Buscando A Papá

7. Un milagro

Narra Frania

Mi corazón latía con fuerza, mientras la enfermera me limpiaba.

No sabía absolutamente nada de mi bebé; nadie me daba noticias y sentía que en cualquier segundo iba a colapsar de la angustia. Me invadía un mareo espantoso, una debilidad que me doblaba el alma.

—Por favor, se lo suplico... vaya a ver a mi hija —le rogué a la mujer con el hilo de voz que me quedaba—. Vaya y dígame si mi niña está bien.

—Tranquila, muchacha. Esté calmada, que pronto vendrá el médico a hablarle —me repetía para calmarme, pero esas palabras no me traían paz.

No me habían dicho nada y el miedo a recibir la peor noticia me estaba comiendo viva. En ese preciso momento, la puerta de la sala se abrió. Entró el doctor acompañado por el hombre noble que me había recogido en la carretera.

—Tranquila, ya todo está bien —expresó el doctor con una sonrisa franca.

—Doctor... ¿qué pasó? ¿Mi bebé está bien? —pregunté con el nudo apretado en la garganta.

—Su bebé está con vida, muchacha. Lo de su hija fue un verdadero milagro de Dios, había entrado en paro, prácticamente ya la contábamos por muerta, pero resucitó gracias a la intervención rápida de este buen médico —dijo señalando al otro hombre.

Quedé mirando al desconocido con los ojos anegados en llanto. Él se acercó a la orilla de la camilla; estiré mi mano temblorosa, le agarré la suya con fuerza y le dije desde el fondo de mi alma:

—Gracias, doctor... Usted me tendió la mano dos veces hoy. Primero en el camino y ahora le devuelve la vida a mi tiernita. Que mi Dios Santo se lo pague en bendiciones.

—Tranquilícese —me respondió él con voz afable—. Ahora solo queda esperar las primeras veinticuatro horas en observación. Usted también perdió muchísima sangre y tiene que cuidarse.

—Pero no puedo estar bien sin ver a mi tiernita... —murmuré apretando su mano.

—Necesita reposar y relajarse. En cuanto la chiquita esté más estable, se la van a traer —me indicó el médico antes de darle unas instrucciones a la enfermera y retirarse junto al otro doctor.

Bajé la mirada hacia las cobijas, sintiendo un vacío en el vientre pero con el alma devolviéndome al cuerpo. No me quedaba más que aguantar las ganas de correr a buscarla y esperar.

A los pocos minutos, el teléfono celular que traía en la bolsa sonó sobre la mesita de noche. La enfermera hizo el favor de alcanzarlo.

—Es una llamada. Conteste, seguro es su familia.

Al mirar la pantalla y presionar el botón, escuché la voz agitada de mi abuela.

—¿Mamá Chonita?

—¡Mi niña! ¿Dónde estás? ¡Me tenés con el Jesús en la boca!

—exclamó la vieja al otro lado de la línea.

—Mamá chonita... no pude llegar a vender las galletas a la escuela…

—¿Pero cómo estás, mi amor? Me avisó una vecina de la comarca que te vieron subir llena de dolor a un auto particular. Las galletas no importan ahora.

—Se me adelantó el parto, Mamá Chonita... Mi pequeña niña casi se me muere en la sala de parto —solté el llanto contenido.

—¡Santísima Virgen María! Tranquila, mi vida, ¿en qué hospital estás?

—Estoy en el hospital del pueblo, el más cercano a la carretera.

—Ya voy para allá saliendo en carrera. No te me desespere, mi niña, tené fe.

Corté la llamada y me recosté en la almohada, tratando de apaciguar el temblor de mis manos. La enfermera regresó trayendo un tazón de tibio.

—Tómese este tibio de pinolillo caliente que le preparamos. No se angustie más; ya verá que esa pequeña valiente va a salir adelante.

Asentí en silencio, tragándome las lágrimas. Con la fe puesta en el Señor y en la Virgencita, me repetía hacia adentro que Jesús estaba de mi lado. Él nos había protegido en ese camino desolado y no iba a abandonar a mi criatura. Terminé de tomarme el alimento y me quedé quietecita.

Los pechos me empezaron a doler con fuerza, cargándose de la leche materna, que esperaba por mi bebecita.

Al rato, la puerta se abrió de par en par y vi entrar a Mamá Chonita. Venía con el rostro fatigado por la carrerita, pero al verme se abalanzó a abrazarme. Me besó la mejilla con ternura y me acarició la cabeza como cuando era una niña.

—Ya ves, mi amor... Pregunté por ti en recepción y solo me llevaron a asomarme a la sala de neonato. ¡Es una muchachita preciosa! Tan rubia y bonita como lo eras tú cuando naciste.

—Así es, Mamá Chonita —le respondí sonriendo entre el cansancio—. Sé muy bien que mi bebé va a salir de esta, no tengo ni la menor duda. Ella es un milagro patrio de Dios y vas a ver que todo saldrá bien de hoy en adelante.

Nos quedamos en un silencio reconfortante, velando el tiempo con el alma en vilo. Tras un par de horas pesadas para mí, la puerta se volvió a abrir. Una doctora y la enfermera entraron cargando a mi bebé envuelto en una mantita suave. Me la acercaron con delicadeza y la depositaron en mis brazos.

Al sentir su pesito tibio contra mi pecho, las lágrimas brotaron a mares, pero esta vez eran de pura alegría.

—Mi pequeña valiente... ya estás aquí con tu mamá —le susurré. Besé su cabecita suave y redondita como una muñequita de porcelana.

—Debe amamantarla ahora mismo —nos explicó la doctora con amabilidad—. La niña ya está fuera de peligro inmediato, pero en cuanto termine de comer debemos llevarla de regreso.

—¿Se la van a llevar de nuevo? —pregunté sintiendo una punzada de temor.

—Sí, mamita —asintió la doctora—. Tiene que quedarse en observación unas horas más por haber nacido ocho meses, pero solo es por pura prevención.

La doctora y la enfermera salieron para darnos privacidad. Mi abuelita se arrimó a la orilla de la cama y contuvo el aliento al ver a la tiernita. Mientras yo me limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, la bebé buscó instintivamente mi pecho y empezó a succionar con una fuerza asombrosa para su tamaño.

—¿Cómo la vas a llamar, mi niña? —me preguntó Mamá Chonita, besándome la sien.




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