Habían detenido a los soldados recorridas las tres cuartas partes del camino para dejar descansar a caballos y hombres durante una hora. Llegar al borde de la asfixia a la batalla no tenía sentido, ni siquiera sabiendo que sus compatriotas les esperaban con ansia dando sus ya mermadas vidas para aguantar en la frontera de la zona yerma. Se habían retirado hasta el cañón. La última estructura que separaba su mundo de la zona yerma, la zona donde había generado la Hendidura y de la que habían salido aquellas abominables criaturas generaciones atrás.
—Me confirman que la mina de zafiros ha sido evacuada con éxito, majestad —confirmó el consejero militar Turok—. Ese tozudo de Maniren sigue luchando en el cañón.
—¿Hay noticias de Darco en el sur? —preguntó ella.
—No hay respuesta aún, pero debe haber recibido el mensaje para estas horas.
Xhadara se inquietaba. Quería seguir avanzando. Más adelante la gente estaba muriendo. Su gente. Miró alrededor. Algunos caballos ni siquiera habían bebido agua aún.
—Debemos darnos prisa.
—Sí, pero debemos ser inteligentes o de nada servirá.
—Podríamos comandar una avanzadilla con los más rápidos —propuso.
Hacer avanzar a una tropa de esas características le resultaba lento.
—Majestad, no tenemos apenas carros o personal de apoyo que nos retrase. Esta es nuestra caballería más avanzada. No llegaremos antes de lo previsto —le aseguró.
—Está bien —bufó confiando en él.
—Sé lo que siente, majestad. Yo lo siento también. Pero es así como deben hacerse las cosas. Marinen también lo sabe.
—He dicho que está bien, Turok. No me trates como a una niña —gruñó.
—Lo siento, majestad.
Buscó a Aike con la mirada. Estaba junto a los caballos, parecía entenderse bien con ellos. Revisaba sus cascos y se aseguraba de que sus crines no les molestaran al cabalgar.
—Me sorprendió lo duro que fue en la coronación. Nunca antes había visto aguantar así a una Cadena de batalla —comentó Turok sorprendiéndola. Él nunca había hecho ningún comentario hacia Aike. Era como una sombra que todos ignoraban.
—¿Qué quieres decir? —quiso saber Xhadara.
—Para mi desgracia, majestad. He asistido ya a varias coronaciones reales. Estuve en la coronación de su padre —recordó él—. Y en el ascenso del rey de Cornalina y también en el de Luah, el cortés, de Hematita.
—Yo habría querido asistir a la del rey Fandar de Iolita hace dos años, pero mi padre no me dejó. Me habría encantado ver su katar.
—No creo que hubiera podido verlo en esas circunstancias —expresó Turok.
—Dicen que es habilidoso a pesar de su corta edad. Y aun así nadie pone en duda su derecho al trono —expresó con resquemor.
—La edad no importa, más aún cuando tiene además un hermano que puede sucederle. Usted es la única de los ocho reinos que no tiene hermanos ni descendientes.
—Y todos están expectantes de que el segundo hijo del rey de Citrino sea un varón esta vez. ¿Pero qué tiene que ver Aike en todo esto?
—¿Quién es Aike?
Xhadara levantó la mano señalando hacia su cadena de batalla.
—¡Oh! —expresó sorprendido, pero sin alterarse realmente—. Ignoraba que una Cadena de batalla pudiera tener nombre.
—No lo tenía, se lo he dado yo. ¿No es ridículo que no tenga un nombre? —alegó la reina.
Turok se encogió de hombros. No se había planteado nunca la figura de la cadena de batalla como un ser humano realmente. Simplemente, era un escudo para su monarca, nada más.
—Supongo que merece un nombre —comentó con simpleza cuando seguramente otro habrían puesto el grito en el cielo por ello—. Aunque sea por lo bien que aguantó el encadenamiento.
—¿Te refieres a cuando se retorció de dolor hincando la rodilla? Bastante decepcionante, he de decir.
—¿Decepcionante? Como le digo, he visto a otras cadenas de batalla enlazarse al poder de su rey antes, pero ninguno lo resistió con tanta entereza como él —anunció el general—. El del rey de Cornalina hasta empezó a retorcerse en el suelo escupiendo espuma por la boca. Muy poco elegante, si se me permite decirlo.
—¿En serio? —Xhadara tamborileó los dedos pensativa en la hoja de su hoz—. Supongo que eso puede interpretarse de dos formas muy distintas —planteó casi furiosa—. O realmente él es más fuerte de lo esperado, como dices, o mi poder no es lo suficientemente fuerte como para tumbarlo —dijo rechinando sus dientes—. Retomamos camino, general. Estoy harta de esperar.
Antes de llegar al cañón estaba la mina más grande e importante de Turmalina y una de la más grandes de los ocho nuevos reinos. Una mina de zafiros envidiada por todos. No habría rey que no la quisiera para sí, razón por la que, aunque no se comentaba en voz alta, había quienes, fuera de sus fronteras, estaban deseando que Xhadara de Turmalina fracasara, para que los otros reyes guerreros pudieran pelearse por su territorio. O incluso mejor, que relegara su cargo, desposándose con otro de los reyes guerreros. Eso no sucedería. Jamás. Esa otra de las razones por las que el duque Gorton era una buena opción. La nobleza de otro reino no era una elección posible. Xhadara había ido a la mina dos veces en toda su vida. Las dos veces que su padre había accedido a llevarla debido a su peligrosa situación. La primera vez fue en el 150 aniversario de su descubrimiento. La segunda cuando se descubrió una nueva galería que daba a entender que aún quedaba mucha mina de la que abastecerse. Había sido evacuada apresuradamente, por razones obvias. En el campamento, antes de llegar a la mina, los mineros habían abandonado todo tal y como estaba cuando lo estaban usando. Herramientas tiradas, platos de comida a mitad, ropa tendida… Aquello otorgaba un paisaje desolador. Xhadara temía que no fuera nada en comparación con lo que les esperaba. Desde ahí se podía escuchar ya el agua. El río que recorría el cañón empezaba en la montaña del norte y su mayor meandro rodeaba la mina lo que la había hecho que las características del lugar fueran extraordinarias.