Blinding Love

Capítulo 3: Las malditas vegas

Siento cómo alguien me mueve los hombros suavemente, como si intentara sacarme de un sueño del que no quiero despertar. Abro los ojos, desorientada, y me encuentro con la cara preocupada de Connor. Su expresión lo dice todo: anoche estuvo luchando para que cambiara de opinión, pero ya estoy demasiado decidida. Mi mente está fija en una sola cosa: iré por la cabeza de Alessandro y, cuando termine, seré tan rica que no tendré tiempo ni para contar mi fortuna. Tendré el puto mundo a mis pies.

No seré humillada por nadie.

—Ya hemos llegado —dice Connor, sonriendo con esfuerzo, o al menos eso intenta.

—Bienvenida a la ciudad del pecado —añade Héctor, tomando un trago de whisky.

Sin decir nada, me acerco a la ventana. Las luces de los edificios brillan con esa fuerza atrayente, como en esas películas que siempre veía. Ahora aquella escena es real ante mis ojos. El avión aterriza con suavidad y, a nuestra espera, hay varias limusinas. Héctor se sube a una de ellas y nos hace señas a Connor y a mí para que nos subamos a las otras dos. Pero ¿por qué no viajar todos juntos? Nadie cuestiona nada y, aunque el silencio pesa entre nosotros, sabemos que es lo que nos toca hacer. Nos acercamos a una de las limusinas, pero, cuando Connor intenta entrar, el chofer bloquea su paso.

—Joven Connor, el señor Héctor le apartó otra limusina exclusivamente para usted —dice el chofer, señalando un vehículo cercano.

—Pues llámelo y dígale que no me iré sin Jazmín —responde Connor, molesto. Pero, cuando ve que no cambiarán de idea, el chofer llama a Héctor.

—Señor, tenemos un problema. El joven Connor se rehúsa a subirse al auto sin su amiga —dice el chofer y, tras unos segundos de espera, finalmente cuelga.

—Puede subirse al auto —informa el chofer.

Connor sonríe de oreja a oreja y sube rápidamente.

—¿Por qué nos habrá querido separar? —pregunto, confundida, mientras observo cómo Connor frunce el ceño.

—Es por seguridad. Héctor tiene muchos enemigos —responde él, encogiéndose de hombros—. Pero no te preocupes, tan pronto lleguemos hablaré con él.

No decimos más y, mientras el coche avanza, disfrutamos del paisaje. A pesar de que son apenas las siete de la noche, las calles están llenas de gente. El bullicio de la ciudad es vibrante y puedo ver cómo las personas se mueven por el lugar, casi como si estuvieran fuera de sí, como si ya no les importara lo que el futuro les deparara.

Parecía tan liberador. Pero también tan aterrador.

Finalmente, llegamos a la mansión. Es tan increíblemente hermosa que me cuesta creer que sea real. La casa parece sacada de un sueño. Es amplia, de color blanco, y tiene tantos cristales que, a pesar de su tamaño, no puedes ver cómo es por dentro. Tiene un jardín inmenso y las enormes escaleras están rodeadas de varias luces que iluminan todo el camino. Connor y yo nos bajamos del auto, boquiabiertos, mirando todo a nuestro alrededor, sin poder procesarlo del todo.

Un mayordomo se acerca con unas bebidas de bienvenida y una nota para Connor. Él la toma con entusiasmo y me la muestra.

No llegaré hasta mañana. Tengo asuntos que atender, así que sal y disfruta de la noche con tu amiga. Pero no se desvelen; mañana tenemos mucho qué hacer. Tengan cuidado: la ciudad del pecado tiene fama de mostrarnos todo lo que más deseamos. No se desvelen. Y tú, Connor, te amo y gracias por aceptar ser parte de mi vida.

P. D.: Vayan en vehículos diferentes por la seguridad de ambos.

H.

Connor lee la nota, sonriendo con cariño.

—Él realmente te ama —murmuro, con una sonrisa llena de afecto, mirando la nota.

—Lo sé. ¿Quién no me amaría? —responde Connor, sonriendo de vuelta—. Bueno, nena, ya ves lo que dice. Vamos a cambiarnos, que tenemos una noche por delante.

Asiento y ambos nos dirigimos hacia la mansión. Al entrar, quedo hipnotizada por el lujo que nos rodea. Las lámparas, los cuadros, los muebles... todo es impecable. La casa está pintada de blanco, pero tiene adornos en azul marino, lo que le da un aire masculino y moderno, pero a la vez elegante.

—Si seguimos quedándonos así, jamás saldremos —dice Connor, rompiendo el hechizo.

Asiento y nos dirigimos a nuestras habitaciones para cambiarnos.

Me doy una ducha rápida y me pongo un vestido negro que se ajusta a mi cuerpo. Soy una chica de bastantes curvas y, con unos pechos que son difíciles de ocultar en este vestido, suelo sufrir dolores de espalda por el peso de ellos. Dejo mi cabello negro al natural, con sus rizos suaves. Me coloco unos tacones dorados y un maquillaje sencillo. Al estar lista, bajo las escaleras y veo a Connor esperándome afuera. Cuando lo veo, me quedo sin palabras. Siempre le digo que se ve increíble vestido de blanco, y hoy no es la excepción. Es un moreno precioso, como salido de una revista de moda.

—¿Estás lista para matar, cariño? —pregunto, sonriendo y haciendo un paso de baile.

Él imita mi gesto, provocando que los guardias sonrían al ver nuestro pequeño espectáculo.

—¡Oh, sí, nena, dámelo todo! —grito, aplaudiendo mientras Connor mueve el trasero.

Veo que el mayordomo se acerca a nosotros con un sobre amarillo en las manos. Me pongo algo seria, ya que debe ser algo para Connor. Lo toco para que deje de moverse, pero me asombro cuando veo que se acerca a mí.

—Señorita Jazmín, el señor Héctor le ha dejado esto para usted. Me indicó que le informara que debe leerlo y memorizarlo, ya que lo va a necesitar —dice y no añade más antes de alejarse de nosotros.

—Creo que mejor lo leo cuando llegue. No quiero que esto nos arruine la noche —digo, algo nerviosa.

—¿Segura?

—Sí.

—Anda, vámonos —dice él, tomando mi mano—. ¡Que quiero unos Cosmopolitan, nena!

Llegamos a TAO. Al entrar, me emociono un poco al ver las tonalidades rosa y azul del establecimiento, y más al ver que había seis cajas elevadas en el segundo nivel, donde solo las celebridades o las personas de muy alto nivel podían acceder a una de las seis áreas. A pesar de que todas tenían cristales, no podía ver quiénes estaban ahí. La música tecno resonaba con fuerza y la gente bailaba y cantaba, disfrutando de sus vidas. Hay demasiada energía en este lugar, tanta que parece desbordarse. El lugar es enorme, con más personas de las que puedo contar. Héctor le dejó una tarjeta de crédito a Connor, así que Connor no duda en pedir un área más exclusiva para nosotros dos. Una chica llamada Bonny nos lleva a unos sillones en el primer nivel. Nos sentamos y pedimos nuestras órdenes, que no tardan ni dos minutos en traernos: varias botellas de tequila y los Cosmopolitan que Connor quería.




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