Presente
Valentina
—¡Vendo chicles! ¡Chicles de sabores para masticar, relajar los músculos de los dientes y ponerse feliz! —grité en medio del barullo, levantando la canastita lo más alto que me daban los brazos para que los señores que venían saliendo del mercado me vieran.
Alcancé a vender los últimos paquetes cuando vi venir a mamá Chonita. Caminaba despacio, arrastrando un poco la pierna por las rodillas cansadas, pero traía en los ojos esa chispita clara de cuando las cosas salen bien.
—Vendí todas las galletas, mi niña —me dijo con una sonrisa dulce.
—¡Y yo vendí todos los chicles, mamá Chonita! ¡trescientos córdobas! ¿Podés creerlo?
Apreté el dinero y las moneditas frías en la palma de la mano, sintiendo un orgullo caliente en el pecho.
Agarré mi mochilita de tela donde siempre cargo la Biblia —porque la Palabra da fuerza cuando los caminos tienen muchas piedras— y nos fuimos juntas a la pulpería a comprar un poco de harina, 3 kilos de azúcar, arroz, un poco de manteca y la sal que ya se estaba acabando en la casa.
Mamá Chonita me sostenía de la manita, caminando despacio y mirando para todos lados, vigilando los carretones y el tráfico.
—Abuelita Chonita... ¿por qué la mami se siente tan enferma últimamente? —le pregunté de repente, deteniéndome en la mera entrada del callejón.
Ella se paró en seco, dio un pálpito largo y bajó hasta quedar a mi altura. Verla agacharse con tanto esfuerzo me dio pena.
—Se te va a doblar la rabadilla, abuelita, no te pongas así —le dije dándole una palmadita suavecita en el hombro.
—Vamos a sentarnos en esa banca mejor —asintió ella, acariciándome los rizos.
Nos acomodamos bajo la sombra de un árbol de nim. Mamá Chonita miró hacia la calle con los ojos nublados.
—Hay cosas que todavía no entiendes, mi niña. A veces la vida nos da golpes tan duros que se van juntando por dentro, como haciendo una pelota apretada en el cuerpo que le quita la fuerza a la gente.
—Pero abuelita, yo sí entiendo —le dije viéndola fijo a los ojos—. Ya tengo seis años y pronto voy a cumplir los siete. Por eso siempre me pongo a orar y cargo la Biblia en la mochila, porque siento que mi mami necesita mucha fortaleza. Me da tristeza no poder hacer más…
—Tranquila, mi niña. Pronto va a mejorar. Diosito nunca nos abandona.
—Yo sé. Él me dice en las oraciones que estas solo son pruebas, y que para ver las flores primero hay que pasar por las espinas para hacerse fuertes. Yo sé que mami va a estar bien.
Sentí un nudo apretado en la garganta, como si la respiración se me fuera a romper en mil pedacitos. Una lágrima caliente se me escapó por la mejilla, pero me la limpié rapidísimo con la manga del suéter para que mamá Chonita no la viera. Si ella me veía llorar, se iba a preocupar tanto que no iba a poder dormir en la noche y se pondría a hacer galletas a deshoras, y después le dolerían más las rodillas y la espalda. Yo quisiera ser como un pulpo, tener muchas manos fuertes para trabajar por las dos, para cargarlo todo y que ellas no sufrieran.
—¿En qué piensas tanto, mi pequeña Valentina? —me preguntó sacándome suavemente de mis pensamientos.
—En nada, abuelita —me encogí de hombros y le agarré la mano—. Vámonos para la casa, que mami nos está esperando y seguro le ruge la pancita de hambre.
Mamá Chonita soltó una risa y yo la seguí.
Entramos a la casita y lo primero que vi fue a mami con el delantal puesto, deteniéndose contra la mesa para soltar una tos seca que le sacudía todo el cuerpo.
—¡Mami! Ya llegamos —dije soltando la bolsa.
—¡Frania! ¿Qué hacés de pie, hija mía? —le reclamó mamá Chonita a regañadientes.
Me puse las manos en la cintura, mirándola.
—Sí, mami, ¿por qué estás parada? Si mamá Chonita y yo íbamos a cocinar hoy.
—Pude hacer esto, mi amor, todavía estoy fuerte —nos dijo mami intentando sonreír, aunque la voz se le oía hilada y débil—. Preparé un caldito de gallina con arroz en bala... No se preocupen, solo era la tos que me tenía sofocada.
Me dieron ganas de preguntarle por qué anoche la escuché llorar en la oscuridad, pegada al relicario de plata. Pero me tragué las palabras. Me acerqué a ella y le abracé la cintura bien fuerte, sintiendo lo delgadita que estaba.
—¿Qué pasa, mi amor? —murmuró poniéndose a mi altura para darme un beso en la frente.
—Nada, mami... Es que te extrañaba y quería abrazarte.
—Mi valiente niña milagrosa... Te amo tanto.
Sus ojos, que antes brillaban tanto, se veían apagados, como las brasas del fogón cuando se van enfriando. Le di un besito en la mejilla y le rogué:
—Mami, sentate mejor, por favor.
Ella asintió débilmente. Al servirnos el almuerzo, lave mi manitas con jabón líquido y luego nos acercamos a la mesa las tres juntitas como siempre.
Nos pusimos a orar tomadas de las manos, dándole gracias a Diosito porque no nos faltaba el plato. Mami me preparó un chocolate caliente que olía a canela, y el caldo le quedó rico, con el arroz bien voladito como solo ella sabe hacerlo.
En cuanto terminamos, me subí a la banquita de madera junto al poyetón y me puse a lavar las pailas y los trastos. Mami siempre me regañaba diciendo que era muy chiquita, pero no se necesita ser grande de tamaño para ayudar cuando hay amor.
Yo soy Valentina Milagros, y sé que el día que tenga la edad suficiente voy a sacar adelante a mi familia.
Dejé las especias arregladas sobre la harina para que mami no tuviera que agacharse si después le tocaba hacer las galletas. Mientras lo hacía me llené la cara de harina y luego me limpié con el antebrazo.
Cuando iba saliendo hacia el corredor, escuché sus voces al otro lado de la cortina.
—¿No le vas a decir, Frania? —decía la voz de mamá Chonita, llena de angustia.
—Tengo que hacerme unos exámenes caros, mamá Chonita... pero tengo fe en que todo va a salir bien.