Cadenas de Hielo

03

El día de Fröstheim comenzó temprano. Helmfrost estaba despierta antes del amanecer. En las plazas, los comerciantes montaban puestos, los soldados marcaban rutas y la gente se movía con una mezcla de entusiasmo y nerviosismo. Era un día esperado, pero también uno en el que todo debía salir bien.

Dentro del castillo, Ashe permanecía de pie frente al espejo mientras una criada ajustaba el vestido con cuidado. El traje era pesado y rígido, diseñado más para verse impecable que para ser cómodo.

—Aprieta un poco más ahí —indicó Ashe sin apartar la vista de su reflejo.

—Así está correcto, Hróthia —respondió la criada—. No se moverá durante la danza.

—Eso espero —murmuró.

No se reconocía del todo. La imagen era la que el reino esperaba, no la que sentía propia. Pensó en Dulskógr. En el cristal. En lo que aún no entendía.

Llamaron a la puerta antes de que pudiera seguir por ese camino.

—Adelante.

Hemmet entró sin ceremonia. Vestía uniforme de gala, pero sin rigidez. Cerró la puerta tras de sí y fue directo al punto.

—Hablé con los Jorvethir —dijo—. Sobre el cristal.

Ashe giró la cabeza de inmediato.

—¿Y?

—Confirman que no es un residuo natural —continuó—. Es un fragmento ligado a los Skógralfr. Espíritus antiguos del bosque. No suelen dejar pruebas… a menos que alguien los haya llamado.

Ashe apretó los labios.

—¿Invocados de forma consciente?

—Eso creen —asintió Hemmet—. El cristal es una señal. Para ellos… o para nosotros.

—Entonces alguien quiere que sepamos que el bosque está despierto —dijo Ashe—. O quiere provocarlo.

—Exacto.

La criada dio un paso atrás, incómoda por el silencio que se formó.

—Hróthia, el vestido está listo —dijo—. Avisaré cuando sea momento de bajar.

Ashe asintió y la dejó salir. Cuando quedaron solos, se permitió bajar un poco los hombros.

—No es el día para esto —dijo—. Y aun así, aquí estamos.

—Nunca esperan a que sea conveniente —respondió Hemmet—. Pero hoy no puedes mostrar dudas. Tu padre estará observando cada gesto.

—Lo sé —respondió ella—. Por eso necesitaba saberlo antes, no después.

Hemmet la miró con atención.

—Después de la ceremonia, hablaremos con los Jorvethir otra vez. Sin formalidades. Quiero saber quién se atrevería a jugar con algo así.

Ashe asintió.

—Hazlo. Y mantén a los exploradores listos. No entraremos al bosque hoy… pero pronto.

Hemmet esbozó una leve sonrisa.

—Primero Fröstheim. Luego el caos.

—En ese orden —confirmó Ashe.

Él dio un paso atrás, listo para irse.

—Te están esperando —dijo—. Y pase lo que pase hoy… lo estás haciendo bien.

Ashe no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue baja, pero firme.

—Más vale. Porque hoy no es solo una festividad. Es una prueba.

Hemmet inclinó la cabeza y salió, dejándola sola con su reflejo y con la certeza de que, mientras el reino celebraba, algo mucho más peligroso seguía avanzando en silencio.

La festividad dio inicio con el encendido del fuego de invierno. Era el primer acto oficial de Fröstheim y nadie lo tomaba a la ligera. En el centro del patio, la pira esperaba armada con troncos oscuros y bloques de hielo tallado. No era solo decorativa. Ese fuego debía arder durante toda la celebración.

Los Vættgæðirn tomaron posición alrededor del círculo. Vestían túnicas claras marcadas con runas simples, visibles incluso desde la distancia. Al unísono comenzaron el canto ritual, corto y repetitivo, aprendido de memoria por generaciones. No buscaban impresionar, sino cumplir.

Ashe se mantuvo al lado de su padre. Torvald Ironsoul destacaba incluso entre la guardia real. Sostenía la antorcha ceremonial con naturalidad, como si su peso no existiera. Su mirada recorrió al público sin detenerse en nadie en particular. A su otro lado, Eveline observaba en silencio, atenta a cada movimiento.

Cuando el canto llegó a su última estrofa, Torvald avanzó. Ashe lo siguió, manteniendo el paso exacto que le habían enseñado desde niña. Sabía dónde debía colocarse, cuándo levantar la antorcha, cuándo detenerse.

El murmullo del patio se apagó.

Torvald encendió la pira primero. Ashe acercó su antorcha justo después. El fuego prendió de inmediato, extendiéndose entre la madera y el hielo tratado. Las llamas azules comenzaron a alzarse mientras los cristales reflejaban la luz. La multitud respondió con vítores contenidos, respetuosos.

Torvald no apartó la vista del fuego cuando habló.

—Esto no es un gesto —dijo en voz baja—. Es un recordatorio. El invierno se sostiene porque lo hacemos nosotros.

Ashe mantuvo la postura.

—Lo sé.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.