–Ya tenemos un rey, nunca le traicionaremos, Erhard. – le dijo Abdiel, cuando el niño hizo la misma pregunta que él a su padre hace tantos años.
–¿Y cuándo vendrá? –Erhard indagó.
–Pronto. –respondió Abdiel, más luego pensó << pero puede que, como mi padre, yo tampoco le vea llegar>>.
En algún lugar del mundo.
En una fecha desconocida
Zaratio, Hangondel.
Invierno del año 1197 de la t.d.
La esposa de Benjamín Lowys es una criatura siniestra, de eso él no tiene dudas.
Se casó con ella por razones que aún lo atormentan, y ha permanecido a su lado por el temor a las consecuencias de dejarla. Constanze le inspira un tipo de miedo del que Benjamín está seguro no podrá deshacerse en esta vida.
Es un miedo que refleja el de ella. Ninguno de los dos quiere perder nada de lo que tienen, aunque la forma en la que han conseguido edificar sus vidas no es digna de alardear.
–Vi al Curador Rangel salir esta mañana, no sabía que estabas enfermo. – ella está vestida como si estuviera a punto de festejar, lleva un vestido rojo y unos zapatos negros cuya cadena que se ata alrededor de su tobillo es de oro, pagada con los años de sufrimiento de Benjamín.
Su rostro esta radiante y el maquillaje oscuro solo resalta el color miel de sus ojos de una forma que hace que él no quiera verla más de lo necesario.
Es hermosa, eso no puede negarse, pero su belleza es siniestra, justo como su personalidad. Benjamín ha comprobado que un vistazo a su cara es encantador, pero verla de manera prolongada no es posible, después de un tiempo simplemente la encuentras espeluznante.
Y él ha pasado años con ella, así que no es raro que en su mente ella se haya convertido en un monstruo.
–No lo estoy, querida Constanze. –responde mientras vuelve su mirada a los papales sobre su escritorio, aunque sabe que ella no se irá.
Constanze Lowys, antes Cadwell Ludwing, es intrigante, mancharía su propio nombre si con eso lograra arrastrar al infierno a su peor enemigo. Lamentablemente para Benjamín, es él quien califica como el peor enemigo de ella.
–¿Ni si quiera tenéis un poco de ansiedad? – y como si él la hubiera invitado a acompañarlo, ella se sienta en el sillón junto a la ventana, que es también el asiento más cercano a él.
Cruza sus tobillos y despliega su abanico rojo, ella podría está en la peor nevada y aun así se abanicaría con elegancia. A Benjamín le irrita que siempre que ella hace eso, él se inclina como si fuera un colibrí frente a una flor, no puede evitar inhalar el perfume de ella, no puede evitar disfrutar de su olor, ella lo tiene atrapado de todas las formas que él desprecia.
Afortunadamente para su alma, Agatha ha venido a salvarlo de caer por completo en Constanze.
–¿Tienes algo que decir, querida Constanze, o has venido a dejar caer tu veneno con la esperanza de que esta vez sí lo pruebe? –
–Estas de mal humor, mejor enojado que ansioso, has mejorado en tus reacciones. – cierra su abanico, los brazaletes delgados de su mano tintinean, aunque por la forma acampanada de su manga no se ven. –Escuché que estás solo, tus socios se han retirado de La Farona. –
La mañana ya terminó, pero sigue siendo demasiado temprano para que ella le restriegue sus fracasos.
Fue Constanze quien le dijo desde el principio que La Farona era un mal negocio, ella maldijo cada paso que el dio, y ahora que ha perdido el apoyo de los dos socios con lo que contaba, ella debe estar regocijándose.
¿Cómo puede él permitirle semejante felicidad a costa suya?
–Tengo el dinero suficiente para sacar adelante a La Farona yo solo. –
–Qué declaración tan audaz, Benjamín. –
Y hay un secreto mal escondido en esa respuesta.
Los dos saben que, si bien es verdad que él tiene el dinero suficiente como para ser nombrado el segundo hombre más rico de Micelles – después del rey, por supuesto, aunque el noble Fabrizio Bornnont Argío solo ostenta el primer lugar por las apariencias. Pocos lo saben, pero la Corona tiene una deuda impagable con el banco de Benjamín – sin embargo, aun siendo el hombre más rico del país, le debe a su esposa más dinero del que puede reunir en esta y sus vidas venideras.
–No quiero ser tu socia, Benjamín. – ella se burla.
–No necesitas serlo, tu dinero lo reuní hace mucho tiempo, ahora existe una parte de mi fortuna que no te pertenece. –él miente y ella lo sabe.
¿Pero cómo podría él abiertamente admitirle una derrota?
Las apariencias son la única balsa en la tormenta que es su matrimonio, se ahogaran si son honestos.
–Abandona el negocio, Benjamín. Lo que pierdas ahora no será nada en comparación a lo que perderás en el futuro. Mi padre siempre dijo que los hombres que no nacieron libres, nunca saben qué hacer una vez que lo son. Él… -
–Él está muerto, Constanze. – su respuesta es lo suficientemente dura como para silenciarla.
Ricardo Cadwell Nithard fue en la opinión de Constanze, una eminencia en los negocios, un hombre con una visión clara y futurista, y además de ello, un buen ser humano y un excelente padre. Ella lo juzga como una hija, sin objetividad y totalmente parcial.