Café para 2

Capítulo 3

Un aroma agradable se sentía por toda la casa, era uno que conocía muy bien. Todas las tardes mi abuela me preparaba unos panqueques con dulce de leche que eran la envidia del vecindario. Esa era una de mis comidas preferidas en el mundo, tenían una textura muy suave y esponjosa que, combinada con la calidez de estar recién hechas, hacían imposible probar solo uno. Uno pensaría que con ello ya eran suficientemente deliciosos, pero no, al untarlos de dulce de leche (un producto típico de aquí), el sabor dulce y empalagoso hacían que el propio platillo brillara de un sabor celestial.

Abrí mis ojos al sentir la baba correr por mi boca y acabar en la almohada, que ahora tenía una gran mancha del tamaño de mi mejilla. Me incorporé en el colchón, completamente desordenado y sin las sábanas que debían tapar mi cuerpo mientras dormía.

El aroma de los panqueques me condujo hacia la cocina, ni siquiera me di cuenta de que todavía traía mi pijama azul con estrellas hasta que mi abuela me lo hizo notar.

—Por favor Alí, al menos podrías cambiarte la ropa.

—Pero son panqueques abuela —me excusé como si fuera lo más obvio del mundo, y lo era. Nadie que hubiera probado esos panqueques podría llevarme la contraria, excepto quizás la abuela, pues a ella parecía no hacerle efecto tal manjar.

—Ya que, de todas formas, es domingo y no tienes escuela. Date gusto.

No era necesario que me lo dijera dos veces, de hecho, para cuando había terminado la frase, yo ya estaba a punto de tomar el primero de ellos.

—Alí… las manos.

Corregí y tomé con rapidez el tenedor más cercano a mí, apenas y podía contenerme cuando le di el primer bocado a mi panqueque. Nada fuera de ese sabor me era relevante, ni siquiera lo que mi abuela parecía estar diciendo, pues movía su boca como si estuviera hablando conmigo. Y eso hacía, pues viendo que yo no le había prestado atención, volvió a repetir la pregunta.

—Te preguntaba si ya habías hecho la tarea de mañana. Esa sobre las arañas.

—Sí, Lorena y yo debemos hablar sobre ella mañana. No creo que nos vaya tan mal, nos dividimos a la mitad lo que vamos a decir.

—Ahh, la verdad no sé por qué sigues haciendo los trabajos con ella, siempre acabas diciendo todo tú.

—Eso no es cierto, a Lore le va mal en matemáticas y biología, pero en el resto de las materias lo hace bien. Sobre todo en música.

—Eso no puedo discutirlo, lo cierto es que canta muy bien. Sacó la voz de su madre —dijo con cierto tono de nostalgia en su voz.

—Todos dicen lo mismo de ella, pero como nunca la conocí, creo que su voz es única.

—Y lo es Alí, ella tiene una voz tan especial como tu imaginación. ¿Has escrito algo nuevo? —preguntó mientras untaba dulce de leche en uno de sus panqueques.

—No, he estado muy ocupado con la escuela y no se me ha ocurrido nada.

—Oh, qué pena, avísame cuando hayas escrito algo nuevo, me encantan tus historias hijo.

La sonrisa de mi abuela se iba haciendo más difusa, como si se desenfocara el lente de una cámara. Tardé un poco, pero al final comprendí que no solo era ella, todo a mi alrededor empezaba a desaparecer y era reemplazado con tinieblas, un abismo tan oscuro que no podía distinguir ni mi propia mano en él. Entonces desperté.

***

Era mi cuarto, de eso estaba seguro. Las paredes celestes repleta de posters de mis series favoritas, los muebles de madera que tenían un aspecto muy antiguo, con detalles y decoraciones que los asemejaban a los de las películas antiguas, aquellas que solía ver mi abuela cuando todavía estaba aquí.

No recordaba mucho después de haber entrado en casa ayer, todavía tenía la ropa con la que había salido del trabajo, estaba muy arrugada y un poco sucia, por lo que la lancé a la lavadora. En mi camino hacia la máquina, la cual estaba en el patio trasero de la casa, mi mirada se perdió por cada rincón de la casa. El tono naranja de las paredes mezclado con los muebles de roble oscuro, los cuales eran bastantes, daba una sensación cálida hasta en los inviernos más fríos. Según el señor Brown, ese color le favorecía muy bien a la casa, evidenciaba el confort y la tranquilidad que necesitaba. A su vez Leda, su esposa, me insistió bastante en que decorara lo más que pudiera con los adornos y bordados que había dejado mi abuela “así no te sentirás tan solo" creo recordar que me había dicho. Si funcionaba o no, la verdad es que no lo sabía, pero desde ese día la casa estaba mucho más viva y no tan vacía.

Por fin llegué al patio y noté, con cierta alegría, que el cielo azul y la ausencia de nubes pronosticaban un día soleado y alegre para todos los habitantes del pueblo. Mientras la máquina hacía su trabajo fui a la cocina a prepararme el desayuno, con el paso del tiempo mis habilidades en la cocina habían mejorado bastante. No tanto como las que tenía con el café, pero lo suficiente para vivir sin quejas por parte de mi estómago.

Quizás fuera por el sueño que tuve, del cual no recordaba mucho, pero se me habían antojado unos panqueques para el desayuno y una vez hechos los comí con cierta nostalgia. Hacía ya un tiempo que no los comía, y su sabor no era el mismo que recordaba, pero era normal, después de todo, solo ella sabía su receta especial.




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