La abuela llegó a las diez de la noche.
Nicolás la oyó subir la escalera de la vecindad con pasos lentos, de esos que dan las personas cuando cargan algo más pesado que el cuerpo. Se asomó al pasillo. Traía los zapatos cubiertos de polvo rojizo, el rebozo torcido y los ojos hinchados. No llevaba la lata.
—¿Ya cenaron? —preguntó, sin mirarlo.
—Sí. ¿Dónde andabas?
—Haciendo una diligencia.
—Abuela…
—Estoy cansada, Nicolás.
Y se encerró en su cuarto. Nicolás se quedó parado frente a la puerta cerrada, con la mano en el aire, como quien llega tarde a un adiós.
Cuando se dio la vuelta, Miguel estaba sentado en el patio, bajo el foco amarillo que atraía a las polillas, abrazándose las rodillas. Traía la sudadera puesta, aunque hacía calor. Y las mangas, estiradas hasta cubrirle las muñecas.
Nicolás se sentó junto a él. El cielo no tenía una sola estrella; Puebla las apagaba todas con su luz sucia.
—¿Estás bien, pequeño?
Miguel asintió. Pero los ojos le brillaban, llenos de preguntas que no sabía por dónde sacar. Pasaron un rato así, escuchando a lo lejos la radio de algún vecino y el ladrido de un perro que nunca dormía.
—¿Por qué hay tantos muertos, Nicolás? —dijo al fin—. ¿Por qué los esconden?
Nicolás cerró los ojos un segundo. Había esperado esa pregunta durante años. Había ensayado respuestas, la mayoría mentiras amables, pero ahora, frente a ese niño que había visto lo que él no pudo evitarle, ninguna le servía.
—Porque a algunos les conviene que no se encuentren —dijo despacio—. Y porque a otros les da miedo preguntar.
—¿Y a ti?
—A mí también me da miedo. Pero no tanto como que tú crezcas creyendo que esto es normal.
Le habló de Puebla como de una persona. Le dijo que era una ciudad hermosa y enferma al mismo tiempo, que tenía iglesias para cada día del año y fosas para cada uno de los que no volvieron. Le contó de las madres que se paraban frente al Palacio Municipal con fotos de sus hijos, de las que salían a los cerros de La Resurrección con palas y varillas, de los hallazgos en Cuautlancingo que salían un día en las noticias y al siguiente ya nadie recordaba.
—Por eso no puedes salir solo —terminó—. Pero hay que ser fuertes, como hombrecitos, pa' que no nos pase lo mismo.
Miguel se levantó de golpe. Los ojos se le llenaron de lágrimas y se echó sobre Nicolás con tanta fuerza que casi lo tumba del banco. Lo abrazó con los brazos y las piernas, como un koala asustado, hundiendo la cara en su cuello.
Nicolás sintió el calor de ese cuerpo pequeño, el latido acelerado, la respiración entrecortada. Y comprendió que su hermano no lloraba por los muertos. Lloraba por él.
—No te vayas —dijo Miguel, contra su cuello—. Prométeme que no te vas a ir.
—No me voy a ir.
—Prométemelo bien.
—Te lo prometo.
Era una promesa que ninguno de los dos podía cumplir, y quizá los dos lo sabían. Nicolás lo tomó por los hombros, lo separó un poco para mirarlo a los ojos y le habló con una firmeza que le salió del fondo.
—Vive, Miguel. Siente el aire, el sol, el olor a café de la mañana. La vida es frágil, pero mientras estemos aquí, hay que gozarla.
Miguel se limpió la nariz con la manga y sonrió, apenas, con la sonrisa mojada de quien acaba de salir de una tormenta.
Nicolás aprovechó para aligerar el momento.
—Un día de estos te enseño a bailar salsa, pa' que las morritas se peleen por ti. Nomás déjame practicar.
—¿Tú sabes bailar?
—Más o menos.
—Eso quiere decir que no.
—Eso quiere decir que el sábado voy a practicar con mis amigos. Si me sale bien, te enseño. Si no, nunca hablamos de esto.
Miguel soltó una carcajada. Era la primera risa limpia en dos días y Nicolás la guardó, sin saber por qué, como se guardan las cosas que uno teme no volver a escuchar.
Esa noche, Miguel se metió al baño a lavarse los dientes. Encendió la luz. El foco parpadeó y se estabilizó con un zumbido.
Se subió al banquito para alcanzar el lavabo. Abrió la llave. Se miró en el espejo, con la boca llena de espuma, y por primera vez desde la combi sintió que respiraba sin esfuerzo.
Entonces vio al muchacho.
Estaba detrás de él, reflejado en el espejo, de pie junto a la regadera. No era una sombra ni un borrón. Era un joven de unos veintidós años, flaco, con el cabello revuelto y una sonrisa torcida que ya no tenía la misma gracia. Llevaba una camiseta azul y dorada, manchada de algo oscuro. Tenía la cara cenicienta, los labios morados y los ojos fijos en Miguel.
Miguel no se movió. No podía.
El muchacho abrió la boca. No salió ningún sonido, pero Miguel entendió cada sílaba, porque las pronunció despacio, con una paciencia que le heló la sangre.
Ro-sa-rio.
Miguel se dio la vuelta de golpe.
El baño estaba vacío. La regadera goteaba. La cortina se movía apenas, como si alguien acabara de rozarla al pasar.
Cuando volvió a mirar el espejo, solo estaba él, con la espuma de la pasta resbalándole por la barbilla y una frase en la cabeza que no era suya.
Dile a Rosario.
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Editado: 20.10.2026