Calaveritas de azúcar

Capítulo 3: Lunes de descanso

Nicolás no le contestó esa noche. Se quedó con la pregunta de Miguel atravesada en la garganta hasta que el niño se durmió, y cuando por fin pudo hablar, ya solo lo escuchó respirar.

Lo hizo el lunes, sin que nadie lo obligara, porque los lunes eran sagrados. El bar cerraba, la abuela se encerraba en su cuarto a rezar el rosario y los hermanos tenían el día entero para ser lo más parecido a una familia normal que Puebla les permitía.

Pero ese lunes la abuela no estaba.

Nicolás lo supo apenas despertó, por el silencio. No olía a jugo de naranja ni a café de olla. La cocina estaba limpia, con el exprimidor seco y la cafetera fría sobre la estufa. En la mesa había una nota escrita con la letra torcida de ella:

Salí temprano. Vayan a pasear. No me esperen a comer.

Nicolás leyó la nota dos veces. Luego, sin hacer ruido, entró al bar vacío y fue directo a la caja registradora. Se agachó, buscó con la mano el rincón donde la había visto esconder algo la noche anterior.

La lata ya no estaba.

Se quedó un momento en cuclillas, con la mano sobre el piso frío. Detrás de él, Miguel bajó la escalera dando saltos.

—¿Qué haces?

—Nada. Buscaba una moneda.

—¿Y la abuela?

—Se fue temprano. Nos dejó el día libre. —Nicolás se puso de pie y sonrió, con esa sonrisa que ya sabía fabricar—. Vámonos al Parque Ecológico. Yo invito.

—¿Con pizza?

—Con pizza.

—¿Y con helado?

—No abuses.

El Parque Ecológico los recibió con su verde de postal, como si la ciudad hubiera decidido regalarse un pedazo de calma. Había familias con hieleras, parejas en bicicleta, niños persiguiendo palomas. Miguel corrió desde la entrada hasta el primer árbol grande y se volteó a gritar:

—¡Te gano a la banca!

Nicolás no corrió. Caminó con las manos en los bolsillos, mirando cómo su hermano se arrojaba sobre la banca de piedra con los brazos abiertos, como un jugador que acaba de meter un gol.

—¡Gané!

—Hiciste trampa. Saliste antes.

—¡Tú no corriste!

—Porque sabía que ibas a hacer trampa.

Se sentaron bajo los árboles. Por un rato hablaron de lo que hablan los hermanos cuando nadie los oye: de si los Pumas tenían oportunidad en el torneo, de la telenovela que veía Miguel a escondidas, de si era cierto que había un niño en su salón que podía comer cinco tacos de un solo bocado.

Entonces, sin mirarlo, Miguel preguntó:

—¿Ulises era el muchacho de la foto?

Nicolás respiró hondo. Miró un momento los árboles, la luz entre las hojas, un niño pequeño que lloraba porque se le había caído un helado.

—Sí.

—¿Y dónde está?

—No lo sabemos.

—¿La abuela sí sabe?

—No lo sé, Miguel. —Y esa vez era verdad—. Pero te voy a pedir algo. Si algún día escuchas esa conversación otra vez, o cualquiera parecida, no le preguntes a la abuela. Pregúntamelo a mí. ¿Trato?

Miguel lo miró con los ojos serios.

—¿Por qué?

—Porque ella tiene miedo. Y cuando alguien tiene miedo, a veces dice cosas para protegerte que le duelen más a ella que a ti.

El niño pensó un buen rato. Luego asintió, con la solemnidad de quien firma un contrato.

—Trato.

Se estrecharon la mano. Después comieron pizza en una fonda de la 16 de Septiembre, con las manos grasosas y la boca llena, riéndose de cosas que no tenían gracia. Miguel se terminó una rebanada entera sin respirar y Nicolás le ganó la segunda por apenas un bocado. Pidieron un helado de limón que se derritió antes de que acabaran de discutir de quién era la última cucharada.

Por unas horas, Nicolás casi olvidó la lata.

Casi.

Regresaron de noche. La combi iba llena, olía a perfume barato y a mezclilla húmeda, y Miguel se quedó dormido contra el hombro de Nicolás antes de llegar a la primera parada. Afuera, Puebla se encendía en luces amarillas y claxon, con las cúpulas de las iglesias convertidas en siluetas contra el cielo negro.

El tráfico se detuvo en la 14 Poniente.

Al principio fue solo eso, un embotellamiento más. Pero la combi avanzó unos metros y Nicolás vio las luces azules y rojas girando contra las paredes, la cinta amarilla tendida entre dos postes, las patrullas atravesadas como animales dormidos.

Un terreno baldío. Un cerco de policías. Una lona negra.

—No mires —murmuró Nicolás, sin saber si hablaba con Miguel o consigo mismo.

El niño abrió los ojos despacio. Se incorporó contra la ventanilla. Nicolás le puso una mano en el hombro.

—Miguel. No mires.

Pero Miguel ya había clavado los ojos en la escena.




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