La ansiedad me consumía por segunda vez. Había planeado esto durante seis largos meses con tanto amor y dedicación que anhelaba con toda mi alma que esto saliera bien.
Ya estaba lista. Mi reflejo me impresionaba; durante mucho tiempo no pensé en lograr verme así algún día. Parada frente al espejo con un vestido blanco de manga larga y dobleces en el escote recto que mostraba mis hombros, sencillo, pero de seda. Un velo corto transparente liso y el cabello sujeto en media coleta con flores blancas y aretes largos en forma de gota. Mi maquillaje es sencillo y natural con tacones altos de punta. A solo unos minutos de entrar a la iglesia acompañada de mi padre. Las ganas de llorar por emoción querían ganarme. Pero mi padre entró antes de poder hacerlo.
—Cariño… —su voz se quebró y le sonreí al girarme. —Te ves preciosa, mi niña…
Reí con el llanto en la garganta. Caminé hacia él, estirando mi mano a la suya antes de sujetarla.
—Estoy lista, papi…
Dije de forma suave y mi padre soltó una lágrima, tomando mi mano y poniéndola en su brazo para empezar a caminar. El silencio era lo que más nos conectaba, y al estar frente a la puerta para entrar a la iglesia, mi padre me susurró.
—Yo siempre estaré aquí, hija… y si deseas volver algún día— me miró y el estómago me revolvió; sentía su miedo a soltarme. —No dudes en pedirme ayuda.
Mi padre no era de palabras, menos de gestos cariñosos, pero hoy me había dicho la cosa más importante: Estoy para ti. Mis ojos se humedecieron casi de inmediato. Asentí con una sonrisa al revés y apreté mi mano en su bíceps antes de jalar aire y mirar al frente.
Las puertas se abrieron y mantuve mi sonrisa de siempre, tratando de no dejar salir las lágrimas. Los invitados voltearon a vernos y la emoción me llenó el pecho. Mire al frente. Damien de smoking blanco, parado en el altar. Elegante y casi orgulloso de verme. Mis nervios aumentaron e hice todo lo posible por no tropezar. Familia, amigos, socios y futura familia estaban ahí por un acto de amor.
Al llegar al pie del pequeño escalón frente al padre. Damien bajó y extendió la mano izquierda. Mi padre lo miró y pasó su mano por mi mano.
La sostenía con fuerza y sentía su resistencia a dejar que mi mano quedara en la de Damien. A fin de cuentas, era la primera hija en casarse. Mi padre besó mi mano y, con lágrimas, la dejó en la de Damien. Este agradeció con un asentimiento de cabeza y me ayudó a subir el escalón.
Ya parados frente al padre, Damien sostenía mi mano derecha. El padre empezó su discurso y llegó el momento de los votos. Empezando por Damien, el cual se giró hacia mí, yo entregué el ramo a Gala. Me giré para quedar de frente; él tomó mis manos y comenzó.
—Yo, Damien Ivanov… Te tomo a ti, Valery Whithmore, como esposa— su tío se acercó a nosotros con los anillos y tomó el mío. — Juro elegirte todos los días, en la salud y enfermedad… Prometo escucharte, apoyarte y caminar a tu lado en todo lo que me queda de vida. Hoy decido construir un hogar a tu lado, paso a paso, con paciencia, respeto y todo lo que somos y seremos.
Las lágrimas me salían mientras él colocaba el anillo en mi dedo. Su tío se acercó a mí; agarré el anillo de él. Mire a Damien a los ojos. Sentía mi pecho llenarse de aire y la aceleración de mis latidos.
—Yo, Valery Whithmore… Te tomo a ti, Damien Ivanov, como esposo— las lágrimas comenzaron a salirme y Damien limpió con su dedo mi rostro mientras continuaba. —Juro amarte con paciencia y verdad, en todos los días felices y en todos los que nos reten… Prometo caminar siempre junto a ti y nunca dar por hecho todo lo que tengo a tu lado.
Damien sonrió, ligero como lo era siempre, pero con tranquilidad en sus ojos. Solté el aire que cargaba en el pecho mientras le colocaba el anillo. Sujeté su rostro y lo miré, con el amor desbordando mi corazón de la forma más dulce posible.
—¿Alguien se opone a este matrimonio?
El silencio llenó el lugar y la emoción me llenaba el cuerpo mientras Damien apretaba mi mano derecha. Algo en su mirada me llenaba de intriga; sus manos sudaban, casi temblando. Mirándome fijamente, casi nervioso. Mi boca se ensanchó ante la ternura que me causaba.
—Si nadie se opone… Puede besar a la novia.
Puso su mano izquierda en mi cintura y me acercó a él. Besándome de una forma tan dulce y tranquila. El ruido de alegría resonaba por todo el lugar. Pero mis oídos se sentían tapados, como si nada del mundo exterior importara más que lo que habíamos hecho. Había unido mi vida a la de Damien… y para siempre.
Salimos de la iglesia con alegría. Damien cargándome en brazos, la familia celebraba. La felicidad no cabía en mi rostro. Y todos nos dirigimos a la fiesta.
El lugar era un jardín con buganvilias, por obvias razones. Empezamos la fiesta con el vals, tanto el de nosotros como el de nuestros respectivos padres.
Mientras mi ahora esposo saludaba a sus socios, me acerqué a saludar a mis suegros. Los cuales me abrazaron con fraternidad y brindaron su emoción, al igual que el resto de su familia. Después de charlar un rato, se disculparon para ir a saludar a algunos amigos. Los dejé ir sin resentimiento y tomé asiento al lado de la abuela materna de Damien.
—Me alegra que haya podido venir, señora…
La mujer me miró y sonrió. Sufría de Alzheimer; no era algo grave, pero sí lo suficiente como para pasar la mayor parte del tiempo en su casa, así que era sorprendente que la hubieran traído.
—Me alegra que te hayas casado, cariño.
Acarició mi rostro y me sonrió. Tome su mano entre las mías y sobe con el pulgar el dorso de su mano.
—La alegría es mía… amo a su nieto, señora.
—Lo se Violetta.
Mi sonrisa se congeló un segundo. Se me contrajo el corazón ante la confusión de nombres. Sabía que no debía darle importancia, pero algo dentro de mí se removió. Había convivido con la señora durante meses. ¿Cómo podría no reconocerme? Su enfermedad era delicada, pero no tanto como para desconocer a sus seres queridos.