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Ilya Rozanov aprendió a medir el amor en centímetros de distancia y en el brillo tenue de un techo de hotel.
Había algo profundamente trágico en la manera en que la luz de la calle atravesaba las cortinas pesadas, proyectando sombras sobre las pequeñas estrellas fluorescentes que había pegado en la habitación. Ilya las miraba fija, despierto, sintiendo el calor del cuerpo de Shane Hollander a solo unos cuantos centímetros de distancia. Tan cerca que podía contar sus respiraciones; tan lejos que alcanzarlas dolía.
A veces, la peor forma de extrañar a alguien es tenerlo a tu lado y saber que nunca podrás pedirle que se quede.
Siete años. Siete años de encontrarse a oscuras, de partidos donde se destruían sobre el hielo ante miles de espectadores, para luego terminar desarmándose en el silencio de habitaciones anónimas. Siete años viéndose a escondidas en ciudades que nunca recordaban, borrando el rastro de sus pasos antes de que la prensa o el mundo pudieran notar que sus trayectorias no eran paralelas, sino una constante colisión.
Para el resto del planeta, eran los rivales perfectos: el prodigio canadiense de conducta impecable y la fuerza rusa indomable. Pero en la intimidad de los hoteles, la rivalidad se disolvía en una necesidad desesperada y silenciosa que ninguno de los dos sabía nombrar.
Ilya recordaba el primer día como si la herida fuera fresca. Tenían dieciocho años, el ego inflado y el miedo clavado como una espina en la garganta. La tensión entre ellos siempre había sido un cable de alta tensión a punto de romperse, pero aquella noche en la concentración juvenil, la fricción se convirtió en fuego. El primer beso no tuvo nada de delicado; fue un choque torpe, hambriento, impulsado por una rabia contenida que se transformó en asombro en cuestión de segundos. Fue el instante en que ambos comprendieron que estaban perdidos.
Shane había huido a la mañana siguiente antes de que el sol terminara de salir. Y ese se convirtió en el patrón de su vida: encuentros febriles seguidos de despedidas rápidas y silencios demasiado largos.
Para Shane, el control lo era todo. Hollander era un arquitecto de la moderación; construía murallas altas alrededor de sus emociones porque admitir lo que sentía por Ilya significaba arriesgar la carrera que había planeado desde niño. Mantener la distancia era su forma de sobrevivir. Sin embargo, no podía evitar volver. Una y otra vez, como si Ilya fuera el único norte en su brújula descompuesta.
Ilya, en cambio, aprendió a esperar. Aprendió a aceptar las sobras del tiempo de Shane, a guardarse las palabras que quemaban en su pecho y a sonreír con arrogancia frente a las cámaras para que nadie viera la grieta que llevaba dentro.
Con los años, el miedo a ser descubiertos dejó de ser solo sobre la prensa o la liga; se convirtió en el miedo a descubrirse el uno al otro. Cada vez que Ilya intentaba rozar la superficie de lo que eran, Shane se replegaba. Un simple «¿Qué estamos haciendo, Hollander?» bastaba para que la mirada de Shane se volviera de hielo y sus manos comenzaran a recoger la ropa del suelo con prisa calculada.
Ilya miró la espalda desnuda de Shane, marcada por la respiración pausada del sueño. Quiso extender la mano, trazar la línea de su columna y decirle que no le importaba el riesgo, que el secreto lo estaba consumiendo por dentro. Quiso decirle que llevar una vida a medias es solo otra forma de ir muriendo despacio.
Pero no lo hizo. Tragó saliva, cerró los ojos y volvió a fijar la vista en aquellas estrellas rosadas del techo, fingiendo una vez más que algo tan frágil y prestado podía sostener el peso de todo lo que Shane nunca se atrevió a nombrar.
Shane se movió en la cama, rompiendo el aire pesado de la habitación con el roce de las sábanas. Se giró despacio hasta quedar de espaldas, con el pecho subiendo y bajando en un ritmo tranquilo. Pasaron unos segundos de silencio absoluto antes de que alzara la mirada, fijándola en los pequeños puntos luminosos que salpicaban el techo.
—¿Y esas estrellas? —preguntó Shane con la voz áspera por el sueño, rompiendo la penumbra.
Ilya no apartó los ojos del techo. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible y desprovista de verdadera alegría, tiró de la comisura de sus labios.
—Las compré en Rusia. En una tienda de baratijas cerca de la estación de tren, cuando tenía catorce años — contestó en un murmullo, como si estuviera desempolvando un recuerdo muy lejano—. Venían en un paquete de plástico barato. El vendedor me dijo que brillaban en la oscuridad durante horas, pero mintió; a los diez minutos se apagan. Las he llevado conmigo en la maleta a casi todas partes desde entonces.
Shane ladeó la cabeza sobre la almohada para mirarlo. El tenue resplandor que entra por la ventana perfilaba los contornos de la cara de Ilya, acentuando el cansancio que las luces de los estadios y las sonrisas para las cámaras solían ocultar.
—Están lindas —dijo Shane, con esa honestidad torpe y comedida que siempre usaba cuando no sabía muy bien cómo expresar afecto—. Tienen su encanto.
Ilya soltó un resoplido suave, sin rastro de burla. Giró despacio la cabeza hasta encontrarse con los ojos de Shane. Sostenerle la mirada siempre había sido fácil sobre el hielo, un duelo de voluntades y orgullo; pero en la intimidad de una cama deshinchada por el peso de siete años de clandestinidad, requería una valentía que se le estaba agotando.
—No estoy bien, Shane —soltó Ilya de pronto, con la voz plana, sin dramatismo, pero con una firmeza que hizo que el aire de la habitación se volviera denso en un segundo.
Shane se tensó al instante. La calidez fugaz de la conversación se evaporó, reemplazada por esa rigidez instintiva que siempre lo invadía cuando las cosas amenazaban con salir del libreto seguro que había diseñado para los dos. Se acomodó de lado, apoyando el peso sobre un codo, y parpadeó con rapidez, visiblemente incómodo.