Cadenas de Hielo

05

Esa noche, Ashe no logró dormir. Permaneció sentada en el borde de la cama, con la espalda recta y las manos entrelazadas, mirando un punto fijo que no le devolvía nada. Las velas seguían encendidas, aunque ya no las necesitaba. No era la oscuridad lo que la mantenía despierta.

Las palabras de Kaelen volvían una y otra vez. No como consuelo. Como confirmación. Él no intentaría detenerla. Tampoco salvarla. Haría lo que se esperaba de él. Igual que todos.

Pensó en su padre, en la forma en que había pronunciado su nombre frente al consejo. No como hija. Como recurso. Pensó en Eveline, en su silencio sumiso. En los jarls, en los aplausos rápidos, satisfechos. Nadie había preguntado qué quería ella. Nadie lo haría.

Se puso de pie sin hacer ruido. No había urgencia, solo una claridad fría que le recorría el cuerpo.

Abrió la puerta y salió al pasillo. El castillo dormía. Las antorchas estaban bajas y los pasos de los guardias resonaban lejanos, predecibles. Ashe caminó sin prisa, siguiendo rutas que conocía desde niña. Pasó frente a salones cerrados, galerías silenciosas, puertas tras las que había pasado horas escuchando decisiones que nunca le pertenecieron.

Atravesó la galería norte, donde los tapices contaban victorias antiguas. Se detuvo un instante frente a uno. No para admirarlo, sino para reconocerlo. Había crecido con esas historias, con la idea de que el sacrificio siempre era necesario. Nadie hablaba del costo personal. Solo del resultado.

Siguió avanzando.

Sus pasos la llevaron, casi sin pensarlo, hacia la sala del trono. Dudó antes de empujar las puertas. No porque no pudiera entrar, sino porque sabía lo que significaba hacerlo sola, a esa hora.

El salón estaba vacío. Las llamas de los braseros apenas iluminaban el espacio. Ashe avanzó hasta el estrado y subió los escalones. Se detuvo frente al trono. El de su padre.

Lo miró sin respeto ni temor. Solo con cansancio.

Finalmente, se sentó.

El asiento era frío. Más de lo que recordaba. Apoyó los brazos en los apoyabrazos y permaneció allí unos segundos, respirando despacio. Pensó en lo que se esperaba de ella. En lo fácil que sería quedarse, obedecer, asumir el papel. Pensó en Kaelen, en su aceptación resignada. En lo que eso le auguraba si permanecía.

No quería ese futuro. No así.

Se puso de pie.

La decisión no llegó como un impulso, sino como un cierre. No iba a negociar. No iba a suplicar. No iba a esperar permiso.

Bajó los escalones del estrado y cruzó la sala del trono con paso firme. No había nadie que la detuviera, pero aun así cuidó cada movimiento. Empujó las puertas con suavidad y volvió a internarse en los pasillos del castillo. A esa hora, los guardias seguían rutas fijas. Ashe las conocía de memoria. Había crecido observándolos, contando pasos, anticipando relevos.

Avanzó por corredores secundarios, evitando las galerías principales. No quería encontrarse con nadie. No quería explicaciones ni miradas de lástima. Solo necesitaba llegar a su habitación sin ser vista.

Al entrar, cerró la puerta con cuidado y apoyó la espalda contra la madera durante un instante. No era miedo lo que sentía, sino una tensión constante, como si su cuerpo se hubiera puesto en alerta por completo. Se apartó de la puerta y comenzó a moverse.

Fue directo al baúl. Esta vez no dudó. Sacó ropa resistente, la dobló con rapidez y la acomodó en una bolsa pequeña. Eligió lo justo. Nada que estorbara. Nada que delatara su posición. Añadió botas, guantes, una daga corta que escondió entre su ropa. No era un arma ceremonial. Era práctica.

Se detuvo frente al espejo solo un segundo. No para mirarse, sino para reconocerse. La heredera de Northfall seguía ahí, pero no iba a salir por esa puerta.

Tomó el manto oscuro y lo dejó listo sobre la cama. Luego revisó la habitación por última vez, asegurándose de no dejar nada fuera de lugar. No quería que notaran su ausencia de inmediato. Cada minuto contaba.

Cuando todo estuvo preparado, Ashe se sentó en el borde de la cama. Respiró hondo. Dando un segundo, repasando el camino de huida.

Se puso de pie y apagó una de las velas. Dejó las otras encendidas. Que pareciera una noche más.

Con la bolsa al hombro y el manto cubriéndole el rostro, Ashe abrió la puerta. Esta vez no miró atrás. El castillo podía quedarse con sus tronos, sus alianzas y sus decisiones.

Ella ya había elegido otro camino.

El castillo dormía, pero no estaba vacío. Ashe avanzaba con pasos medidos, pegada a los muros, usando los corredores que no figuraban en los mapas oficiales. Los conocía desde antes de saber leer. De antes de entender lo que significaba ser heredera.

Aun así, no se sentía segura.

Cuando giró en el corredor que llevaba a la salida baja, se detuvo en seco. Una sombra se separó de la pared. Ashe llevó la mano a la daga por reflejo.

—No lo hagas —dijo una voz baja—. Soy yo.

La antorcha reveló el rostro de Hemmet.

Ashe contuvo el aliento. No dio un paso atrás, pero tampoco relajó la mano.

—Muévete —susurró—. No deberías estar aquí.




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