Caelum

ícaro

Siempre soñé con el conteo.

Cinco... El tiempo siempre ha sido interesante y aterrador. Desde la partida de mi padre, cuando era niña, quedé marcada por su injusticia: es una ley extraña que ningún ser humano comprende del todo, absoluta como la muerte misma, casi como si su labor fuese servir de parca y espectador.

Por eso siempre quise romperlo e ir más allá de sus límites.

Cuatro... Es un diálogo eterno el que sostengo con él, como una oración deseando que deje de correr. Me pesa, porque en su transcurso se sostienen mis sueños y mis metas, pero avanzar no parece ser decisión mía sino del azar.

Tres... Cada segundo se hace eterno mientras miro al cielo, justo allí donde quiero llegar. Temo caer y derretirme, o que el motor estalle a medio camino.

Dos... Todo está en su sitio. Las plataformas se despegan y el fuego se siente bajo el metal. No hay vuelta atrás: sé a dónde voy, pero ignoro qué encontraré, ni siquiera sé si volveré.

Uno... El ruido es ensordecedor. En pocos minutos ese estruendo pasó a ser nada.

Por fin estoy arriba.

La vista es espectacular. La había visto en postales, pero estar aquí es inimaginable: el hogar que ante mis ojos siempre fue inmenso, ahora es diminuto frente al espacio que estoy a punto de explorar. Desabroché el cinturón para flotar y la sensación es extraña, casi irreal. Entrené para esto, estoy lista, pero es imposible no estar asombrada y aterrada por el vacío que me aguarda.

El silencio pesa. Es como un tapón en el oído que amplifica los pensamientos hasta convertirlos en un susurro insistente.

¿Por qué pensaste en él antes de despegar?

No lo conocí realmente. Era intermitente, encerrado en su habitación todo el tiempo, llenando pizarras de garabatos incomprensibles, como si esas cuatro paredes fueran su universo. Hacía caso omiso al llanto de una niña rota que solo quería llamar la atención de su padre.

—Vera, estoy ocupado.—

Era su saludo, sus mimos y también el beso de buenas noches. Y fue lo último que escuché de él antes de que muriera.

Solo hubo un momento distinto. Cuando me atreví a asomarme, la puerta estaba entreabierta, y allí él en la ventana: abrazado a su telescopio con una sonrisa de par en par.

Aún conservo el ocular, como un amuleto. Parece que lo traje para cumplir el sueño que él nunca pudo. Sosteniéndolo, veo cómo la Tierra se hace más y más pequeña, hasta que cabe en la palma de mi mano.

Y al otro extremo de la oscuridad, otro astro.

Caelum: un planeta errante que entró al sistema solar sin permiso, despertando intriga y miedo a partes iguales. Los enviados antes que yo no lograron volver. Los Ícaros anteriores, un nombre tal vez desesperanzador para la misión, no dejaron rastro.

Debo apreciar esta vista antes de entrar en la cápsula. Lo que viviré como un par de horas de sueño serán meses en mi reloj, mientras en la Tierra transcurrirán años.

Todos mis conocidos crecerán, mamá tal vez morirá y perderé la oportunidad de conectarme con el mundo nuevamente. Por el momento le digo adiós a ese punto azul, ya que no sé si moriré congelada al atreverme a volar y apartarme tanto del sol.




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