Black Ghost

Capítulo 80: Laberinto.

—Hola, apuesto que esperabas escuchar la voz de tu amiga... —dice una voz desconocida del otro lado de la línea.

¿Perdón? ¿Ese era el novio de Haru? ¿Cómo que Haru tiene novio y no me avisó? ¿Me perdí una reunión de emergencia del comité de protección emocional?

—¿Quién eres y qué haces con el celular de Haru? —pregunto con voz heroica… o bueno, más como voz temblorosa de papá celoso de hija de cinco años.

—Ven a la cancha deportiva de baloncesto en Herel y aquí te explicaré todo...
Y entonces, como si fuera el final de una película de suspenso, escucho de fondo la voz de Haru gritando desesperada:
—¡No vengas, es una trampa Alberto!
Y clic, se corta la llamada.

Me quedo viendo el celular como si fuera una papa caliente. ¿Qué rayos fue eso? ¿Una amenaza? ¿Una cita? ¿Una convocatoria para un duelo mágico o una competencia de baile clandestino?

Trato de parecer tranquilo al volver al comedor, pero probablemente tengo cara de quien se comió un limón con picante.

—Me tengo que ir —digo, usando mi voz más calmada posible, que en realidad suena como si estuviera a punto de dar a luz a un hipogrifo.

—¿Pero qué sucede, Alberto? ¿Pasó algo? —pregunta Yolanda con cara de preocupación... la misma que pone cuando se da cuenta de que olvidó cargar su celular.

—No es nada, solo... algo improvisado. Un asunto. Urgente.

Y salgo tan rápido que casi me llevo el florero de la abuela.

Llamo al mayordomo mientras corro, y no pasan ni tres minutos cuando ya estoy metido en la limusina como si fuera misión secreta.

Respiro aliviado… por medio segundo.

—Hola —dice una voz del lado derecho.

—¿A dónde vas, mujeriego? —dice otra del lado izquierdo.

¡BOOM! Yolanda y Evelyn están ahí, una a cada lado como dos jefas de interrogatorio. ¡¿CÓMO LLEGARON TAN RÁPIDO?! ¿Y cómo es que ni sentí sus presencias? ¿Son ninjas ahora?

—Muy sospechoso, Alberto —dice Yolanda con tono de abogada malvada—. Si vas a ver a tu amante, deberías actuar mejor. Esa salida tuya fue más falsa que un unicornio con bigote.

—Tienes razón, Yolanda —añade Evelyn con esa sonrisa que me dice “te voy a arruinar la vida con elegancia”—. Por lo menos así sabremos qué tipo de chica le gusta a este sinvergüenza, rompe corazones de tercera.

¿Amante? ¿Rompe corazones? ¿Pero por qué siempre que estoy con ellas me siento como un villano de telenovela?

Solo quería ir a salvar a Haru. Pero ahora parece que voy a tener que hacerlo con dos testigos encima, listas para convertir cada movimiento mío en un juicio público.

—¡CÁLLENSE! —estallo como si tuviera protagonismo en una novela de drama turco—. ¡Dejen de hablar mal de mí, solo voy a salvar a Haru!

Y en ese preciso instante, me doy cuenta… la cagué monumentalmente. Sí, les acabo de confesar TODO sin querer. Demonios, cerebro, tenías un trabajo: guardar el secreto.

—¿Cómo fue que dijiste? ¿"Salvar a Haru"? —dice Yolanda, activando su modo FBI, versión “hermana intensa”.
Me mira como si acabara de confesar un crimen de guerra y encima con una sonrisa burlona que dice “te tengo, inútil”.

—Sí, pero… —trago saliva, intento componer algo creíble— no lo sé bien, parece una trampa, pero no me importa, solo quiero saber si Haru está bien…

Y listo. Ya está. Confirmado: acabas de comprar un combo “rescate suicida” con dos acompañantes altamente rencorosas y cero paciencia.

Así fue como terminé yendo a una posible trampa con Yolanda y Evelyn a los lados como dos guardaespaldas con tendencias violentas. Honestamente, era el trío menos sigiloso del mundo. Parecíamos los protagonistas de una parodia de “Misión Imposible”, versión escolar mágica.

Llegamos a la cancha de básquet, que por supuesto, a esta hora de la noche está más vacía que una nevera universitaria. Ni grillos hay. Solo la oscuridad… y una ligera sensación de “esto va a salir mal”.

Entramos, los tres juntos. Bueno, más bien, yo caminando tenso, y ellas pisándome los talones como si fueran mis agentes de libertad condicional.

Y ahí, al final de la cancha, justo debajo de la canasta como si fuera una estrella en un musical maldito… ¡estaba Haru!

Atrapada en una especie de círculo mágico, con la piel roja por partes —¡parecía un camarón recién hervido!— y al lado de ella, tres estudiantes con cara de “yo era normal hasta que me uní a una secta oscura”.

—Ok —susurro— esto está rarísimo. Haru está en modo “ayuda por favor”, rodeada de cosplay de villanos de videojuego barato… y estoy con dos chicas que quieren arrancarme la cabeza. Gran noche, Alberto. Inmejorable.

Y aún no ha empezado lo peor...

—¡Cómo, Alberto! No sabía que vendrías acompañado de esas dos preciosuras. De verdad, la vida te favorece mucho —dice el tipo mientras las mira de arriba abajo como si estuviera eligiendo fruta en el supermercado.

Maldito pervertido. ¡Ni en medio de un secuestro deja de actuar como un degenerado de telenovela barata!

—Los conozco —interrumpe Evelyn, poniéndose seria como si hubiera activado su modo enciclopedia—. Ese es el número uno de la Liga Platino, y los otros dos son el número 4 y el 5. Los mejores magos de esa misma liga.

¿¡Cómo?! ¿Los mejores? ¡¿Y por qué están usando su poder para secuestrar a una niña!? ¿No se suponía que los "platinos" eran tipos de élite y no… delincuentes con club de fans?

—¿Pero qué hacen esos tipos con Haru? —pregunto en voz alta, más indignado que el protagonista de una serie coreana al ver que le roban a su novia. Haru es tan inofensiva que no lastimaría ni a un mosquito… ¡ni siquiera a uno que la picara tres veces!

—Quiero que me entreguen a Haru —les digo, con el pecho inflado como si fuera policía encubierto en una novela adolescente—. O llamaré a la policía. Si no lo hacen, se meterán en graves problemas.



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En el texto hay: fatasia, cienciaficion, amordehermanos

Editado: 18.07.2025

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