Las estrellas cayeron, las tierras se abrieron y los mares anduvieron.
En Atíntardha.
Hace siglos.
La princesa prisionera que fue hecha reina del país que masacró a su pueblo, murió en el parto, se desangró justo como la vieja bruja de Banadar decretó que pasaría.
Y a la mañana siguiente, el rey se ahorcó.
Todos lo recuerdan, no por la forma en que ambos terminaron, sino por el hijo que dejaron atrás; Alíbal I, el rey de Atíntardha, fundador de la dinastía más grande que el mundo haya conocido, los Aerllent Maltestar.
Alíbal fue un buen rey, benévolo y justo. Heredó la valentía de su madre y el coraje de su padre, pero también fue alcanzado por la crueldad que, por el mero hecho de ser hijo de ellos, le correspondía.
A esa crueldad el destino la llamó Varanna. Y Alíbal se casó con ella, condenando a todos sus descendientes a la gloria trágica, a ser siempre victoriosos, pero solo a través del dolor y la desesperación.
Pagando por los pecados que nunca cometieron y de los que no alcanzaron a escuchar, hasta que los Dioses decidan perdonar su existencia.