Fernando.
Mis piernas se cansaban cada vez que pasaba mucho tiempo de pie en el hipermercado, incluso al estar sentado. Estos siete años han sido demasiados, no puedo ni siquiera dormir, no llevo una vida tranquila. Mi mente aún la piensa, sueño con ella; llorando, sin esa luz que antes reflejaba ahora apagada en una cama de hospital.
Cada día es el mismo sueño; sin embargo, le pido a Dios que, esté donde esté, ella se encuentre bien. Pasé casi cinco años postrado en una silla de ruedas y me sometí a varias cirugías hasta que logré recuperar la movilidad, pero debo cuidarme y hacer las cosas bien para no perderla de nuevo.
Con un suspiro, salí del hipermercado y me dirigí a la mansión. Esta noche habría una cena por el cumpleaños de mamá. Ahora que está casada y vive, según ella, feliz, quiere verme igual. Algo que dudo mucho que vuelva a tener.
Desde que alejé a Frania de mi lado por mi estupidez, siento que no merezco ser feliz. Lo peor fue que ella no me volvió a buscar desde aquella vez que la cocinera me notificó que había venido; ese día mi vida cambió drásticamente. Y me lo tenía bien merecido.
Dejé mis pensamientos de lado. El chófer aparcó el auto en la entrada, donde vi muchos coches en fila. Dejé escapar un suspiro de hastío. No me gustaba esto, pero no había de otra.
—Bienvenido, señor Fernando. — saludé a los empleados.
Asentí y entré por la puerta trasera. Al ingresar vi el salón repleto; intenté escabullirme, pero la voz de mi madre me detuvo.
—¡Hijo mío! Ven a saludar.
Caminé en su dirección y saludé a todos. Tatiana se levantó y se acercó a mí.
—Fernando, vamos a celebrar, es el cumpleaños de tu mamá —dijo tomándome de la mano, pero me solté de su agarre. Vi la decepción en su mirada.
Al llegar a la mesa, algunos familiares y amigos cercanos de mi madre me saludaron; les devolví el gesto. La empleada me sirvió la cena y le agradecí.
—Fernando, hemos visto que estás en el segundo lugar en la cartera de mercadeo. Felicidades.
—Gracias, tío.
—Deberías casarte y tener una esposa para que guíen el hipermercado juntos —intervino la esposa de mi tío.
Me quedé mirándola fijamente.
—Se lo he dicho muchas veces, Tatiana sería una buena esposa. —esta vez mencionó una señora.
Miré a los demás observar a Tatiana, quien se notaba alegre, mientras yo ni siquiera la consideraba una mujer para mí.
—Lamentablemente sigo casado y no pienso volver a casarme con nadie más —repliqué con hastío. Mi boca actuó más rápido que mi cerebro.
Todos me miraron como si se me hubiera zafado un tornillo. Mamá me miró molesta y Tatiana bajó la cabeza.
—Hijo, ¿qué te pasa? Esa mujer te dejó en tu peor momento. Ella se fue con…
Mi madre no terminó la frase cuando me levanté de la mesa.
—Gracias a un mar de falsedades decidió no volver a aparecer.
Frania sigue siendo mi esposa y eso jamás va a cambiar. No ensucies su nombre, ya que no está aquí para defenderse, y tampoco pienso tolerarlo. Pasen una hermosa cena.
Dicho esto, caminé hacia las escaleras; no iba a dejar que hablaran mal de Frania.
—Fernando, escucha... ¡soy tu madre!
La ignoré y caminé hasta mi habitación. Antes de cerrar la puerta, la voz de Tatiana me detuvo. Rodé los ojos, cansado de ella. Estaba metida en todo y ya era hora de bajarla de esa nube.
—Fer, sé que estás molesto, pero entiende a tu madre. En parte tiene razón. Tu familia solo quiere verte bien y yo también te deseo lo mejor. Quisiera que te dieras la oportunidad de amar de nuevo. Yo sería una buena esposa para ti, las empresas de mi familia podrían aumentar las estadísticas del hipermercado.
La miré y, sin saber por qué, me eché a reír a carcajadas. Tatiana me miró extrañada.
—Tatiana, no te hagas ilusiones, jamás te he dado esperanzas.
—¿Por qué...?
Negué con la cabeza, mirándola con frialdad.
—Amo a mi esposa aunque lleve años sin verla. Eso no significa que la haya olvidado, y muy pronto descubriré quién estuvo detrás de la mentira de esas fotos.
Los ojos de Tatiana se agrandaron.
—Entiende, yo solo quiero estar a tu lado y apoyarte. Dame una oportunidad para demostrar que seré una buena esposa, déjame quedarme a tu lado. — súplica con su voz trémula.
—¡No necesito tenerte a mi lado! ¿Es que no entiendes? No te amará jamás y no quiero a nadie que no sea Frania. Ahora, ¡lárgate!
Tatiana asintió y salió de mi habitación. Tiré la puerta y grité frustrado. Nunca dejaré que me vuelvan a manipular; me cansé de ser la marioneta de mi madre.
Busqué entre los cajones la foto de Frania. La abracé con fuerza y me puse de rodillas con el alma hecha pedazos, llorando como un nene.
No sé cuánto tiempo pasé ahí.
Tocaron a mi puerta varias veces. Me limpié las lágrimas de los ojos y guardé la fotografía. Al ver que era el esposo de mamá, lo dejé pasar.
—Fernando, ¿te gustaría salir conmigo a tomar unas copas? —propuso. Lo quedé mirando; se notaba que no era un mal hombre, pero tampoco me fiaba.
Salimos al jardín y nos sentamos en la mesa. Él me sirvió una copa mientras yo miraba el cielo estrellado. Ninguno de los dos dijo nada por un buen rato.
—¿Solo querías beber conmigo? —pregunté cortando el silencio.
Él sonrió levemente.
—A decir verdad, en algún tiempo estuve como tú. Amé a una mujer por años, pero me traicionó y jamás la volví a ver. La vi con mis propios ojos —comentó con una risita amarga y tomó de su vaso de coñac.
Abrí los ojos de par en par. Quería preguntarle más, pero no era mi problema.
—¿Y qué con eso?
—No sé lo que te sucedió entre tú y tu esposa. Tu madre ha comentado sobre el tema, pero le he dicho que en problemas de madre e hijo no me involucro. Sin embargo, si ves que la sigues amando, búscala y pídele una explicación. O si el error fue tuyo, pídele perdón. A veces es mejor recibir una respuesta antes de cometer el error de dejarla ir para siempre.