Buscando A Papá

5. Destrozado por tu amor.

Fernando

Mi corazón se sentía desgarrado, adolorido. No podía parar de llorar ni de pensar en ella a cada segundo. Haber escuchado su voz por el teléfono me hacía sentir miserable y débil, pero mi madre estaba a mi lado, repitiendo una y otra vez que no le creyera, que tenía que ser fuerte o, de lo contrario, esa mujer volvería a verme la cara de imbécil.

Con el alma hecha pedazos, no tuve más remedio que colgarle.

¿Por qué soy tan tonto? ¿Por qué sigo tan profundamente enamorado? Pensé que ella lo era todo para mí, pero resultó ser exactamente lo contrario a lo que imaginaba. Ahora no sabía qué hacer ni cómo pensar.

Una parte de mí suplicaba por ir a buscarla y darle una oportunidad, pero la rabia me frenaba. No, no puedo... ni siquiera la escuché, la dejé ir.

Dos voces luchaban en mi interior: una me exigía que no la buscara y la otra me suplicaba que fuera a pedirle una explicación. ¡No tenía una puta idea de qué hacer!

Pasé los siguientes días encerrado en mi habitación. Lo único que hacía era beber, levantarme, volver a tomar y mirar obsesivamente la única fotografía de ella que no me había atrevido a destruir. El dolor en la garganta me ardía. Mi madre tocaba a la puerta una y otra vez, pero yo no tenía deseos ni de respirar.

—Por favor, hijo... La empresa te necesita, yo te necesito. Abre la puerta, Fernando, escúchame —suplicaba desde el pasillo.

Seguí tomando desesperadamente hasta perder la noción del tiempo. Me metí a la ducha para intentar espantar la borrachera y decidí salir. Tenía que atender unos asuntos; mi madre tenía razón en algo: no podía quedarme sepultado entre cuatro paredes por un amor que para mí fue sincero, sin embargo para ella solo fue un juego.

Al salir a la entrada de la mansión, me encontré de frente con Tatiana. Al verme, se acercó de inmediato y me abrazó.

—Lo siento mucho, Fer. Jamás imaginé que esa mujer, que parecía una santa, te fuera a engañar de esa manera.

La quedé viendo, confundido.

—¿Y tú cómo sabes todo eso?

—Pues... yo también la vi en una ocasión.

—¿La viste? —sonreí de lado, lleno de amargura.

—Tranquilo, estoy aquí para ti. Sabes que siempre he sentido cosas por ti, y es mejor que la olvides.

Tatiana enredó sus brazos alrededor de mi cuello e intentó besarme. La aparté al instante, girando el rostro.

—No hagas eso, por favor, Tatiana.

—Estás vulnerable, Fer…quiero estar a tu lado.

—Nunca te he dado motivos para que sientas algo por mí. Te aprecio, eres mi amiga, pero desgraciadamente solo amo a una mujer. No estoy bien ahora.

—Lo siento mucho, Fer. Discúlpame —suspiró ella, mirando hacia la calle—. Si quieres te acompaño, no te ves nada bien.

Miré hacia afuera y se me quitaron las ganas de salir. Entré de nuevo a la casa. Mi madre me miró sorprendida.

—¿Qué pasa, hijo? Llamaré al gerente para ver cómo está todo en la oficina, no te preocupes si no quieres salir. Pero... —mi madre se acercó a Tatiana — Bienvenida querida.

—Señora, vine a ver a Fernando. También quería hablar con él sobre lo que vi de su esposa…

—Mi hijo debe saber la clase de mujer que es…

—¡Cállense! —grité, fuera de mí—. ¡Me molesta escucharlas hablar! ¡No la vuelvan a mencionar!

Subí las escaleras a toda prisa, me encerré en mi habitación y comencé a golpear la pared con los puños cerrados hasta que los nudillos me sangraron.

¿Por qué me hiciste esto, Frania? Ahora resulta que hasta Tatiana te vio... ¿Por qué? ¿Acaso no fui suficiente hombre para ti?

¿Querías jugar conmigo solo por ver que era un estúpido enamorado?

Tomé la botella directamente del pico y seguí bebiendo hasta que perdí el conocimiento.

Otro día pasó. Me bañé, me afeité e intenté marcarle a Frania, pero recordé que su móvil se había quedado en la mansión el día que se fue. La duda me carcomía de nuevo: si su celular estaba aquí, ¿desde dónde me había llamado aquel día que ni siquiera lo noté?

Al bajar las escaleras me encontré con la señora del servicio.

—Señor Fernando, ¿cómo se encuentra?

—Muy bien... ¿Qué deseas? —pregunté con frialdad.

—La señora Frania vino hace dos días... ella se fue cuando usted estaba platicando con la señorita Tatiana.

Me detuve en seco.

—¿Qué? ¿Estás segura? ¿Hablaste con ella?

—No, señor. Cuando quise acercarme, ella ya se había ido. Por favor, no se lo diga a su madre o me echará... La señora Frania es una buena persona, ella realmente lo ama. No ande creyendo todo lo que dicen las personas. Acuérdese que hoy en día la tecnología está muy avanzada y las imágenes pueden confundir a cualquiera. Es solo un consejo...

Suspire con desesperación

—No obstante, todo parecía tan evidente.

—Mejor busquela y escúchela. Le pido que no me delate, necesito el trabajo.

No dije nada. Salí disparado de la mansión y me subí al auto. Apreté el volante con fuerza; la rabia y la confusión me consumían. Tenía la necesidad de buscarla y exigirle una maldita explicación. ¿Fui un estúpido al echarla? Y ella le aceptó dinero a mi madre para irse... ¿O eso también era mentira?

¿Todo fue un plan para dejarme?

"No creas eso, ella te ama", me decía una voz. "¡No te ama, te usó!", gritaba la otra.

Aceleré a toda prisa por la carretera, sin prestar atención al camino. Al llegar a una curva cerrada, perdí por completo el control del vehículo. Las llantas derraparon violentamente sobre el asfalto mojado.

—¡Mierda! —alcancé a gritar.

El coche salió proyectado, dando varias vueltas de campana por el barranco antes de estrellarse con fuerza brutal. El techo se aplastó y el metal crujió contra mi cuerpo. Quedé totalmente prensado entre los fierros retorcidos del parabrisas y el asiento.

El dolor en mi pecho y en la cabeza era insoportable. Sentí la sangré caliente brotando de mi frente y cayéndome sobre los ojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.