El salón de baile se llamaba Sabor Tropical y tenía el techo bajo, las paredes pintadas de verde y un piso de duela tan pulido que los zapatos chillaban al girar. Los sábados se llenaba de oficinistas, albañiles con camisa de domingo, estudiantes y muchachas que se arreglaban toda la semana para esa sola noche. La música venía de un equipo de sonido enorme, y cada compás retumbaba en el pecho como un segundo corazón.
—¡Cuenta con el pie izquierdo, Nico! —gritó Iván, sobre el ruido—. ¡Eres un desastre!
—¡Estoy calentando!
—¡Llevas una hora calentando!
Nicolás se rio y siguió intentándolo. Sus amigos lo rodeaban en la orilla de la pista, tomando cerveza y burlándose de sus pasos: Iván, el flaco que siempre hablaba más fuerte de lo necesario; Chuy, el gordo bonachón que bailaba mejor que todos; y Tona, que trabajaba en una papelería y se reía con todo el cuerpo.
Nicolás llevaba toda la semana con un peso en el pecho. La lata, la mano, el hombre del sobre, los ojos de su hermano. Pero esa noche, con la música alta y los vasos chocando, por primera vez dejó de pensar.
—A ver, tú —dijo una voz de mujer a su lado.
Era una muchacha de pelo largo, de unos veinte años, con un vestido rojo y unos tacones que ya llevaban horas en la pista. Se llamaba Daniela, se la habían presentado hacía diez minutos, y tenía una sonrisa que decía no me importa que bailes mal.
—Enséñame ese paso que no te sale.
—Es que no me sale.
—Por eso. Vamos.
Bailaron tres canciones. La primera, entre risas y pisotones. La segunda, con un poco más de ritmo. La tercera, por fin, Nicolás encontró algo parecido al compás. Daniela giraba bajo su brazo con una gracia natural y le susurraba el conteo al oído.
—Uno, dos, tres… cinco, seis, siete. ¡Ahí lo tienes!
—¡Lo tengo!
—No cantes victoria.
Era la primera vez en meses que Nicolás se sentía ligero. Pensó en Miguel, en cómo le iba a enseñar. Pensó que a lo mejor la vida podía ser también eso: un piso brillante, una mujer riendo, una canción más.
La música se cortó de golpe.
No fue un apagón. Fue como si alguien hubiera arrancado el cable. El silencio cayó sobre el salón como un golpe seco, y en medio del silencio se escuchó una puerta metálica abriéndose de una patada.
Entraron seis hombres.
Venían vestidos de civil, con chamarras oscuras y gorras, y cada uno traía algo en las manos: una tubería, un cinturón enrollado, una pistola. El que iba al frente era el más grande, fornido, con la camisa abierta hasta el pecho y los ojos encendidos de alcohol y rabia.
—¡Nadie se mueva! —gritó—. ¡Nadie se mueva, cabrones!
La gente retrocedió contra las paredes. Una mujer gritó. Alguien dejó caer un vaso. Iván agarró a Chuy del brazo y lo jaló hacia atrás, pero Chuy no alcanzó a esconderse: dos de los hombres ya lo tenían inmovilizado contra la barra.
El grandote cruzó el salón en cuatro zancadas. Llegó hasta Daniela y la agarró del brazo con tanta fuerza que ella soltó un grito agudo.
—¡Esa vieja es mía, cabrones! —bramó—. ¡Ya se los llevó la chingada!
—Roge, suéltame, me duele —suplicó Daniela.
—¡Te vale madre lo que haga con ellos, perra! —La zarandeó, la cara roja, las venas del cuello hinchadas—. ¡A un hombre como yo no lo haces quedar como pendejo!
—Yo no… solo estábamos bailando…
—¡Cállate!
Nicolás se interpuso. No lo pensó. Lo hizo como se mueve la mano cuando se acerca el fuego.
—Oye, tranquilo, no pasa nada, ella solo…
El puñetazo le llegó de lado. Sintió un golpe, un zumbido, luego el sabor metálico de la sangre. Cayó de rodillas, con la vista nublada. Dos manos lo levantaron del cuello de la camisa y lo estrellaron contra una pared.
—Este —dijo una voz detrás del grandote.
Era una voz tranquila, amable, y por eso aterradora. Nicolás giró la cabeza, medio aturdido, y entre las luces que daban vueltas lo vio: camisa planchada, bigote recortado, el sombrero que no traía.
El hombre del sobre.
—No es el que buscamos por la muchacha —dijo, sin prisa, como quien revisa una lista—. Pero es el que buscamos. Nicolás Salgado, ¿verdad? Nieto de doña Guadalupe.
—¿Quién chingados…?
—Súbanlo.
Roge pareció desconcertarse un segundo. Miró al hombre del bigote, luego a Nicolás, luego a Daniela, como quien de pronto comprende que la pelea que creía suya era solo el pretexto de otra.
—¿Y mi vieja?
—Llévatela. Haz con ella lo que quieras. Pero este viene con nosotros.
Amordazaron a Iván, a Chuy y a Tona. Alguien le puso a Nicolás una bolsa negra en la cabeza y todo se volvió oscuro y caliente, con olor a tela vieja. Lo arrastraron por el salón entre los gritos de la gente. Alcanzó a oír la voz de Daniela, quebrada, suplicando algo que no entendió, y luego el golpe de una puerta metálica.
Lo arrojaron a la parte trasera de una camioneta. El piso vibraba. Escuchó cerrarse las puertas, un motor encendiéndose, el cambio de velocidades. Alguien se sentó a su lado, tan cerca que sintió el roce de una tela planchada.
El hombre del bigote le habló al oído, con la misma voz amable de siempre.
—Tu abuela cree que no sabemos que se llevó la lata, Nicolás.
La camioneta aceleró.
—Así que vamos a hacerle una pregunta —continuó, casi con ternura—. Y tú vas a ayudarnos a que nos la conteste.
#3444 en Detective
#1608 en Terror
amor de hermanos, terror amor suspenso misterio, terror mexicano
Editado: 20.10.2026