Buscando en el Pasado

Capítulo IV

Capítulo IV

 

Santiago de Chile, Zona industrial

2 de agosto, 9:23 p.m. 2019. Dos días atrás

 

—¡Todo va a explotar, vamos a morir! —continúa gritando Danilo incesantemente.

Mi corazón se acelera al máximo con sus gritos. Las manos comienzan a temblarme y debo respirar profundo para controlarme. Le pido que se calme mientras voy desatando sus muñecas. Danilo mira hacia todos lados con los ojos desorbitados, completamente descontrolado y desesperado.   

—¡Esquivamos las trampas! —dice Ángel, luchando por desatarle las piernas—. ¡Podemos hacerlo nuevamente! Si es necesario te cargo, no te preocupes.

—No me entienden —suelta Danilo con lágrimas en los ojos—. Debajo de aquellas cajas hay bombas de tiempo, deben estar por explotar. Antes de que se fueran vi que colocaron quince minutos y estoy seguro de que no queda mucho. Además…

El llanto y la desesperación no lo dejan terminar. Mi compañero y yo intercambiamos miradas, aterrados. Le pido que se dé prisa, asegurándole que no podemos dejarlo allí.

—Terminé con las piernas.

—¡Listo! —exclamo y lo intento jalar por el brazo—. ¿Puedes caminar?

—¡No me toquen! —grita con dificultad, llora demasiado y no muestra señales de querer levantarse—. Júrame que te asegurarás de proteger a mi familia, Mara. ¡Júramelo!

No sabemos cuánto tiempo tenemos, cada segundo aquí me asfixia. Me le adelanto a Ángel, le doy una bofetada para hacerlo reaccionar y lo tomo por la camisa para desprenderlo de la silla.

—¿¡De qué rayos hablas!? ¡Vámonos! —grito.

—Hay una bomba con sensor de peso debajo de mí. Si me levanto todos volamos en mil pedazos.

—¡Nos vamos, Mara! —exclama Ángel, tomándome por el brazo—. ¡No hay nada qué hacer!

Me quedo paralizada, es demasiado. No puede ser real. En ninguno de los peores escenarios que me planteé podría pasar algo semejante. Ángel me grita cosas que no puedo comprender, me quedo inerte e incapaz de pensar en una solución. Puedo ver sus labios moverse, mas no lo escucho. Hasta que él me da una fuerte bofetada que me sacude el cerebro.

—¡Reacciona!

—Mierda, ya. Lo siento, lo siento.

Organizo mis pensamientos. Le ordeno que revise las cajas que mencionó Danilo y vea cuánto tiempo tenemos mientras yo chequeo la bomba que tiene Danilo en la silla. No puedo dejarlo morir, él se quería salir de esto y yo lo convencí de no hacerlo.

—Tienes que jurármelo, Mara. Júrame que cuidarás de mi familia. Me aseguraron que los asesinarán a todos y yo no estaré para defenderlos —dice entre lágrimas—.  Me lo debes. Sabía que podía ser una trampa e igual vine para ayudarte…

—Saldremos los tres de aquí, te lo prometo. Creo que podría desactivar la bomba que tienes aquí, solo necesito…

Siento un poderoso tirón en el brazo y sin que pueda reaccionar mi cuerpo se eleva del piso. Ángel me carga con un brazo mientras corre hacia las ventanas.

—¿¡Qué cara…!?

Empieza a dispararle a una ventana con su rifle. En un segundo la estamos atravesándola y cayendo varios metros hacia el suelo. Al siguiente segundo siento el golpe de una poderosa onda, una ensordecedora explosión y todo se vuelve oscuro.

 

***

 

Hospital, Santiago de Chile.

3 de agosto. 22 horas después de la explosión. 7:20 p.m.

 

«Todavía ni las autoridades policiales ni ninguna figura del gobierno de Chile han dado una declaración oficial acerca de la fuerte explosión ocurrida la noche anterior en la zona industrial de la capital del país. Extraoficialmente se rumora que se debió a una fuga en una vieja tubería de gas que pasaba por una fábrica abandonada. Pronto tendremos más información, Marcos Bravo, CNN».

 

Apago el televisor, estoy harta de ver las noticias.

No sé cuántas horas llevo sin dormir, el agotamiento le está pasando factura todo mi cuerpo y las pequeñas lesiones tampoco ayudan mucho. Aunque eso es lo de menos porque estoy derrotada en espíritu. Ayer fue el peor día de mi vida, Danilo murió y Ángel también resultó muy herido. Sufrió múltiples fracturas y lesiones internas cuando caímos, pero el pronóstico es bueno según los médicos. Yo apenas tuve unas fisuras en mi brazo derecho, le coloraron una férula para protegerlo y ahora tendré que arreglármelas con el izquierdo.

Me vine a hacerle compañía a Ángel en la habitación del hospital después de organizar y verificar que la familia de Danilo estuviera a salvo. No quise volver a casa para terminar embriagándome sola, que combinado con los analgésicos sería una catástrofe. Tengo mucho por hacer.

El equipo que inspeccionó lo que quedó de la fábrica nos informó que había un túnel subterráneo de doscientos metros de largo que tenía salida a una autopista. Antes era utilizado para transportar de manera más eficiente la materia prima al interior de la fábrica. Esos malnacidos lo planearon demasiado bien y no nos dieron tiempo de hacer nuestro trabajo de reconocimiento. A Danilo le avisaron de la reunión cuando ya estaba por iniciar. De los nombres de las personas que estaban allí que mi difunto informante pudo darnos, sobresalió el de un general de alto rango que aspira a ser ministro de defensa. Algo que nos dejó claro el alcance de esta organización, es preocupante y estoy furiosa. Quiero hacerlos caer y lo voy a lograr así sea lo último que haga. Pero por el momento no tenemos nada contra él ni contra alguien importante dentro de la organización y después del desastre en el que terminó la operación, mi jefe no permitirá que mis acciones puedan arriesgar nuevamente la buena reputación de la JENANCO; la Jefatura Nacional antinarcóticos y contra el Crimen Organizado.




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