4 meses después
Una melodía de olas empezó a interrumpir mi sueño; de a poco empecé a abrir mis ojos. La habitación oscura y gire mi cuerpo. Damien dormía como un niño a mi lado, su cuerpo mirando al frente mientras su rostro me miraba a mí. Por instinto, acaricie su mejilla antes de sentarme. Tallé mi cara para quitar un poco el sueño y me senté en la orilla. Tragué saliva y traté de no recostarme de nuevo. Caminé en silencio al baño y después de despertar por completo lavé mi rostro y mis dientes. Al salir del baño, Damien ya estaba sentado en la cama, revisando su teléfono. Una sonrisa salió de la comisura de mis labios.
—Buenos días, amor…
Damien giró mientras yo caminaba a la cama. Al llegar, recargué mi rodilla derecha en el colchón y gateé hasta él, abrazándolo por la espalda.
—Buenos días, corazón —dijo con la voz ronca y dejó un beso corto en mis labios. —¿Qué tal dormiste? Te moviste mucho.
Me reí y besé su mejilla, antes de recargar mi cabeza en su hombro y acariciar su pecho.
—Bastante bien, aunque todavía tengo sueño.
—Duerme un poco más entonces… —Sugirió aún con la voz ronca por el sueño, y me reí. —Hablo en serio, corazón, si quieres, vuelve a dormir.
—No, para nada— Me bajé de la cama y tomé mi bata que estaba en el sillón. Cerca de la ventana. —Prometí cocinar tu desayuno y lo voy a cumplir.
Se levantó y sujetó mi cadera desde mi espalda antes de besar mi cuello.
—Como diga… señora Ivanov.
Su voz sonó como un ronroneo. Se dirigió al baño y, algo nerviosa, bajó a la cocina. Mi cara se sentía caliente; aún no me acostumbraba a la vida juntos. Con un bostezo saqué las cosas para prepararle su desayuno.
Pasé toda mi tarde en el invernadero. Acomodando las buganvilias que me había regalado esa semana. Ya que, a pesar de tener 4 meses de casados, manteníamos las rutinas de cuando éramos novios. Al terminar con mis flores, salí del lugar y caminé en el jardín hacia la mansión. Al entrar vi una de las cajas de Damien aún cerrada. Solté una risita y me la llevé al cuarto. Me senté en la alfombra de la pequeña sala del cuarto y la abrí. Empecé a acomodar las cosas en su lugar. Desde carpetas hasta decoraciones.
Ya había logrado acomodar la mayor parte de sus cosas. Pero me faltaban un álbum de fotos de su secundaria y algunas herramientas de caligrafía. Pensé un poco y me acordé de que en el último cajón de su buró no había guardado nada.
Me acerqué y traté de abrirlo. Pero noté que tenía llave. Pensé por un momento: “¿Me dio llaves de un cajón?” No recordaba con exactitud, así que decidí ir por mis llaves y ver si alguna abría el cajón.
Lo intenté con todas las llaves, pero el cajón no cedía. Me parecía curioso; estaba por levantarme del suelo cuando un fugaz recuerdo estremeció mi cuerpo.
—La alegría es mía… amo a su nieto, señora.
—Lo se Violetta.
Sentí una ansiedad desconocida cortarme el aire un momento. Me había prometido que no le daría importancia; además, unas palabras meses atrás no significaban nada. Ignore el sentimiento levantándome de golpe y dejando mis llaves en la cama.
—No tiene sentido pensar en eso… Su abuela no tiene buena memoria y seguro no es importante.
Reprendí mis sentimientos en voz alta, alejando esa incomodidad que estremecía el cuerpo. Bajé a la sala, esperando a que Damien regresara a casa para decirle del cajón. Seguro que se le había olvidado darme las llaves del cajón. A fin de cuentas, el primer día de la mudanza… estábamos bastante ocupados.
Damien llegó temprano como siempre. Lo recibí con un abrazo y un beso. Caminamos a la par a la cocina mientras me contaba su día. Serví la cena como de costumbre y mientras comíamos le contaba mi día.
—Ya casi termino de acomodar el invernadero —comenté mientras cortaba el vegetal en mi plato.
—Me alero, corazón— llevo un bocado a su boca antes de proseguir. —¿Es cómodo el espacio para ti?
—Sí, la verdad es que es un poco más grande de lo que planeaba —admití antes de tocar su mano con mis dedos. —Pero es perfecto, amor, de verdad que tener más espacio me da más ideas.
Me sonrió con suficiencia y la conversación pasó a cosas más triviales. Como que haríamos mañana cosas bastante aburridas, la verdad.
Al terminar de cenar, recogí la mesa y mientras lavaba los platos, Damien salió un rato al invernadero. Mientras fregaba, recordé que había olvidado mencionar lo del cajón. En realidad, no tenía prisa por ello, pero si debía entretenerme con terminar de ordenar las cosas, sería mejor decirle antes de dormir. Para que así, si necesitaba sacar copia de la llave, pudiera sacarla mañana.
Me asomé por la ventana de la sala; al ver que mi esposo ya había apagado las luces del invernadero, dejé la puerta hacia el patio abierta y me subí al cuarto. Ya en la habitación me metí al vestidor, saqué el pijama y me cambié. Dejé todo en su lugar antes de entrar al baño, enjuagué mi rostro y unté las cremas de cada noche. Cuando salí de nuevo a la habitación, Damien ya se encontraba ahí con el pijama casi puesto, y noté que tenía una hoja en la mano.
—¿Qué es eso, cielo?
En cuanto escuchó mi voz, sentí cómo se tensó el ambiente. Damien estaba de espaldas, pero podía notar cómo su cuerpo se ponía rígido un momento antes de dejar la hoja dentro de algún cajón.
—Nada, corazón, solo son unos papeles… ¿Ya estás lista para dormir?
Asentí y me senté en la cama. —Sí… —me aclaré la garganta mientras me cubría las piernas con las sábanas. —Por cierto, hoy en la tarde quise guardar tu álbum y algunas cosas de caligrafía en el cajón de tu buró, pero tenía llave.
Damien se quedó callado, girándose de a poco y sin mirarme del todo; su voz sonaba incómoda, inclusive algo distante.
—Ah, sí, es que aquí tengo unos documentos… —se agachó un momento antes de acomodarse en la cama—. No tienes que preocuparte, no son importantes.