Fernando.
Un rugido de furia incontenible me desgarró el pecho. Estrellé el puño contra el escritorio de madera maciza con tal violencia que el ordenador y la papelería cayeron de su sitio. El aire dentro de mi oficina se volvió sofocante, incapaz de llenar mis pulmones. La rabia me estaba aniquilando.
—No… no puede ser verdad.
Las fotografías seguían en la pantalla del celular. Mis dedos temblorosos volvieron a desplazar la imagen, deseando con cada fibra de mi ser que fuera una ilusión, un fotomontaje grotesco. Pero no fue así, allí estaba ella. Mi dulce Frania. La mujer por la que estaba dispuesto a renunciar a mi linaje, a mi fortuna y a mi propia madre.
Ella aparecía abrazada a un desconocido, besándolo. Había fotos de ellos entrando a la recepción de un hotel, y la peor de todas... en una cama, acurrucada junto a él con la misma tranquilidad con la que solía posar la cabeza sobre mi pecho. Parecía dormida.
El dolor fue tan devastador que sentí cómo el corazón se me partía literalmente en dos, dejando un vacío desgarrador . La luz que tanto le agradecía haber traído a mi vida se apagó de golpe, sustituida por una rabia ciega.
Tenía que irme. No podía estar ni un segundo más en este lugar.
Salí disparado de la oficina. Caminé por el pasillo del supermercado a pasos agigantados, con los puños apretados a los costados y la mandíbula tan tensa que los dientes me dolían. Los empleados me miraban al pasar, sorprendidos por la sombra destructiva que cubría mi rostro, pero nadie se atrevió a dirigirme la palabra.
En la entrada del área administrativa me topé de frente con Roberto, el subgerente del supermercado.
—Señor Fernando, justo lo estaba buscando —dijo sosteniendo una carpeta de inventario—. Nos llegó el pedido de los supermercados La Colonia y necesito su firma para...
—Hazte cargo de todo, Roberto —lo interrumpí con una voz rasposa, cargada de un veneno que ni yo mismo reconocía.
El subgerente parpadeó, desconcertado.
—¿Cómo dice, señor? Pero usted tenía que revisar los cierres de caja y el cargamento de la tarde…
—¡Dije que te hagas cargo! —le grité, tomándolo del hombro con firmeza—. Cierra la oficina, supervisa a los empleados y atiende los pedidos de mi madre. No me llames, no me busques y no me busques en la residencia. Tengo un asunto urgente que resolver. ¿Entendiste?
—S-sí, señor Fernando. No se preocupe, yo me encargo de todo —respondió Roberto, asustado ante mi reacción.
Sin decir una palabra más, le arrojé las llaves de la oficina sobre la carpeta que llevaba en las manos, crucé el vestíbulo a zancadas y salí al estacionamiento.
Subí a mi auto y encendí el motor. Aceleré a fondo, manejando por la carretera Masaya como un demente. El trayecto hacia la residencia era una pesadilla que deseaba despertar. Sin esperar los semáforos acelere pasando los tramos de carretera sin importarme lo qué sucediera.
Su voz, que parecía dulce, me hacía recordar sus palabras de la noche anterior: «Nunca nada ni nadie nos va a separar». ¡Qué estupido fui! Me había tragado cada una de sus mentiras, sus miradas limpias, su supuesta humildad.
Todo había sido un teatro fríamente calculado para atraparme. Seguramente se estaba burlando de mí con su amante.
Llegué a la casa, derrapando los neumáticos sobre la gravilla de la cochera. Bajé dando un portazo y entré a la residencia. Subí las escaleras de dos en dos, impulsado por una furia ciega que ahogaba las lágrimas que amenazaban con salir de mis ojos.
Llegué a nuestra habitación y empujé la puerta de golpe.
Frania estaba sentada al borde de la cama, rodeada de revistas de repostería. Sostenía un cuaderno y sonreía plácidamente mientras hojeaba las portadas para preparar pasteles, con esa expresión dulce y serena que horas antes me parecía angelical. Al verme entrar tan abruptamente, la sonrisa se le iluminó aún más.
—¡Fer! Llegaste temprano, mi amor —dijo con voz suave, dejando la revista a un lado y poniéndose de pie para recibirme—. No sabes, estaba viendo unas ideas preciosas para los pasteles que te conté y…
—¡Cállate! — rugí, deteniéndola en seco a mitad del paso.
Frania se congeló. Su rostro pasó de la ilusión a la confusión en un segundo.
—¿Fer...? ¿Qué te pasa? ¿Ocurrió algo en el trabajo?
—¡No te atrevas a llamarme así! ¡No te atrevas a actuar como si fueras una santa! —grité, caminando hacia ella. Saqué el teléfono del bolsillo con la mano temblorosa y se lo estampé prácticamente en la cara—. ¡Explicame esto! ¡Explícame qué demonios significa esto!
Frania tomó el celular con manos inseguras. Al mirar la pantalla, el poco color que tenía en el rostro desapareció por completo. Sus ojos se abrieron de par en par, llenándose de un horror genuino.
—¿Qué... ¿Qué es esto? Fer, esto... Esto no es lo que parece. Yo no sé quién tomó esto, pero yo jamás…
—¡No me mientas en la cara! —le arrebaté el teléfono de un manotazo, haciendo que cayera sobre las revistas de pasteles—. ¡Son fotos tuyas! ¡En un hotel! ¡En una cama con otro hombre mientras yo me mataba pensando en cómo renunciar a mi familia por ti! ¿Dime desde cuando me estabas engañando?
—¡Escúchame, por favor! —suplicó ella, intentando acercarse y tomar mis manos, pero la aparté de un empujón brusco—. ¡Te juro por Dios que yo no he estado con nadie más! ¡Yo te amo a ti, Fernando! Hay una confusión, déjame explicarte…
—¡No hay nada que explicar! Las imágenes son claras. Eres una cínica. Todo este tiempo tuvo razón mi madre... Solo eras una muerta de hambre que buscaba sacarse hasta el último centavo mientras te reías de mí con tu amante.
—¡No! ¡No me digas eso! —las lágrimas comenzaron a brotar a mares de sus ojos, cubriéndose el rostro con dolor—. ¡Tú me conoces! Sabes quién soy, sabes que jamás te haría algo así... No me hagas esto, Fernando, no entiendo qué está pasando pero no es verdad…