Frania
Escuchaba atentamente cada palabra que salía de la boca del médico, pero era como si su voz se fuera alejando, sumergiéndose bajo el agua. Sentía las piernas flojas, flojas como si en cualquier momento fuera a desplomarme ahí mismo sobre el piso frío del consultorio.
Cáncer de pulmón.
El doctor intentó suavizar el golpe diciéndome que estaba en una etapa temprana, que aún había esperanzas, pero a mí el mundo se me vino encima. ¿Cómo era posible? ¿De dónde sacaba una esta enfermedad cuando lo único que ha hecho en la vida es trabajar duro? Mi niña tan pequeña, tan llena de luz, necesitando de mí... y mamá Chonita, ya con sus años encima y las rodillas cansadas. ¿Cómo iba a dejarlas solas?
—Necesita buscar un hospital especializado —me decía el médico, señalando unos papeles—. Debe iniciar las terapias y las quimioterapias lo más pronto posible. Es mejor trasladarse a la capital.
Lo quedé mirando sin saber qué responder. La verdad era que no tenía ni un solo peso en la bolsa. Salí de la clínica con el diagnóstico apretado contra el pecho, sintiendo un vacío horrible en el estómago.
Caminé rapidísimo hasta llegar cerca del mercado, subí al metro hasta llegar a la casa.
Me senté en el banquillo, tratando de digerir aquella triste noticia. En eso, vi venir a mamá Chonita de la mano con mi pequeña Valentina. La niña traía su mochilita de tela colgada y la cara llena de una alegría pura que me partió el alma. Me limpié las lágrimas lo más rápido que pude y guardé disimuladamente los papeles en mi cartera vieja.
—¡Hola, mami! —gritó mi luz, la niña que me devolvía la vida todos los días—. ¡Vendí todos los chicles! ¿Podés creerlo? Trescientos córdobas. ¡Y mamá Chonita vendió todas las galletas!
—¡Qué bendición, mi amor! —le dije intentando sonreír, aunque la voz se me quebraba. Le di un beso en la nariz—. Van a aprender rapidísimo a ser unas grandes comerciantas.
—Yo quiero aprender rápido para ayudarte —dijo mi niña Valentina, dando un saltito llena de entusiasmo—. Voy a lavarme las manitas para ayudar a preparar el caldo. ¡Yupi!
En cuanto Valentina entró corriendo a la casita, solté un suspiro pesado que no pude contener. Mamá Chonita me quedó viendo de lado y negó suavemente con la cabeza.
—¿Qué pasa, Frania? Te conozco, hija. Vi cuando te desviaste hacia el hospital.
—Sí, mamá Chonita... es que me sentía mal. Pero mire, juntamos mil córdobas con las ventas, hicimos bastante gracias a Dios.
—Esos mil córdobas no te van a servir para tu tratamiento, Frania —soltó ella con la voz temblorosa y los ojos nublados por las lágrimas—. Te vi cuando venías saliendo de la clínica con esos papeles en la mano... Escuché lo que te dijo el doctor.
Se me cayó el alma al suelo.
—¿Lo escuchó...? Lo siento, mamá Chonita —la abracé con todas mis fuerzas, rompiendo en un llanto que ya no podía contener más—. Siento tanto estar pasándole esta carga. No sé qué vamos a hacer…
—Lo que tenemos que hacer es movernos, Frania. Necesitás irte a la capital, allá hay mejores hospitales.
—Si, eso debo hacer, aquí me voy a morir…
—¿Cómo crees? Valentina está muy chiquita. No pienses eso. Además tu hija tiene un padre —me interrumpió mamá Chonita fijando su mirada en mí—. Tienes que buscar a Fernando.
—¿Buscarlo yo? ¡Ay, mamá Chonita! Como si fuera tan fácil después de tantas cosas, después de cómo me humillaron…
—Tienes que buscarlo por la niña, Frania. Por tu salud.
Traté de disimular y me sequé el rostro rápidamente porque no quería que Valentina me viera en ese estado. Conocía muy bien a mi hija; pronto iba a cumplir sus siete años y era demasiado inteligente, nada se le escapaba.
En la tarde me puse a preparar la cena para distraer la mente. Mamá Chonita no paraba de observarme con angustia. Comimos las tres juntas, pero noté a mi niña ida, como pensando en cosas muy grandes para su edad.
—¿Qué pasó, mi amor? —le pregunté acariciándole la mejilla.
—Nada, mami... ¿Y tú cómo estás? —me preguntó, mirándome con esos ojos profundos, como si presintiera mi malestar.
—Mami está muy bien, mi vida, así que no te preocupes —le sonreí, tragándome el dolor—. Nos vamos a ir a la capital en unos días. Solo necesitamos juntar un poquito más de dinero para el pasaje.
—Valentina va a ir a donde mami vaya —dijo ella muy segura—. Abuelita Chonita, ¿tú también vienes con nosotras?
—¡Claro que sí, mi niña! ¿Qué voy a hacer yo aquí solita? —respondió mamá Chonita, sacándonos una pequeña risa entre tanta pena.
Los días pasaron volando. Juntamos lo que pudimos y nos fuimos a la capital. Alquilamos un cuarto pequeño y humilde. En cuanto nos acomodamos, fui al hospital público, pero el impacto fue horrible: me dijeron que el tratamiento especializado que yo necesitaba no lo tenían ahí, que requería medicamentos de alto costo y que debía buscar en un hospital privado.
¿De dónde iba a sacar semejante cantidad de plata? Nadie me iba a prestar tanto dinero. Desesperada, caminé con la dirección que me habían dado de un hospital prestigioso.
Entré con las manos sudorosas y le entregué la orden médica a la recepcionista. La mujer revisó el papel, asintió y me dio un presupuesto que me dejó shoqueada.
—La farmacéutica ofrece un porcentaje más bajo, pero usted tiene que estar asegurada o venir por medio de un padrino corporativo —me dijo con cortesía.
—Gracias... —fue lo único que pude articular.
Salí disparada de ahí, encandilada por la angustia y con la vista nublada por la impotencia. Iba caminando tan rápido por la acera que no me fijé y tropecé fuertemente contra alguien. Se me cayeron los papeles y la cartera al suelo.
—¡Fíjate por dónde caminas! —chilló una voz femenina llena de altanería.
Me levanté apenada, pero al alzar la mirada me quedé sorprendida Era una mujer de pelo castaño, elegantemente vestida... la misma mujer que años atrás vi entrar varias veces a la casa de mi exsuegra la amiguita de Fernando.