es un arma, sino un animal que lleva la magia por todo su cuerpo. Es como si todos compartieran el mismo libro de instrucciones, pero interpretaran las reglas a su manera.
Tras horas de profundas reflexiones y de no hacer absolutamente nada productivo, llego a mi dormitorio. Me desplomo en la cama, listo para meditar sobre la inmortalidad del cangrejo, cuando recibo un mensaje de Yolanda.
"Ábreme la puerta, ya voy."
Me levanto, abro la puerta, y ¡zaz! Como un rayo de luz, entra a mi habitación con tal velocidad que juraría que rompió la barrera del sonido. Estoy seguro de que nadie la vio entrar, pero si lo hicieron, bueno, que hablen con mi abogado.
—¡Eres un cínico de campeonato! Nunca imaginé que llegarías a tanto como para enamorar a mi propia hermana. ¡No tienes remedio, MALDITO MUJERIEGO! Primero Devora, y ahora... ¡mi pobre e indefensa hermanita!
Ah, lo que me faltaba... ver a Yolanda celosa. Esto sí que es un capítulo nuevo. ¿Cómo se supone que debo reaccionar ante esto?
—¡Buenos días, Yolanda! También me alegro mucho de verte. —Uy, ahora está más enojada. Genial. ¿Qué hago ahora para que no me lance un zapato?
—¡Bastardo! ¿Encima te burlas de mí? —Es un auténtico desafío aguantar los insultos de la chica que me gusta. ¿Esto también cuenta como prueba de amor?
—Siempre buscas una excusa para pelear. —¿Por qué las mujeres tienen esta habilidad ninja para discutir? Mientras que nosotros los hombres, si nos dieran un mando de consola y pizza, resolvemos todo en minutos.
—¡Eres un mujeriego descarado! ¡Y ahora le gustas a mi hermana! ¿Cuándo pensabas decírmelo? ¡Que la habías seducido a mis espaldas!
Bueno, lo admito: su hermana tiene lo suyo. Es inteligente y encantadora, pero alerta de spoiler: no la he seducido.
—No pensaba decírtelo nunca porque… oh, no sé… ¡NADA de lo que dices es verdad! —Intento defenderme, pero mírala. Más enojada, imposible. Si la miro fijo, creo que empieza a echar humo.
—¡Eres un estúpido, inútil, tonto y, para rematar, el más descarado de todos los hombres que conozco!
—Bueno, al menos soy tu novio. Eso debería contar, ¿no?
—¡No tienes ni un poquito de escrúpulos ni vergüenza!
Ya basta. Me estoy cansando de verla encendida como una olla a presión, así que la agarro y le doy un beso.
—¡Idiota! ¡Cara de mono! ¡Imbécil!
¿Cara de mono? Ok, eso fue un golpe bajo, pero no me detengo. Le doy otro beso, esta vez con más pasión.
—¡Estúpido! ¡Bastardo! ¡Bésame más!
— ¿Qué dijiste? —Esto no lo vi venir. ¿Me perdí algo en la traducción?
—¡Que me beses, antes de que te siga insultando!
Y ahí estamos, besándonos como si no hubiera un mañana. En un abrir y cerrar de ojos, Yolanda me quita la camiseta, yo su blusa… y todo esto sin dejar de besarnos.
Porque, al parecer, para Yolanda, los insultos son el preludio de algo mucho más interesante.
La pasión es muy intensa nos tiramos en la cama, para terminar de quitarnos la ropa con eso quedando completamente desnudo.
Yolanda está más pervertida que nunca, me lanza en la cama y se sube arriba de mí, parece que esta vez va a llevar el mando.
Poco a poco va aumentando el ritmo de sus movimientos y encima de mí se ve aún más hermosa dándome placer, ahora agarro sus pechos con mis manos y me acerco a ella para besarla.
Yolanda está sentada arriba de mí, mientras se mueve cada vez más en busca de pasión y yo la, beso no existe nada más bonito en este universo que nosotros dos en este instante.
Veo que grita fuerte al igual que yo, nos corrimos al mismo tiempo.
—¿Sabes? Creo que cada vez me vuelvo más fanática de tu cuerpo. ¡Si esto sigue así, voy a necesitar terapia para adictos! —dice Yolanda.
—¡Exacto! Quiero que te vuelvas tan pervertida como yo, porque para algo debían servir esas horas invertidas en videos educativos... digo, porno.
Yolanda me lanza una mirada que podría partir un coco en dos y suspira dramáticamente.
—No me gusta que te pongas en plan de niño inmaduro. Pero claro, no puedo evitarlo porque siempre, SIEMPRE, haces algo para cagarla justo cuando todo va bien. —Contesta Yolanda y yo lo ultimo que quiero en estos momentos es hacerla enojar de nuevo.
—¡Yo prometo cambiar! Bueno, por lo menos lo prometo hasta el próximo error, porque a este paso podría abrir un club de "cómo meter la pata".
Yolanda, como toda una reina dramática, se levanta con la dignidad de alguien que acaba de ganar un Oscar, recoge su ropa y se mete al baño con un portazo digno de telenovela. Mientras tanto, yo decidí que es momento de hacer algo útil con mi vida (por primera vez en el día) y me pongo a cocinar.