Cadenas de Hielo

02

Dulskógr no daba tregua. El avance era lento y forzado, como si el propio bosque empujara en contra. Ashe iba al frente, atenta a cada cambio en el terreno, a cada sonido fuera de lugar. El aire era denso, difícil de respirar, y ese canto bajo no se había detenido. No era fuerte, pero tampoco desaparecía. Se colaba entre los pensamientos, insistente.

Los soldados caminaban tensos. Algunos apretaban demasiado las lanzas, otros miraban a los árboles con nerviosismo evidente. La niebla a ras de suelo les mojaba las botas y hacía imposible distinguir bien dónde pisaban.

—Alto —ordenó Ashe de pronto.

El grupo se detuvo. Frente a ellos, entre raíces y arbustos aplastados, yacían varios cuerpos. Eran los rebeldes que esperaban encontrar con vida.

No había señales de lucha reciente. No había sangre fresca. Algunos estaban inconscientes, otros respiraban con dificultad, como si hubieran sido vencidos sin oponer resistencia. Sus rostros estaban pálidos, contraídos en gestos de dolor o confusión.

—No fue una emboscada —murmuró Hemmet, avanzando un paso—. Nadie se defendió.

Ashe se agachó junto a uno de ellos. Tenía los ojos abiertos, pero no parecía verla. Murmuraba palabras sin sentido, repitiendo un mismo sonido una y otra vez.

El canto.

—El bosque llegó antes que nosotros —dijo Ashe en voz baja—. Y no vino a ayudar.

Hemmet cerró la mano alrededor de la empuñadura de su espada.

—Hróthia… —tragó saliva—. Esto no está bien. Siento… —se detuvo, buscando las palabras—. Siento que algo nos está empujando. Como si quisiera que bajemos la guardia.

Ashe no respondió de inmediato. La presión era real. No física, pero constante. Un peso en la cabeza, una idea insistente de detenerse, de rendirse, de dejarse llevar.

—Mantengan la formación —ordenó—. Nadie se separe. Nadie hable más de lo necesario.

El canto subió apenas de intensidad. No era más fuerte, pero sí más claro. Ashe sintió un mareo súbito. El suelo pareció moverse bajo sus pies y, antes de poder reaccionar, su visión se nubló.

Cuando volvió a enfocar, ya no estaba en Dulskógr.

Northfall se alzaba frente a ella, o lo que quedaba de él. Las murallas estaban rotas, el castillo ennegrecido. El aire estaba cargado de ceniza. Figuras avanzaban entre los restos, lentas pero decididas.

—Ashe.

La voz la rodeó. No pudo ubicar su origen.

—¿Quién eres? —exigió, tensando el cuerpo.

Una figura cubierta emergió entre los escombros.

—Esto es lo que viene —dijo—. Y tú estarás aquí cuando todo caiga.

—No —respondió Ashe, dando un paso atrás—. No lo permitiré.

El entorno comenzó a cerrarse sobre ella. El aire se volvió irrespirable.

Un tirón brusco la arrancó de la visión.

Cayó de rodillas sobre el suelo húmedo del bosque, jadeando. Hemmet la sujetaba con fuerza por los hombros.

—¡Hróthia! —la llamó—. ¡Mírame!

Ashe parpadeó varias veces antes de reconocerlo.

—¿Cuánto…? —intentó decir.

—Unos segundos —respondió él—. Pero fueron suficientes.

Tres soldados no estaban.

—Los perdimos —dijo alguien desde atrás, con la voz rota.

El canto ahora llenaba todo. Uno de los hombres cayó de rodillas, tapándose los oídos. Otro dejó caer su espada y retrocedió sin control.

—Retirada —ordenó Ashe sin dudar—. Ahora.

—¡Retirada inmediata! —repitió Hemmet—. ¡Muévanse!

El bosque reaccionó. Raíces emergieron del suelo, las sombras parecían cerrarse sobre ellos. Ashe cortó una que se enredaba en su pierna y siguió avanzando sin mirar atrás.

Cuando cruzaron el límite del bosque, la presión cedió de golpe. La luz del día, pálida pero real, los recibió.

Los soldados se dejaron caer donde pudieron. Algunos temblaban. Otros evitaban mirar hacia atrás.

Hemmet se acercó a Ashe.

—¿Qué fue lo que te hizo ver?

Ella observó la entrada de Dulskógr, ahora silenciosa.

—Una advertencia —respondió—. Y una amenaza.

Hemmet asintió, serio.

—Entonces no volveremos a entrar sin estar preparados.

—No —coincidió Ashe—. Ese bosque no solo protege algo. Decide a quién deja pasar.

El grupo comenzó a reagruparse en silencio. Ashe permaneció un momento más mirando los árboles. El canto ya no se oía, pero la sensación seguía ahí. Como si el bosque los estuviera observando, esperando.

Luego se dio la vuelta y retomó el paso, con la certeza de que aquello no había terminado.

El sol apenas se alzaba sobre los montes cuando Ashe y su grupo llegaron a Helmfrost. El regreso fue silencioso, cargado de un aire de derrota que parecía impregnar a cada hombre que descendía del bosque. Las puertas de la fortaleza se abrieron lentamente, el chirrido de los goznes añadiendo una nota sombría al ambiente ya pesado.




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