Blue Collection

Punto de quiebre

Terminé el lunes raseando y ya cuando llegué en la noche a mi casa, inmediatamente reconocí esta sensación de sentir algo que me obstruye la garganta, la nariz y la boca, ya no puedo inhalar y exhalar... todavía no era tan fuerte la sensación, pero era innegable que estaba entrando en una crisis asmática.

Pero entonces recibí el consejo que no entiendo si fue el peor o el mejor que me pudieron dar en estos días.

— Ve a trabajar.

— ¿Cómo voy a ir así? Me estoy empezando a sentir mal.

— Esa vieja no creyó en tu enfermedad y mira lo que te provocó, así que mañana te presentarás y cuando te salgas de control, demuéstrales a todos que no estabas mintiendo, pero eso sí, cuando todo empiece a empeorar tu hermana me va a marcar y yo te prometo que voy a ir corriendo por ti para llevarte al hospital.

— ¿Ya qué más puedes perder, Adri? Esta Araceli quiso provocar esta situación y ya que lo logró es momento de que vea los frutos de las cosas que estuvo construyendo.

Después de esas palabras hechas por mi madre y por mi hermana decidí hacerles caso.

La noche fue insoportable y sinceramente ni pude dormir bien, porque conforme más pasaba el tiempo, más sentía la necesidad de usar mi inhalador.

Comenzaba a sentir como mi pecho se cerraba y más me costaba respirar.

Afortunadamente llegó un punto en el que me perdí y pude dormir aunque sea unas horas.

Llegó la hora de trabajar y fue la primera vez que sentí el camino al trabajo más largo de lo que pude sentirlo antes.

Por un momento sentí que no alcanzaba a llegar, pero lo logré y al entrar lo primero que hice fue buscar a Araceli con la mirada, afortunadamente Araceli no era de faltar al trabajo y hoy específicamente necesitaba que ella estuviera presente.

— Ya terminaron de rasear la hoja de la carterita, los felicito... pero no crean que van a descansar hoy, ya saben que sigue, como ya terminaron también de suajar la carterita y desbarbarla, ahora tienes que hacer lo que siempre has hecho, Adriana, desde que llegaste a la maquila y es revisar que vengan bien impresas, tú y Korin van a revisar la carterita, necesito que termines rápido, porque imagino que te quieres llevar más, ¿verdad?

Ya no dije nada, no porque no quisiera, sino porque hasta hablar me estaba comenzando a costar trabajo.

— Está... bien.

Tenía un cubrebocas puesto, fue así que nadie se dio cuenta de que mis labios estaban pálidos y que cada vez que hablaba o caminaba me costaba jalar aire, pero hay algo que no pude ocultar y fue mi cuello.

Korin comenzó a acercar los paquetes de carterita y fue así como comenzamos a revisar los paquetes, pero Korin se empezó a dar cuenta de que yo revisaba muy lento y hasta llegó a pensar que no quería venir a trabajar hoy.

— ¿A poco no querías venir?

— No es eso, es que me siento rara.

— ¿Ya te había dado gusto rasear? No te preocupes, no falta mucho para que vuelvas a hacerlo.

— ¿Tú crees que vuelva a rasear después de esto?

— Pues, por lo que dijo Paola no te quedaron chuecas las carteritas, para ser la primera vez lo hiciste bien, si tienes talento, qué mal que no lo supimos antes.

Seguí revisando con Korin, cuando llegó un punto en el que ya no pude más.

— Oye, Adriana, ¿qué tienes en el cuello?

— ¿Qué cosa? No tengo nada.

— Sí, tienes un hoyo en el cuello, o sea, no todo el tiempo, pero me estoy dando cuenta de que se te forma un hoyo en el cuello. ¡Ah! Se te hunde, a eso me refiero.

Sin hacer mucho caso de lo que dijo Korin, me levanté y me fui al baño.

Al mirarme al espejo me di cuenta de que Korin tenía razón y mi cuello se empezaba a hundir, era la muestra de que estaba luchando por jalar aire, por respirar y ya no había duda de que ya entré en crisis.

Regresé con Korin y me di dos disparos de mi inhalador, esperando que esto pasara.

— Ahora chiflas.

— ¿Qué?

— Ahora estás chiflando, se escuchan como silbidos, como si alguien estuviera silbando, pero eres tú. ¿A poco sí sabes silbar?

Ya es el final... que me chiflen los pulmones ya es la muestra de que ya nada está bien, aparte de que ya me está entrando la desesperación de no poder respirar.

— Korin... Kori...

— ¿Qué? ¿Qué tienes?

— No estoy silbando con la boca.

Me quité el cubrebocas y le comprobé a Korin que no estaba silbando yo, o bueno sí, pero no con mi boca, mis silbidos venían desde adentro.

— Ve por Araceli, por favor, necesito irme.

No sé qué asustó más a Korin, si ver que los silbidos no provenían de mi boca o que gracias a que me quité el cubrebocas vio lo pálida que estaba y era más evidente porque mis labios que estaban blancos y no por maquillaje de payaso.

Korin salió corriendo, porque Araceli estaba en la otra bodega que estaba en remodelación y yo me levanté, fui paso a paso a buscar a mi hermana.

Anaís estaba raseando, cantando música y pasándola tan chévere junto al trío del BC, que desde hace unas semanas se volvieron sus mejores amigas.

— Anaís...

Nadie me escuchó, porque la música estaba tan fuerte y mi voz estaba tan bajita que con trabajos podía articular palabras.

— ¡Anaís!

Por fin Anaís volteó y me vio los labios, como ya no tenía el cubrebocas el trío del BC y todas las que estaban raseando junto con ella me vieron como estaba de pálida.

— ¿Ya llegó la hora?

— Sí... ya llegó el momento... háblale a mi mamá... me tengo que ir al hospital.

Anaís se bajó rápido del bote en el que estaba montada para alcanzar las últimas rejas del carrito de bolsa y se fue a la oficina.

Tocó la puerta con fuerza y abrió Cora con molestia por el ruido que provocaron los golpes de Anaís.

— Oye, ¿no sabes tocar una puerta?

— Necesito que me dejes pasar por mi teléfono, debo hablarle a mi mamá.

— ¿Por qué? Esta no es hora para que tengas el teléfono.

— Mi hermana se siente mal, necesito que mi mamá venga para llevarla al hospital o ¿la van a llevar ustedes?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.