Valentina
El calor sofocante me estaba matando; el sudor me corría por el cuello, pero tenía que vender sí o sí para juntar por lo menos trescientos córdobas.
—¡Chicles! ¡Lleve chicles de sabores! —grité haciendo sonar la canastita—. ¡También tengo galletitas de avena bien sabrosas, preparadas por mi mamá!
En ese momento vi que se acercaba una señora bien vestida.
—¿Me regalas unas cajitas de chicles, pequeña? —me preguntó.
—Regalar no puedo, madrecita —le respondí acomodándome la bolsa de la Biblia—, porque tengo que venderlos para llevar el dinero a la casa.
La señora soltó una risita suave.
—No me refiero a que me los regales gratis, mi niña, sino a que me los vendas.
—¡Ah! Está bien. Si yo tuviera mucho dinero se los regalaría, pero ahorita no puedo.
—No te preocupes, querida, solo era una forma de decirlo. Dame varios paquetes de chicles y esas galletas... ¿Dijiste que las prepara tu mamá? ¿Y dónde está ella?
El corazón me dio un brinco en el pecho y me quedé calladita. «¡Ay, la pucha! —pensé—. ¿Y ahora qué le digo? Si no hago el trabajo bien, voy a arruinar la venta, pero no puedo decirle la verdad».
—Mi mami está por ahí cerquita, ayudándome a vender también —mentí, tragando saliva mientras la mujer me miraba de arriba abajo.
—Está bien, pero no andes sola, ¿de acuerdo? —asentí.
—Claro que no, nunca estoy sola —dije rápido.
En cuanto la mujer se dio la vuelta, me escabullí entre la gente del mercado. Tenía un miedo helado rondándome la cabeza. ¿Sería alguna de esas mujeres de la junta que se llevan a los niños al orfanato? ¡Uy, ojalá que no! Me oculté detrás de un tramo de verduras y la vi subirse a un auto elegante junto a un señor antes de desaparecer en el tráfico. Solté un suspiro bien pesadito.
Terminé de vender lo que me quedaba y corrí a buscar a mamá Chonita.
—Vale, acá estoy — me llamo mi abuela — ¿Cómo fueron las ventas princesa?
—¡Me fue bien, mamá Chonita! —le dije en cuanto la encontré, agarrándole la falda—. Pero fíjate que una mujer bien vestida me compró unos chicles y me preguntó dónde estaba mi mamá. Se subió a un auto con un señor... ¿Verdad que tenemos que tener cuidado? Esas son las personas que llevan a los niños a los orfanatos.
Mamá Chonita se paró en seco, suspiró con pena y me acarició la mejilla con sus manos arrugaditas.
—Sí, mi cariño... No podemos arriesgarnos a que piensen que andás desamparada o que sos huérfana.
—¡Yo no quiero ir a ningún lugar de esos! —protesté haciendo un puchero—. Yo tengo a mi mamita, y el simple hecho de que la ayude a trabajar no significa que no tenga familia.
—Claro que no, mi amor. No te preocupes, nada de eso va a suceder.
—Mami no se ha sentido bien últimamente —añadí en voz baja, sintiendo ese nudo feo en la garganta—. Tenemos que juntar bastante dinero para que vaya al hospital a hacerse los exámenes.
—Debemos conseguir unos medicamentos. Vamos.
Caminé de la mano de mamá Chonita hasta la farmacia. Ella me pidió que la esperara afuera mientras compraba unas vitaminas para mami. Me quedé quietecita en la acera, sintiendo un picazón en la nariz de las ganas de llorar. Me daba mucho miedo ver a mami cada día más flaquita. Suspiré desganada.
Al llegar a la casita, mamá Chonita notó de inmediato el silencio.
—Qué raro que Frania no esté afuera... Quizás se quedó dormida —murmuró soltando un suspiro de cansancio.
Entré corriendo al cuarto, pero mami no estaba. Fui a la sala y tampoco.
—¡Mamá Chonita! ¡Mami no está! —grité desesperada.
Salí corriendo al patio y se me achicó el corazón de golpe: mami estaba tirada en el montecito del jardincito, sin moverse.
—¡Mamá Chonita, mi mami está en el suelo! —grité como una cotorrita asustada, sintiendo que el aire se me salía del pecho.
Mamá Chonita llegó a cómo pudo, arrastrando la pierna.
—¡Frania! ¡Frania, hija! ¿Qué tienes?
Mami abrió los ojos despacito, con mucha dificultad. Entre las dos intentamos levantarla, pero nos pesaba el cuerpo.
—Estoy bien... —susurró mami con la voz debil—. Creo que me sentí mareada... Se me bajó el azúcar, es todo.
Como pudimos, la ayudamos a sentarse en un banquito de madera.
—¡Mami, por favor, no te me desmayes! —le rogué al borde de las lágrimas—. ¿Cómo se te va a bajar el azúcar? ¿Es que acaso no desayunaste?
Mami me acarició la mejilla con sus dedos fríos.
—Tranquila, mi amor, a veces pasa. Pero ya estoy bien.
Mamá Chonita la miró de reojo, negando con la cabeza y con la cara llena de angustia.
—Tenemos que hablar, Frania.
—¿De qué van a hablar? —pregunté interrumpiéndolas.
—Cosas de adultos, mi niña —me respondió mamá Chonita.
—Pero si yo ya soy... —me quedé callada, porque ni yo misma sabía qué responder.
Hice un puchero, me di la vuelta y entré a la casa. Me tragué el nudo amargo que me quemaba la garganta y dejé que una lágrima se me escapara por la mejilla. ¿Qué le estaba pasando a mami? El dinero no nos alcanzaba, esa mujer del mercado andaba rondando, y si a mami le pasaba algo grave, me llevarían a un orfanato.
Me acurruque en la esquinita del corredor, cerré los ojos muy fuerte y junté las manos.
«Diosito santo, por favor... —oré en mis pensamientos—. Dime qué debo hacer. Hablame en mis sueños, dame una señal, pero no permitas que me quiten a mi mamá» seré una buena niña y me portare bien.
***
Frania
—¿Estoy bien? —murmuré limpiándome el sudor de la frente con el antebrazo.
—¿Qué está pasando, Frania? —me preguntó ella, observándome con severidad—. No me salgas con cuentos.
—Nada, ya te dije... Solo se me bajó el azúcar.
—¿Pero por qué? ¿Acaso no desayunaste? Últimamente te veo muy desmejorada, hija. ¿Qué te han dicho los médicos?
—Lo mismo de siempre... Que necesito hacerme unos análisis más profundos con un especialista, pero no nos alcanza. Esta tosedera no me deja en paz, aunque sé que no es tuberculosis... Solo no sé qué tengo, Chonita, y me da pánico.