—Léemela otra vez.
Ella ni se movió. Siguió reclinada en el sillón, a oscuras, haciendo girar el vino en la copa. Las brasas de la chimenea apenas soltaban un resplandor rojizo.
Dos pasos atrás, el hombre se irguió. Consultó el pergamino arrugado entre sus manos, aclaró la garganta y buscó el tono adecuado.
—«En el principio, el invierno cubría valles y montañas sin tregua» —leyó en voz baja—. «Los ríos se helaron hasta el fondo. No había ciudades ni reyes; los hombres vivían en cuevas, atacados por las Bestias Antiguas y matándose entre sí por los restos de comida.»
La mujer dio un sorbo. El cristal chocó levemente contra sus dientes.
—Bestias peleando por migajas —dijo sin mirar atrás—. Sigue.
—«Fue entonces cuando las fuerzas del frío y de la vida moldearon una corona de hielo y plata. Se la entregaron a un campesino de voluntad firme. Al ponérsela, su voz bastó para que los clanes bajaran las armas y fundaran el Primer Reino.»
Ella ladeó la cabeza.
—Gobernó cuarenta años. Trajo la paz.
—Hasta que murió —la interrumpió él, marcando la pauta del texto—. Sus tres hijos se repartieron las tierras: el mayor se quedó con el centro, el segundo marchó al norte y la menor al sur. El reino se rompió en tres.
—Y la corona desapareció.
—Sin rastro de sangre ni forzamiento en la cámara —confirmó él, deslizando el dedo por el margen de la hoja—. Dice el canto que descansa bajo el hielo, esperando a la sangre correcta para unir de nuevo los dominios.
La habitación quedó en silencio, salvo por el chasquido de la madera consumida.
La mujer dejó la copa sobre la mesa de nogal. El golpe de la base contra la madera resonó en la penumbra. Se levantó despacio, se acercó al ventanal y contempló el valle nevado.
—Una historia conveniente —dijo—. Nadie busca lo que cree que es un mito.
Apoyó la mano en el cristal frío.
—¿Dónde está? Se está retrasando.
Una figura avanzó desde la negrura. Sus pasos eran pesados, medidos, como si cada movimiento requiriera un esfuerzo consciente. La silueta era la de un hombre alto, de hombros firmes, pero su postura no transmitía autoridad. Su cuerpo obedecía, aunque su presencia delataba resistencia contenida.
Se detuvo a varios pasos de distancia.
—Llegas tarde —dijo la mujer, sin rastro de molestia—. Pero llegas.
El hombre no respondió.
Sus ojos estaban abiertos, fijos al frente, pero carecían de expresión. No había desafío en ellos. Tampoco miedo. Solo una ausencia profunda, como si la voluntad que alguna vez los habitó hubiera sido arrancada y reemplazada por una orden permanente.
—Mírate —continuó—. Tan dispuesto a obedecer. Tan convencido de que todavía eliges.
La figura femenina se colocó frente a él, lo suficientemente cerca como para invadir su respiración.
—Te preguntas cuánto de ti queda —dijo—. Es una duda razonable. Todos la tienen, al principio.
Sus dedos se cerraron brevemente alrededor de su mentón, obligándolo a levantar el rostro.
—Has cometido errores —continuó—. Decisiones pequeñas, al inicio. Luego decisiones imposibles de deshacer. Yo solo hice el resto.
El hombre apretó los dientes. Su cuerpo reaccionó, aunque no emitió palabra alguna.
—No te engañes —añadió ella—. No eres una víctima. Fuiste tú quien llamó. Yo simplemente respondí.
Lo observó en silencio.
—Ahora tienes un propósito.
El silencio se tensó y ella retiró la mano.
—Hay una heredera —dijo, cambiando el tono—. Una pieza que aún no comprende su lugar. Caminará creyendo que elige su propio destino.
Rodeó su cuerpo con lentitud. Cada paso marcaba territorio. Él permanecía inmóvil, consciente de cada segundo, incapaz de reaccionar.
—Necesito que camines junto a ella —dijo al fin—. Que te ganes su confianza. Que seas constante. Cercano. Que te crea distinto a los demás.
Se detuvo a su espalda.
—No debes protegerla de mí —añadió—. Debes protegerla del mundo. Hay una diferencia. Y tú la entiendes.
Sus dedos rozaron la línea de su cuello. El contacto fue breve, preciso.
—Ella pensará que eliges quedarte. Que la acompañas por voluntad propia. Pensará que tus silencios son prudencia, que tus decisiones son sacrificios.
Se inclinó ligeramente, lo suficiente para que su voz llegara solo a él.
—Cada decisión que tome contigo cerca será una decisión que me beneficie. Cada duda que sienta será una puerta que yo abriré.
Los dedos de ella se cerraron alrededor de su muñeca. No con fuerza. No la necesitaba.
—La llevarás hasta la corona —ordenó—. No por la fuerza. No por miedo. Lo harás porque creerá que es lo correcto.
El hombre se inclinó. No fue una reverencia consciente. Fue una respuesta grabada en lo más profundo de su cuerpo.