Frania.
Me quedé de pie en medio del camellón de la residencia, con la vista nublada por un mar de lágrimas que no dejaba de caer.
El frío de la lluvia comenzó a empaparme la ropa, pero nada se comparaba al hielo que me congelaba el pecho.
¿Cómo pudo pensar eso de mí? ¿Cómo fue capaz de dudar de mi amor de esa manera?
Junté mis manos sobre el pecho, intentando ahogar los sollozos que me desgarramaban la garganta. No entendía nada. Esas fotografías eran falsas totalmente, las imágenes eran horribles, varias en en un lugar en el que jamás había puesto un pie, con un hombre al que ni siquiera conocía.
Era una trampa, una pesadilla perversa de la que no podía despertar, seguramente su madre tuvo mucho que ver. Me odiaba por ser pobre, por mi maldito estatus social, y el nisiquiera se digno a escucharme.
Escuché unos pasos firmes sobre la gravilla mojada. Al levantar la mirada, vi a la madre de Fernando acercarse a mí. Traía un paraguas negro y una sonrisa de desprecio grabado en el rostro. Se detuvo a unos metros y sacó un mazo de billetes de su bolso. Sin un ápice de piedad, me los lanzó de golpe a la cara. Los billetes cayeron al suelo, empapándose en el lodo.
—¡Lárgate! —me gritó con un veneno absoluto—. Mi hijo no quiere saber nada de ti. ¡Eres una sucia! ¿Cómo pudiste hacerle eso cuando él te amaba con locura? Yo ya sabía la clase de araña que eras, sin embargo, no imaginé que fueras tan cínica.
—¡Yo no hice nada, señora! —supliqué entre lágrimas, cayendo de rodillas sin importarme el lodo—. ¡Se lo juro por Dios! Por favor, escúcheme... Dígale a Fernando que quiero hablar con él, que me escuche solo cinco minutos...quizá usted fue quien hizo toda esta farza...
Ella soltó una risa burlona.
—Dudo mucho que quiera escucharte, además yo ni siguiera he salido de esta casa para saber en qué andas—interrumpió con desdén, mirándome desde arriba—. Y espero que mi hijo esté bien. Nunca vuelvas a aparecerte por aquí. Lárgate o llamo a la policía, ¡eres una zorra!
Sus palabras fueron estocadas directas al corazón. Me puse de pie como pude y caminé con el corazón acojonado, arrastrando los pies sin un rumbo fijo. Jamás imaginé que Fernando fuera capaz de pensar eso de mí, que tirara a la basura seis meses de entrega, de promesas por unos papeles impresos con mentiras.
Caminé durante horas bajo la lluvia hasta que las fuerzas se me acabaron. Por suerte, en el bolsillo de mi saco conservaba un poco de dinero en efectivo; la paga que me habían dado el día anterior por ayudar a decorar unos pasteles para un evento local. Era lo único que tenía.
Busqué un hospedaje humilde y pagué por una habitación pequeña.
Al cerrarse la puerta del cuarto, me dejé caer en la cama. Lloré hasta quedarme sin aliento. Jamás había cometido tal acto... ¿de dónde habían sacado esas fotografías que ni yo misma entendía? Todo era una total y maldita mentira.
—Porque preferiste creer en esa mentira qué en mí — musité sin poder contener mis lágrimas. Baje la cabeza bajo mis piernas y lloré como una chiquilla.
Al día siguiente, cuando intenté levantarme de la cama, un mareo terrible me hizo tambalear. Un dolor punzante en el vientre me dobló en dos y sentí que el cuerpo me ardía en fiebre. Salí al pasillo apoyándome en la pared. La casera del hospedaje, al verme pálida y sudorosa, se acercó asustada.
—Muchacha, estás hirviendo en fiebre. Es mejor que vayas a un hospital ahora mismo…
No alcancé a responderle. Todo se volvió negro y mis piernas cedieron.
***
Al abrir los ojos, aun me sentía mareada, las luces blancas me indicaron que estaba en un hospital público. Una enfermera ajustaba el suero que caía directamente a mi vena.
—Señorita, qué bueno que despierta —dijo suavemente—. Tiene un poco de fiebre, pero ya se la estamos controlando. ¿Está sola? ¿Tiene algún familiar a quien podamos avisar?
—Sí... estoy sola —susurré con la voz rota.
Recordé que mi teléfono celular se había quedado en la residencia, sobre la cama, en medio de todo lo sucedido.
—Por favor... ¿me prestaría un teléfono? Necesito hacer una llamada urgente.
La enfermera asintió con compasión y me acercó un teléfono móvil del área. Con los dedos temblorosos, marqué el número de Fernando. Rogué a Dios para que me respondiera. Al cuarto timbre, la llamada se cruzó.
—¿Bueno? —escuché su voz, fría y distante.
—¡Fernando! ¡Soy yo! —grité en un sollozo desesperado—. ¡Fernando, no me cuelgues!
—¡No me vuelvas a llamar! —me gritó con rabia al otro lado de la línea.
—¡Escúchame, por favor! Me siento muy mal, estoy en un hospital... Necesito verte, por favor, déjame explicarte…
—¡No te creo! ¡No te creo nada! —su voz temblaba de ira—. ¿Qué quieres? ¿Dinero? Me dijo mi madre que te dio dinero y que lo aceptaste. ¿Ahora qué esperas? ¿Crees que soy un tonto iluso?
—¡No, Fernando, yo no acepté nada, escúchame...!
El sonido del tono de llamada finalizado. Me había colgado. El dolor en el pecho me ahogó y empecé a llorar desconsoladamente, apretando el teléfono contra mi rostro.
—Tranquila, señorita, por favor no se altere —me pidió el médico entrando a la sala—. Debe quedarse tranquila. Lleva un día entero descansando aquí porque ingresó con una amenaza de aborto.
Me congelé. El llanto se detuvo de golpe.
—¿A-amenaza de qué...? —balbuceé, sintiendo que el mi corazón latía con miedo.
—Amenaza de aborto —repitió el doctor con seriedad—. Está embarazada, señorita. Tiene apenas unas semanas de gestación. Su cuerpo ha sufrido un estrés traumático y debe cuidarse estrictamente si quiere salvar a su bebé. Le daremos el alta cuando se encuentre mejor.
Me cubrí la boca con ambas manos mientras las lágrimas volvían a correr, pero esta vez con una mezcla de conmoción e impacto indescriptible.
Estaba esperando un hijo... un hijo de Fernando. No tenía idea de que llevaba una vida dentro de mí, ni sabía cómo saldría adelante en la miseria.