Cadenas de Hielo

06

La brisa de la madrugada golpeaba el rostro de Ashe con la fuerza de un látigo helado. El sendero era apenas una cicatriz pálida entre los troncos colosales del bosque, que se alzaban como centinelas ciegos. Cada paso le pesaba en los huesos; los pies le ardían y las sienes le martilleaban con un pulso sordo, pero el miedo a ser alcanzada era un motor más potente que el cansancio. Helmfrost y las cadenas de su padre se hundían en la oscuridad tras ella.

Una rama crujió. Un chasquido seco, deliberado.

Ashe se congeló. Su mano, entumecida por el frío, buscó el mango de hueso del cuchillo que Hemmet le había entregado. No siseó al salir, fue un movimiento mudo. Esperó, conteniendo el aliento, pero el bosque se había vuelto un sepulcro de silencio absoluto.

—Concéntrate —se obligó a susurrar. El vaho de su aliento desapareció en el aire estancado.

Siguió avanzando, pero el sendero se cerró sobre ella. Allí, donde los árboles se retorcían como dedos suplicantes, la vio.

Una figura encapuchada, envuelta en una capa que parecía devorar la escasa luz del alba. No estaba de pie por accidente; ocupaba el espacio con una quietud depredadora. Ashe sintió un vacío repentino en el estómago, esa alarma instintiva que grita antes de que la mente entienda el peligro.

—¿Quién eres? —lanzó Ashe. Su voz sonó más firme de lo que se sentía, pero no soltó el cuchillo.

La figura soltó una risa que vibró en el aire como cristal rompiéndose. Se bajó la capucha con una lentitud exasperante.

El rostro de la mujer era una ofensa a la naturaleza: demasiado simétrico, carente de cualquier marca de vida o fatiga. Sus rasgos eran afilados, y sus ojos, de un rojo translúcido como brasas bajo la ceniza, no parpadeaban.

—Nyxrael. Pero para ti princesa, Nyx será suficiente.

—No deberías estar aquí —respondió Ashe, sintiendo que el aire se volvía más denso a medida que la mujer se acercaba—. Es peligroso.

—Sobre todo cuando se huye de un rey —completó Nyx. Su voz no viajaba por el aire, parecía nacer directamente en los oídos de Ashe—. Tu rastro huele a pánico y a sangre real, pequeña.

Ashe apretó los dientes hasta que le dolió la mandíbula.

—No estoy huyendo.

—Mientes —Nyx avanzó un paso. No caminaba, se deslizaba, borrando la distancia sin que el suelo crujiera bajo sus botas—. Y ese rastro de mentiras es lo que me interesa. Quiero ver hasta dónde llega el hilo de tu voluntad antes de que se rompa. No cualquiera desafía a Torvald por un capricho.

—No fue un capricho. Ni orgullo.

—¿Entonces? —Nyx inclinó la cabeza, estudiándola como a un insecto bajo un cristal.

—Fue libertad.

Nyx sonrió, y el gesto fue más aterrador que su seriedad.

—Libertad... —repitió la palabra como si saboreara un fruto prohibido—. Qué concepto tan ruidoso. Crees que escapar es ser libre. No, querida. La libertad no es alejarse de las reglas, es tener el poder de dictarlas.

Ashe dio un paso atrás, pero Nyx ya estaba allí, su presencia invadiendo su espacio personal sin llegar a tocarla. Un olor a ozono y a tierra vieja la rodeó.

—Aún no sabes quién eres —susurró Nyx—. Pero cuando el bosque te mastique y el frío te rompa, te darás cuenta de que naciste para algo más que para ser una fugitiva. Búscame cuando dejes de tener miedo a tu propia sombra.

Antes de que Ashe pudiera replicar, la mujer retrocedió y se fundió con las sombras de los robles. No se fue, simplemente dejó de estar allí.

Ashe permaneció inmóvil, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado. "Libertad". La palabra ahora pesaba más, como si Nyx la hubiera manchado.

El sol intentaba perforar la neblina, pero la luz llegaba muerta al suelo del bosque. Ashe caminaba casi al trote, tratando de sacudirse las palabras de Nyx, cuando el sonido cambió.

No fue un crujido. Fue un arrastre. Un sonido húmedo, pesado, de carne frotando contra la corteza.

Ashe giró sobre sus talones. Entre la maleza, tres siluetas se erguían con movimientos espasmódicos. No tenían la gracia de Nyx. Eran parodias de hombres: piel grisácea que se desprendía en jirones, ojos hundidos en cuencas vacías y mandíbulas que colgaban en un gesto de hambre eterna.

—Atrás... —gruñó Ashe, desenvainando la daga con un movimiento desesperado.

La primera criatura se abalanzó con una velocidad antinatural. Ashe esquivó el zarpazo, sintiendo el hedor a tumba abierta pasar a milímetros de su nariz. Golpeó con la daga, hundiendo el acero en el hombro del atacante. El impacto fue seco, como apuñalar un tronco podrido. No hubo sangre, solo un polvo negro y rancio.

La criatura ni siquiera gruñó. Siguió avanzando, ignorando el arma clavada en su carne.

De repente, otra la golpeó por el flanco. El impacto la lanzó contra una raíz, el aire escapó de sus pulmones en un grito ahogado. Se revolvió en el suelo, pateando el pecho de un muerto que intentaba clavarle los dedos en el cuello. Logró ponerse de pie, pero el bosque estaba escupiendo más de esas cosas. Cinco, diez... la rodeaban en un círculo que se estrechaba.




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