Buscando A Papá

6. Mi bebé

Frania

Los meses habían transcurrido desde aquel fatídico día, pero la tristeza y el desamparo aún abarcaban cada rincón de mi interior. El rechazo de mi esposo me carcomía en silencio; a estas alturas, estaba segura de que Fernando ya se había divorciado de mí mediante algún trámite unilateral, sin siquiera darme la cara.

Me dolía profundamente; su desprecio me hacía sentir insignificante, como si fuera una mujer cualquiera a la que se puede desechar tras un par de meses. No me quedaba duda de que él ahora era feliz, viviendo plácidamente con la mujer a la que vi a su lado esa vez.

Durante este tiempo, mi cuerpo había cambiado. Mi vientre había crecido bastante; ya no era imperceptible, sino un bulto dulce y prominente que albergaba una vida en su interior. La pequeña criatura jugaba en mis entrañas, trayéndome destellos de luz a pesar de los días oscuros en los que la nostalgia me sofocaba.

Estaba viviendo con mi abuelita, en la misma casita modesta de la que me había ido el día que conocí a Fernando.

—Mira lo que te preparé —escuché la voz pausada de mi abuela mientras se acercaba a mí.

—¿Te gusta?

—¿Que es Mamá Chonita? —pregunté mirando el hermoso conjunto tejido ella me lo mostró y era para niña—. Es hermoso... pero, ¿cómo sabes tan segura que va a ser niña?

Mi abuela sonrió ampliamente.

—Porque hay un dicho sabio que dice que la maternidad se refleja clara en el rostro y el cuerpo de la mujer. A pesar de que tu brillo está apagado por tanto dolor, tu bebé está creciendo muy bien. Esa pancita redondita no parece un huevo, parece una pelotita perfecta. Se nota a leguas que es una niña. Además, se lo hemos pedido tanto al Señor... No te preocupes, mi niña, vas a ver que vas a salir de esta como siempre has salido adelante.

—Gracias por estar conmigo siempre, Mamá Chonita. Gracias por no abandonarme, por no dejarme a mi suerte cuando mi propia madre me dejó por seguir a ese hombre.

—Tranquila, mi amor, no llores por favor —murmuró acariciándome suavemente el rostro.

Sus caricias desataron un torrente de lágrimas que intenté contener. A veces sentía una necesidad desgarradora de un abrazo, de un refugio seguro. Quizás me enamoré de Fernando por la forma tan noble y atenta con la que me trató al principio, pero con el tiempo comprendí que para él eso no era amor verdadero. Prefirió creer ciegamente en las mentiras manipuladoras de su madre antes que en mí. Sin embargo, no lo culpaba del todo; a veces las personas prefieren creerle a sus propios padres antes que a una mujer que conocen desde hace menos de un año.

A pesar de su desprecio y de que no estaba a mi lado, me había dejado el regalo más hermoso de la vida. Acaricié mi pancita abultada y le hablé en un susurro a mi bebé:

—Vas a ver, mi amor, que vas a ser una niña muy orgullosa, porque tu mamá va a hacer absolutamente todo para que seas feliz... ¿Verdad que sí, abuelita Chonita?

—¡Por supuesto que sí! —dijo mi abuela sonriendo, para luego darme un beso tierno en la mejilla—. Voy a prepararle más ropita. También tengo unos encargos que entregar, así que no voy a estar en la casa estos días.

—¿A dónde irás, Mamá Chonita?

—Iré a unas comarcas cercanas a entregar unos vestiditos. Ahí te dejé una masa lista para que prepares las galletas de mantequilla y las lleves a vender a la escuelita.

—Entendido. Claro que sí, Mamá Chonita, no te preocupes por mí. Verás que te traeré mucho dinero.

—Recuerda que ese dinerito es tuyo, mi vida.

—Pero siento que estoy abusando de tu generosidad…

—Tú no estás abusando de mí, Frania —me interrumpió con ternura—. Soy tu abuela, te amo con el alma y solo quiero tu bienestar y el de nuestra pequeña. Ahora somos tres contra todo.

Le di un beso en la mejilla y la vi retirarse. Cuando se fue, exhalé un largo suspiro y me limpié los ojos con el dorso de la mano. Las marcadas ojeras en mi rostro delataban mis noches en blanco, atormentada por el insomnio y el llanto.

El médico me había advertido en la última consulta que tratara de no llorar, que el sufrimiento y el estrés le hacían daño a la bebé. Aún no teníamos una ecografía clara, pero si Mamá Chonita aseguraba que era niña, yo le creía con todo mi corazón.

—Es verdad, pequeña mía... —murmuré acariciando la piel tirante de mi vientre.

Al escuchar mi voz, la bebé respondió de inmediato: una patadita firme y una ráfaga de movimientos dentro de mí marcaron su presencia, como queriendo decirme que ella estaba ahí para mí, que nunca me dejaría sola.

Los días avanzaron con una lentitud pesada. Mi cuerpo se sentía cada vez más exhausto; acababa de cumplir los ocho meses de gestación y la carga física y emocional me sobrepasaba. Mamá Chonita había decidido viajar a una comarca vecina para entregar una orden de ropitas de recién nacido: gorritos, malemucos y pantaloncitos que costura con telas finas que consiguió de la zona franca.

Salí un momento al patio y noté cómo el cielo comenzaba a oscurecerse con nubes densas de lluvia. Con prisa, recogí la ropita que había lavado con tanto esmero para el nacimiento de mi hija. Esos días tenía programada mi cita médica, así que debía estar lista. Al pasar junto al jardín, miré las flores que florecían con fuerza y me saqué una pequeña sonrisa.

De pronto, un ataque de tos seca me interrumpió y un cansancio brutal me aplastó los hombros. Entré a la casa, cerré las puertas para resguardarme del frío y, al apoyar la mano en la mesa, sentí un dolorcito punzante y extraño en el pecho.

—¿Qué es esto?... —murmuré para mí misma, tratando de recobrar el aliento.

Decidí ignorar la molestia y salir a vender las galletas antes de que los niños de la escuelita salieran al receso. Sin embargo, al llegar a la orilla de la carretera, me di cuenta de que el transporte estaba paralizado; pasaban taxis llenos y el autobús ni siquiera aparecía. De la nada, la opresión en mi pecho se volvió sofocante, como si una garra invisible me apretara el corazón.




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