El amanecer llegó sin ceremonia. El frío era más duro de lo habitual y las trompetas rompieron el silencio de Helmfrost antes de que la ciudad terminara de despertar. El llamado era claro. Consejo pleno. Nadie faltaría.
Ashe estaba junto a la ventana cuando el sonido llegó hasta su habitación. No miraba el paisaje; lo tenía delante sin verlo. Había dormido poco y mal. Se apartó del vidrio y permitió que las criadas terminaran de vestirla. El terciopelo azul oscuro le resultaba pesado.
Las criadas terminaron su labor sin hacer preguntas. Sabían cuándo era mejor no hablar. Una de ellas le colocó la capa con cuidado; otra alisó una arruga inexistente en la manga. Ashe se dejó hacer. No era cansancio lo que la mantenía rígida, era anticipación.
—Pueden retirarse —dijo al final.
Las mujeres inclinaron la cabeza y salieron. La puerta se cerró con un golpe suave que resonó más de lo que debía.
Ashe tomó aire y se giró hacia la mesa donde había dejado su daga ceremonial. No era un arma para usar, solo un símbolo, pero aun así la tomó y la aseguró en el cinturón. Un gesto automático. Necesario.
Cuando abrió la puerta, dos guardias ya la esperaban. Enderezaron la postura al verla.
—Hróthia —saludaron al unísono.
Ashe asintió y comenzó a caminar. Sus pasos eran firmes, aunque por dentro repasaba una y otra vez lo poco que sabía. Consejo pleno después de Fröstheim no era habitual. Algo se había decidido sin ella. O peor, sobre ella.
Los pasillos estaban más concurridos de lo normal. Nobles avanzaban en pequeños grupos, hablando en voz baja. Algunos se callaban al verla pasar. Otros inclinaban la cabeza con una cortesía estudiada. Ashe reconoció miradas de expectativa, de cálculo, de curiosidad apenas disimulada.
—Ya lo decidió —murmuró alguien demasiado tarde.
Ashe no se detuvo.
Al girar en el corredor que llevaba al ala norte, distinguió a Hemmet apoyado cerca de una columna. No llevaba armadura completa, solo la capa de capitán y la espada al cinto. Estaba hablando con un guardia, pero levantó la vista en cuanto la vio.
—Hróthia —dijo, acercándose—. El salón ya está casi lleno.
—Eso imaginé.
Caminaron juntos unos pasos, lo justo para que nadie pudiera escuchar con claridad.
—No me dijeron el tema del consejo —añadió Ashe.
Hemmet apretó la mandíbula.
—No —respondió—. Pero Torvald ordenó presencia total. Incluso de los clanes del norte.
Eso confirmó lo que temía.
—¿Vryndor? —preguntó, sin mirarlo.
—Llegaron antes del alba —contestó—. Dentro hay algunos delegados.
Ashe asintió una sola vez. No necesitaba más detalles.
Al final del corredor, las puertas del salón del trono se alzaban cerradas, custodiadas por cuatro guardias. Desde dentro se filtraba un murmullo grave, contenido, como si la sala misma estuviera esperando.
Ashe se detuvo frente a las puertas. Ajustó la capa sobre los hombros y enderezó la espalda. No era duda lo que sentía. Era la certeza de que, al cruzar ese umbral, algo cambiaría.
—Gracias, Hemmet —dijo en voz baja.
Él inclinó la cabeza.
—Pase lo que pase —añadió—, no está sola.
Ashe no respondió. Dio un paso al frente y levantó la mirada.
—Abran.
Las puertas se abrieron.
El gran salón ya estaba lleno cuando entró. Las conversaciones bajaron de volumen al verla avanzar. No eran saludos, eran evaluaciones. Caminó sin prisa, la espalda recta, el rostro firme. No buscó a nadie en particular, pero notó ausencias. Y presencias que no esperaba.
Los jarls ocupaban sus lugares, algunos inclinando la cabeza en saludo, otros observándola con atención abierta.
Torvald estaba de pie frente al trono, no sentado. Eso bastó para tensarla. Eveline permanecía a su lado, seria, demasiado seria. Ashe entendió de inmediato que ambas cosas estaban relacionadas.
Torvald alzó la mano y el salón quedó en silencio.
—Northfall ha resistido inviernos peores que este —dijo—. Pero resistir no basta. Un reino se mantiene con previsión.
Ashe sintió un nudo cerrarse en su estómago.
—Por eso he tomado una decisión que concierne a todos —continuó—. Y especialmente a mi heredera.
El aire se volvió denso.
—Anuncio el compromiso de mi hija, Hróthia Ashe Ironsoul, con el príncipe Kaelen Valkar de Vryndor.
Hubo un segundo de vacío. Luego, aplausos. Voces aprobando. Movimientos. Ashe no reaccionó de inmediato. No porque no hubiera entendido, sino porque su cuerpo se negó a seguir el ritmo de la sala.
Dio un paso al frente cuando recordó dónde estaba.
—Faðar —dijo, con cuidado—. Esto no ha sido discutido conmigo.
Torvald la miró, sin sorpresa.
—No necesitaba serlo.